A las nueve, Alice había pagado el peaje y estaba siguiendo las señales hacia el centro de la ciudad. Se sentía nerviosa y excitada, extrañamente aprensiva, mientras se orientaba a través de grises suburbios industriales y polígonos comerciales. Estaba cerca, podía sentirlo.
Cuando los semáforos se pusieron verdes, Alice prosiguió su marcha, arrastrada por la corriente del tráfico, a través de puentes y rotondas, hasta que de pronto estuvo otra vez en campo abierto: matorrales a lo largo del cinturón de la ciudad, malas hierbas y árboles retorcidos, que el viento había hecho asumir un porte horizontal.
Pero al llegar a lo más alto de la colina, la vio.
La Cité medieval dominaba el paisaje. Era mucho más impresionante de lo que Alice había imaginado, mucho más sustancial y completa. A la distancia a que se encontraba, con las violáceas montañas nítidamente recortadas a lo lejos, parecía un reino mágico flotando en el cielo.
De inmediato se enamoró del lugar.
Se detuvo a un lado de la carretera y bajó del coche. Había dos conjuntos de murallas, un anillo interior y otro exterior. Podía distinguir la catedral y el castillo. Una torre simétrica de planta rectangular, muy alta y delgada, destacaba sobre todo lo demás.
La Cité estaba en la cima de una colina cubierta de hierba, cuyas laderas descendían hacia unas calles llenas de rojos tejados. En el llano, al pie del monte, había viñedos, campos de higueras y olivos, e hileras de tomateras cargadas de tomates maduros.
Sin decidirse a acercarse un poco más por temor a romper el hechizo, Alice vio la puesta de sol, que despojó de su color a todas las cosas. Se estremeció, sintiendo el aire del anochecer repentinamente frío sobre sus brazos desnudos.
Su memoria le brindó las palabras que necesitaba. «Llegaremos al punto de partida y por primera vez conoceremos el lugar.»
Por primera vez, Alice comprendió exactamente lo que quiso decir Eliot.
CAPÍTULO 31
El bufete de Paul Authié estaba en el corazón de la Basse Ville de Carcasona.
Su negocio se había expandido en los dos últimos años y sus oficinas reflejaban el éxito: un edificio de cristal y acero, diseñado por un arquitecto conocido. Un elegante patio ajardinado separaba los espacios de trabajo y los pasillos. Discreto y selecto.
Authié se encontraba en su despacho privado, en el cuarto piso. El ventanal, orientado al oeste, dominaba la catedral de Saint-Michel y el cuartel del regimiento de paracaidistas. La sala era un reflejo del hombre: pulcra y con un aire estrictamente controlado de opulencia y buen gusto ortodoxo.
Toda la pared exterior de la sala era de cristal. A esa hora, las persianas venecianas estaban cerradas para proteger el recinto del sol de la tarde. Fotografías enmarcadas cubrían las otras tres paredes, junto con diplomas y certificados. Había varios mapas antiguos, que no eran reproducciones sino originales. Algunos ilustraban las rutas de las cruzadas y otros mostraban las cambiantes fronteras históricas del Languedoc. El papel se había vuelto amarillo, y los rojos y verdes de la tinta se habían borrado en algunos puntos, produciendo una distribución moteada y desigual del color.
Frente a la ventana se veía una mesa de escritorio ancha y alargada, diseñada a medida. Estaba casi vacía, excepto por la gran almohadilla de papel secante con reborde de cuero y unas pocas fotografías enmarcadas, una de las cuales era una imagen de estudio de su ex esposa y sus dos hijos, que Authié mantenía a la vista porque a los clientes les reconfortaba ver pruebas de estabilidad familiar.
Había otras tres fotos: la primera era un retrato suyo a los veintiún años, cuando estudiaba en la Escuela Nacional de Administración de París, estrechando la mano de Jean-Marie Le Pen, el líder del Frente Nacional; la segunda había sido tomada en Santiago de Compostela, y la tercera, del año anterior, lo mostraba a él junto al abad de Cîteaux, entre otras personalidades, con ocasión de su más reciente y sustancial donativo a la Compañía de Jesús.
Cada fotografía le recordaba lo lejos que había llegado.
Sonó el teléfono de su despacho.
– Oui?
Era su secretaria, para anunciarle la llegada de sus visitantes.
– Que suban -ordenó.
Javier Domingo y Cyrille Braissart eran ex policías. Braissart había sido expulsado del cuerpo en 1999 por uso excesivo de la fuerza durante el interrogatorio de un sospechoso, y Domingo un año después, acusado de intimidación y de aceptar sobornos. El hecho de que ambos se hubiesen librado de la cárcel obedecía a la habilidad de Authié. Desde entonces, los dos trabajaban a sus órdenes.
– ¿Y bien? -dijo el abogado-. Si tenéis alguna explicación, éste es el momento de darla.
Los hombres cerraron la puerta y permanecieron en silencio delante de la mesa.
– ¿No? ¿Nada que decir? -preguntó, asaeteando el aire con un dedo-. Ya podéis empezar a rezar para que Biau no vuelva en sí y recuerde a los ocupantes del coche.
