Se preguntaba qué iba a pasar ahora. El cambio sería inevitable.
Se reclinó en la silla, pensando en Jeanne y en lo mucho que su amistad había significado para él. En cada época de su vida, había encontrado mujeres y hombres buenos que lo habían ayudado, pero Jeanne era especial. A través de Jeanne había localizado a Grace Tanner, aunque las dos mujeres no se conocían.
El entrechocar de los cazos devolvió al presente sus pensamientos. Baillard empuñó la pluma y sintió que los años se desvanecían, una repentina ausencia de edad y de experiencia. Volvió a sentirse joven.
De golpe, las palabras acudieron con facilidad a su mente y se puso a escribir. La carta era breve e iba directa al grano. Cuando terminó, Audric secó la tinta reluciente y plegó pulcramente el papel en tres, para meterlo en un sobre. En cuanto tuviera la dirección, podría enviar la carta.
A partir de ahí, todo quedaba en manos de ella. Sólo ella podía decidir.
– Si es atal, es atal. Lo que tenga que ser, será.
Sonó el teléfono. Baillard abrió los ojos. Oyó que Jeanne contestaba y, después, un grito agudo. Primero creyó que el grito procedía de la calle, pero después distinguió el ruido del auricular golpeando contra el suelo de baldosas.
Sin saber cómo, se encontró de pie, intuyendo un cambio en el ambiente. Se volvió hacia el sonido de los pasos de Jeanne subiendo la escalera.
– Qu’es? -dijo en seguida-. ¡Jeanne! -añadió con más apremio-. ¿Qué ha pasado? ¿Quién era?
Ella lo miró con expresión vacía.
– Un accidente. Yves.
Audric se la quedó mirando con horror.
– Quora? ¿Cuándo?
– Anoche. El conductor huyó. Hasta ahora no habían conseguido localizar a Claudette. Ha sido ella quien me ha llamado.
– ¿Cómo está?
Jeanne no parecía estar escuchándolo.
– Van a enviar a alguien para que me lleve al hospital de Foix.
– ¿A quién? ¿Lo está organizando Claudette?
– La policía.
– ¿Quieres que te acompañe?
– Sí -replicó ella, tras un instante de vacilación. Después, como una sonámbula, salió de la habitación y atravesó el vestíbulo. Segundos después, Baillard oyó que se cerraba la puerta de su dormitorio.
Impotente y temeroso de una mala noticia, volvió a su habitación. Sabía que no era coincidencia. Su mirada se posó en la carta que había escrito. Hizo ademán de cogerla, pensando que aún era posible frenar la inevitable cadena de acontecimientos, mientras estuviera a tiempo.
Pero en seguida desistió. Sin embargo, quemar la carta habría reducido a la nada todo aquello por lo que había luchado, todo cuanto había padecido.
Tenía que seguir la senda hasta el final.
Baillard cayó de rodillas y se puso a rezar. Las viejas palabras le sonaron rígidas en los labios, pero no tardaron en fluir con facilidad, como antes, conectándolo con todos los que las habían pronunciado en el pasado.
El claxon de un coche que sonaba en la calle lo devolvió al presente. Sintiéndose entumecido y cansado, le costó ponerse de pie. Deslizó la carta en el bolsillo interior de la chaqueta, descolgó la prenda del gancho de la puerta y fue a decirle a Jeanne que había que salir.
Authié estacionó su vehículo en uno de los grandes y anónimos aparcamientos municipales frente a la puerta de Narbona. Por todas partes había enjambres de extranjeros, armados con cámaras y guías turísticas. Todo le parecía despreciable: la explotación de la historia y la descerebrada comercialización de su pasado para entretenimiento de japoneses, norteamericanos e ingleses. Aborrecía las murallas restauradas y el falso revestimiento de pizarra gris de las torres, envoltorio de un pasado imaginado para imbéciles e impíos.
Braissart lo estaba esperando, tal como habían acordado, y le informó rápidamente de lo averiguado. La casa estaba vacía y era fácil acceder por detrás, atravesando los patios traseros. Según los vecinos, un coche de policía había recogido a madame Giraud haría unos quince minutos. Un hombre mayor iba con ella.
– ¿Quién?
– Lo han visto antes por aquí, pero nadie sabe su nombre.
Tras despedir a Braissart, Authié siguió bajando la ladera. La casa estaba a unas tres cuartas partes del camino cuesta abajo, a mano izquierda. La puerta estaba atrancada y los postigos, cerrados, pero aún se percibía un aire de presencia humana reciente.
Pasó de largo hasta el final de la calle, giró a la izquierda por la Rué de Barbarcane y la Place de Saint-Gimer. A las puertas de las casas había algunos vecinos sentados, mirando los coches aparcados en la plaza. Un grupo de niños con bicicletas, con el pecho descubierto y morenos por el sol, holgazaneaban en la escalera de la iglesia. Authié no les prestó atención. Siguió andando a paso rápido, por el acceso asfaltado que discurría por detrás de las primeras casas y jardines de la Rué de la Gaffe. Después subió por la derecha, para seguir por un estrecho camino de tierra que serpenteaba a través de las laderas cubiertas de hierba, al pie de las murallas de la Cité.
