– Entonces, ¿no estabas allí cuando construyeron el laberinto de piedra en la nueva catedral? -dijo Pelletier. A su hija le sorprendió ver que sonreía, como si se tratara de una antigua broma entre ambos-. ¡No lo has visto!
– ¿De qué habláis? -quiso saber ella.
Simeón se echó a reír, dirigiéndose únicamente a Pelletier.
– No, pero creo que está cumpliendo bien su cometido. Son muchos los que llegan atraídos por ese anillo de piedra muerta. Miran y buscan, sin comprender que bajo sus pies yace sólo un falso secreto.
– ¿Qué es ese laberinto? -insistió Alaïs.
Pero tampoco esa vez le prestaron atención.
– Yo te habría acogido en Carcassona. Te habría dado un techo, protección. ¿Por qué no viniste en mi busca?
– Créeme, Bertran, que nada me hubiera gustado más. Pero olvidas cuan diferente es el norte de estas tolerantes tierras del Pays d’Òc. No podía viajar libremente, amigo mío. La vida era dura para los judíos en esa época. Regía el toque de queda y cada poco tiempo nos atacaban y saqueaban nuestros comercios. -Hizo una pausa para respirar-. Además, nunca me habría perdonado conducirlos hasta ti, fueran quienes fuesen. Cuando huí de Chartres aquella mañana, no pensé en dirigirme a ningún lugar concreto. Me pareció que lo más seguro y razonable era desaparecer hasta que se calmara el alboroto. Al final, el incendio me quitó todo lo demás de la cabeza.
– ¿Cómo llegasteis a Besièrs? -preguntó Alaïs, resuelta a participar otra vez en la conversación-. ¿Os envió Harif?
Simeón sacudió la cabeza.
– No fue fruto de una decisión, Alaïs, sino del azar y la buena suerte. Primero viajé a la Champaña, donde pasé el invierno. En primavera, cuando se fundió la nieve, emprendí el camino al sur. Tuve la suerte de coincidir con un grupo de judíos ingleses, que huían de la persecución en su país. Se dirigían a Besièrs. Me pareció un destino tan bueno como cualquier otro. La ciudad tenía fama de tolerante; había judíos en cargos de confianza y autoridad, y se nos respetaba por nuestros conocimientos y habilidades. Por la proximidad a Carcassona, pensé que estaría fácilmente disponible si Harif me necesitaba. -Se volvió hacia Bertran-. Sólo Dios sabe lo mucho que me costó saberte a pocos días de distancia y no ir nunca en tu busca, pero la cautela y la sensatez dictaron que así debía ser. Se echó hacia adelante en su asiento, con sus vivaces ojos negros chispeando-. Ya entonces -añadió-, había versos y trovas circulando por las cortes del norte. En Champaña, juglares y trovadores hablaban en sus cantos de una copa mágica, de un elixir de la vida, todo demasiado próximo a la verdad como para ignorarlo. -Pelletier asintió. Él también había oído esas canciones-. Por eso, sopesándolo todo, era más seguro que yo me mantuviera al margen. Nunca me habría perdonado acabar llevándolos a tu puerta, amigo mío.
Pelletier dejó escapar un largo suspiro.
– Me temo, Simeón, que a pesar de nuestros esfuerzos hemos sido traicionados, aunque carezco de pruebas firmes e irrevocables al respecto. Hay gente que sabe de la conexión entre nosotros, estoy convencido de ello, aunque no sabría decir si además conocen la naturaleza de nuestro vínculo.
– ¿Ha sucedido algo que te haga pensar así?
– Hace poco más de una semana, Alaïs halló el cadáver de un hombre flotando en el río Aude, un judío. Lo habían degollado y le habían cortado el pulgar izquierdo. No le robaron nada. Sin que hubiera ninguna razón para ello, pensé en ti. Pensé que lo habrían confundido contigo. -Hizo una pausa-. Antes de eso, hubo otros indicios. Le confié parte de mi responsabilidad a Alaïs, por si me pasaba algo y no podía regresar a Carcassona.
«Ahora es el momento de decirle por qué has venido.»
– Padre, desde que os…
Pelletier levantó una mano, para impedirle que interrumpiera la conversación.
– Simeón, ¿ha habido alguna cosa que te haya hecho pensar que tu paradero ha sido descubierto, ya sea por los que te fueron a buscar en Chartres o por otros?
Simeón negó con la cabeza.
– Últimamente, no. Han pasado más de veinte años desde que vine al sur y, en todo este tiempo, puedo asegurarte que no ha pasado un día sin que temiera sentir el tacto de un cuchillo en el cuello. Pero si te refieres a algo fuera de lo común, no.
Alaïs ya no pudo quedarse callada.
– Padre, lo que tengo que decir guarda relación con este asunto. Es preciso que os cuente lo que sucedió desde que os marchasteis de Carcassona. ¡Por favor!
Cuando Alaïs finalizó su relación de los hechos, la cara de su padre se había vuelto escarlata. La joven temió que fuera a perder los estribos. El senescal no se dejó tranquilizar por Alaïs ni por Simeón.
– ¡ La Trilogía ha sido descubierta! -exclamó-. ¡No cabe duda alguna al respecto!
– Cálmate, Bertran -le dijo Simeón con firmeza-. Tu cólera sólo sirve para ensombrecer tu juicio.