– No lo hará, señor.
– ¿Ahora resulta que eres médico, Braissart?
– Su estado se ha deteriorado a lo largo del día.
Authié les volvió la espalda, con las manos apoyadas en las caderas, y se puso a mirar por la ventana en dirección a la catedral.
– Bien, ¿qué tenéis para mí?
– Biau le ha pasado una nota -dijo Domingo.
– Que se ha esfumado -comentó Authié con ironía-, junto con la chica. ¿Para qué has venido, Domingo, si no tienes nada nuevo que decirme? ¿Por qué me haces perder el tiempo?
La tez de Domingo adquirió un desagradable tono rojizo.
– Sabemos dónde está, señor. Santini la encontró hoy mismo en Toulouse.
– ¿Y bien?
– Salió de Toulouse hace una hora, más o menos -dijo Braissart-. Pasó la tarde en la Biblioteca Nacional. Santini va a enviarnos por fax una lista de los sitios que ha visitado.
– ¿Habéis pensado en seguir el coche? ¿O es demasiado pedir?
– Lo estamos siguiendo. Viene en dirección a Carcasona.
Authié se sentó en su silla y los miró fijamente a través de la vasta extensión de la mesa de escritorio.
– Entonces supongo que tendréis pensado esperarla en el hotel, ¿no es así, Domingo?
– Así es, señor. ¿En qué hot…?
– Montmorency -replicó él secamente, mientras juntaba los dedos-. No quiero que se percate de que la estamos vigilando. Registrad la habitación, el coche, todo, pero no dejéis que ella lo advierta.
– ¿Buscamos algo más, aparte del anillo y la nota, señor?
– Un libro -dijo él-, más o menos así de alto. Tapas gruesas, atado con cintas de cuero. Muy valioso y sumamente delicado.
Abrió una carpeta que tenía sobre la mesa y les tendió una fotografía.
– Parecido a éste -les dijo. Dejó que Domingo estudiara la foto durante unos segundos y volvió a guardarla-. Y si eso es todo…
– También hemos conseguido esto, de una enfermera del hospital -se apresuró a interrumpirlo Braissart, tendiéndole un papel-. Biau lo tenía en el bolsillo.
Authié lo cogió. Era el resguardo de un paquete franqueado desde la central de correos de Foix, a última hora del lunes por la tarde, a una dirección de Carcasona.
– ¿Quién es Jeanne Giraud? -dijo.
– La abuela de Biau por parte de madre.
– ¿Ah, sí? -dijo el abogado con suavidad, antes de tender la mano y pulsar el botón del interfono de su escritorio-. Aurélie, necesito información sobre una tal Jeanne Giraud. G-i-r-a-u-d. Vive en la Rue de la Gaffe. Lo antes posible. -Authié se reclinó en su silla-. ¿Sabe ya lo que le ha sucedido a su nieto?
El silencio de Braissart respondió a su pregunta.
– Averígualo -dijo Authié secamente-. O mejor aún, mientras Domingo visita a la doctora Tanner, acércate a casa de madame Giraud y echa un vistazo… discreto. Te veré en el aparcamiento frente a la puerta de Narbona, en… -miró brevemente el reloj- treinta minutos.
El interfono volvió a zumbar.
– ¿A qué estáis esperando? -dijo a sus visitantes, despidiéndolos con un gesto de la mano. Esperó a que la puerta se cerrara para contestar.
– ¿Sí, Aurélie?
Mientras escuchaba, se llevó la mano al crucifijo de oro que le colgaba del cuello.
– ¿Ha dicho por qué quiere aplazar una hora la cita? ¡Claro que es una molestia! -exclamó, interrumpiendo las disculpas de su secretaria.
Extrajo el teléfono móvil del bolsillo de la americana. No había mensajes. En el pasado, siempre establecía todos los contactos directamente y en persona.
– Voy a tener que salir, Aurélie -dijo-. Cuando vayas hacia tu casa, deja de paso el informe sobre Giraud en mi apartamento. Antes de las ocho.
Después Authié descolgó su americana del respaldo de la silla, cogió un par de guantes y salió.
Audric Baillard estaba sentado ante un pequeño escritorio, en la habitación de la casa de Jeanne Giraud que daba al frente. Los postigos estaban entrecerrados y el cuarto estaba sumido en la penumbra irregular que producía la luz parcialmente filtrada del crepúsculo. A sus espaldas había una anticuada cama individual, con pies y cabecero de madera labrada, recién hecha con sencillas sábanas blancas de algodón.
Jeanne le había reservado esa misma habitación muchos años atrás, para que la tuviera a su disposición siempre que la necesitara. En un gesto que lo había conmovido profundamente, había reunido en la habitación ejemplares de todas sus publicaciones, que había alineado en una repisa de madera, sobre la cama.
Baillard tenía escasas posesiones. Lo único que guardaba en el cuarto era una muda de ropa y material para escribir. Al comienzo de su larga colaboración, Jeanne se burlaba cordialmente de su preferencia por la tinta y la pluma y por un tipo de papel casi tan grueso como el pergamino. Él se limitaba a sonreír, diciéndole que era demasiado viejo para cambiar de hábitos.