Muy pronto tuvo a la vista la fachada trasera de la casa de madame Giraud. Los muros estaban pintados del mismo amarillo oscuro que el frente. Una pequeña cancela de madera sin atrancar conducía al patio embaldosado. Higos como péndulos, casi negros de tan maduros, colgaban de un árbol generoso que hurtaba de la vista de los vecinos la mayor parte del patio. Las baldosas de barro cocido tenían manchas violetas allí donde habían caído y estallado los higos.
Las puerta-ventanas traseras estaban enmarcadas en un porche de madera cubierto de hiedra. Mirando a través de ellas, Authié vio que, aunque la llave estaba puesta en la cerradura, las puertas tenían los dos pasadores cerrados, el de arriba y el de abajo. Como no quería dejar rastros, siguió investigando, en busca de otra manera de entrar.
Junto a las puerta-ventanas estaba la pequeña ventana de la cocina, que había quedado abierta por la parte superior. Authié se puso los guantes de goma, deslizó el brazo a través del hueco y manipuló el anticuado sistema de cierre hasta liberarlo. Estaba rígido y los goznes chirriaron como quejándose al abrirse. Cuando el hueco fue lo suficientemente grande, metió un dedo y liberó la parte inferior de la ventana.
Un agradable aroma a pan y aceitunas lo recibió cuando se encaramó y entró en la fresca cocina con despensa. Una rejilla de alambre protegía la tabla de quesos. En las repisas se alineaban botellas y frascos de conservas en vinagre, mermeladas y mostaza. Sobre la mesa había una tabla de picar y un paño blanco de cocina que cubría unos pocos mendrugos de una baguette del día anterior. En un colador, dentro de la pila, unos albaricoques que esperaban a ser lavados, y en el escurridor, dos vasos boca abajo.
Authié prosiguió hacia el salón, en uno de cuyos rincones había un buró con una vieja máquina de escribir eléctrica. Movió el interruptor y el aparato cobró vida. Introdujo un folio y pulsó un par de teclas. Las letras aparecieron en una nítida fila negra sobre el papel. Apartó la máquina de escribir y se puso a revisar los archivadores que había detrás. Jeanne Giraud era una mujer ordenada y todo estaba claramente etiquetado y clasificado: las facturas, en la primera sección; la correspondencia personal, en la segunda; los recibos de la pensión y las pólizas de seguros, en la tercera, y los documentos varios, en la cuarta.
Nada de eso suscitó el interés de Authié, que concentró su atención en los cajones. En los dos primeros encontró el material habitual de papelería: bolígrafos, clips, sobres, sellos y paquetes de folios blancos de formato A4. El último cajón estaba cerrado con llave. Deslizó con cuidado y habilidad la hoja de un abrecartas por el espacio entre el cajón y el marco del buró e hizo ceder el cerrojo.
Dentro había una sola cosa: un pequeño sobre almohadillado, lo suficientemente grande como para contener un anillo, pero no el libro. Estaba franqueado en Ariège, a las dieciocho veinte del 4 de julio de 2005.
Authié introdujo los dedos. Estaba vacío, a excepción de una copia del recibo firmado, que confirmaba que madame Giraud había recibido el paquete a las ocho y veinte. Coincidía con el resguardo que le había dado Domingo.
Authié se lo guardó en el bolsillo interior de la chaqueta.
No era una prueba incontrovertible de que Biau hubiera cogido el anillo y se lo hubiese enviado a su abuela, pero apuntaba en ese sentido. Authié siguió buscando el objeto. Tras completar el registro de la planta baja, siguió en el piso de arriba. La puerta del dormitorio que daba al fondo estaba justo delante de la escalera. Era a todas luces la habitación de madame Giraud: luminosa, limpia y femenina. Authié revisó el armario y los cajones de la cómoda, recorriendo con dedos expertos la ropa interior y las prendas de calle, que eran pocas pero de buena calidad. Todo estaba pulcramente doblado y ordenado, y olía vagamente a agua de rosas.
En el tocador, delante del espejo, había un cofre joyero, en cuyo interior convivían dos o tres broches, un collar de perlas amarilleadas y una pulsera de oro, mezclados con varios pares de pendientes y un crucifijo de plata. Los anillos de boda y de pedida estaban rígidamente insertos en el raído terciopelo rojo, como si rara vez hubiesen salido de allí.
El dormitorio que daba al frente, por contraste, le pareció sobrio y despojado, casi vacío, a excepción de una cama individual y un escritorio junto a la ventana, con una lámpara encima. Le gustó. Le recordaba las austeras celdas de la abadía.
Había signos de ocupación reciente. En la mesilla de noche había un vaso de agua a medio beber junto a un libro de poesía occitana de Rene Nelli, con los bordes desgastados. Authié se acercó al escritorio, donde encontró un portaplumas con plumín, un frasco de tinta y una pila de hojas de papel grueso. También había un trozo de papel secante, casi sin usar.