Alaïs se volvió hacia la ventana, al notar que el bullicio de la calle iba en aumento. También Pelletier, al cabo de un instante de vacilación, levantó la cabeza.
– Vuelven a tocar las campanas -dijo finalmente-. Tengo que regresar a la casa del soberano. El vizconde Trencavel me espera. -Se puso de pie-. Debo pensar más detenidamente en lo que has contado, Alaïs, y reflexionar sobre lo que ha de hacerse. De momento, debemos concentrar nuestros esfuerzos en la partida. -Se volvió hacia su amigo-. Tú vendrás con nosotros, Simeón.
Mientras Pelletier hablaba, Simeón abría un cofre de madera primorosamente labrada, que se encontraba al otro lado de la habitación. Alaïs se acercó. La tapa estaba forrada por dentro con terciopelo púrpura, drapeado en pliegues profundos, como las cortinas en torno a una cama.
Simeón sacudió la cabeza.
– No iré con vosotros. Seguiré a mi pueblo. Por eso, para mayor seguridad, deberíais llevaros esto.
Alaïs vio que Simeón deslizaba la mano por el fondo del cofre. Se oyó un chasquido y entonces, de la base, salió un pequeño cajón. Cuando Simeón se incorporó, Alaïs vio que en la mano sostenía un objeto envuelto en cuero.
Los dos hombres cruzaron una mirada, y entonces Pelletier aceptó el libro que le tendía Simeón y lo ocultó bajo su capa.
– En su carta, Harif menciona a una hermana en Carcassona -dijo Simeón.
Pelletier hizo un gesto afirmativo.
– Una amiga de la Noublesso , según mi interpretación de sus palabras. Me resisto a creer que quiera decir algo más que eso.
– Una mujer fue quien vino a pedirme el segundo libro, Bertran -dijo Simeón con voz serena-. Como tú, he de confesar que en su momento supuse que se trataría de una enviada y nada más, pero a la luz de tu carta…
Pelletier desechó la idea con un gesto de la mano.
– No, no puedo creer que Harif designe guardián a una mujer, sean cuales sean las circunstancias. No correría semejante riesgo.
Alaïs estuvo a punto de decir algo, pero se mordió la lengua.
Simeón se encogió de hombros.
– Deberíamos considerar la posibilidad.
– Muy bien, ¿qué clase de mujer era? -replicó con impaciencia Pelletier-. ¿Alguien de quien razonablemente pueda esperarse que se haga cargo de la custodia de un objeto tan valioso?
Simeón sacudió la cabeza.
– A decir verdad, no. No era de alta cuna, pero tampoco de los estamentos más bajos. Había pasado ya la edad de concebir, pero vino acompañada de un niño. Iba de camino a Carcassona, pasando por Servían, su ciudad natal.
Alaïs dio un respingo.
– Bien poca información tenemos -se quejó Bertran-. ¿No te dijo su nombre?
– No, ni tampoco se lo pregunté, ya que traía una carta de Harif. Le di pan, queso y fruta para el viaje, y se marchó.
Para entonces, habían llegado a la puerta de la calle.
– No me gusta la idea de dejaros -dijo bruscamente Alaïs, temiendo de pronto por él.
Simeón sonrió.
– No me pasará nada, pequeña. Ester preparará las cosas que quiero llevarme a Carcassona. Viajaré anónimamente con la multitud. Será más seguro para todos nosotros.
Pelletier hizo un gesto afirmativo.
– El barrio judío está junto al río, al este de Carcassona, junto al suburbio de Sant-Vicens. Mándame un mensaje cuando llegues
– Así lo haré.
Los dos hombres se abrazaron y Pelletier salió a la calle, que para entonces estaba atestada de gente. Alaïs se disponía a seguirlo, pero Simeón le apoyó una mano en el brazo para retenerla.
– Eres muy valerosa, Alaïs. Has cumplido con tenacidad y firmeza tus obligaciones con tu padre y también con la Noublesso. Pero vigílalo. Su temperamento puede perderlo, y se acercan tiempos difíciles, decisiones difíciles.
Mirando por encima del hombro, Alaïs bajó la voz para que su padre no la oyera.
– ¿De qué trata el segundo libro que esa mujer se llevó a Carcassona, el libro que aún queda por encontrar?
– Es el Libro de las pociones -replicó él-. Una lista de hierbas y plantas. A tu padre le fue confiado el Libro de las palabras, y a mí, el Libro de los números.
«A cada uno, su habilidad.»
– ¿Supongo que eso te dice lo que querías saber? -dijo Simeón, con una mirada cargada de intención bajo las pobladas cejas-. ¿Quizá has confirmado una suposición?
Ella sonrió.
– Benlèu. Quizá.
Alaïs le dio un beso y echó a correr, para dar alcance a su padre.
«Comida para el viaje. Quizá también una tabla.»
Alaïs decidió guardarse para sí sus suposiciones hasta estar segura, aunque para entonces estaba prácticamente convencida de que sabía dónde encontrar el libro. La miríada de conexiones que unía sus vidas, como una tela de araña, se volvió de pronto meridianamente clara: todas las pequeñas pistas e indicios que no habían visto, porque no habían mirado.
CAPÍTULO 29
Mientras volvían atravesando la ciudad a toda prisa, pudieron ver que el éxodo ya había comenzado.