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Le costó dar crédito a lo que estaba viendo. Alguien había estado en esa mesa escribiéndole una carta a Alice Tanner. El nombre resultaba perfectamente legible en el papel secante.

Authié dio la vuelta a éste e intentó descifrar la firma, apenas visible, al pie del texto. La escritura era anticuada y algunas letras se confundían con otras, pero al final consiguió formar el esqueleto de un nombre.

Dobló el áspero papel y se lo guardó en el bolsillo delantero de la chaqueta. Cuando se volvió para abandonar la habitación, su mirada se vio atraída por algo tirado en el suelo, atrapado entre el panel y el marco de la puerta. Lo recogió. Era el fragmento de un billete de tren, sólo de ida, con fecha de ese mismo día. El destino, Carcasona, se leía con claridad, pero faltaba el nombre de la estación de origen.

El sonido de las campanas de Saint-Gimer dando la hora le recordó que no le quedaba mucho tiempo para marcharse. Tras un último vistazo para comprobar que todo estaba tal como lo había encontrado, se fue por donde había entrado.

Veinte minutos después, estaba sentado en el balcón de su apartamento en el muelle de Paicherou, contemplando la fortaleza medieval al otro lado del río. En la mesa, delante de él, había una botella de Château Villerambert Moureau y dos copas. Sobre sus rodillas, una carpeta con la información que su secretaria había logrado reunir en la última hora sobre Jeanne Giraud. La otra carpeta contenía el informe preliminar del forense acerca de los cuerpos hallados en la cueva.

Tras reflexionar unos instantes, Authié sacó varias hojas del informe sobre madame Giraud. Después volvió a cerrar el sobre, se sirvió una copa de vino y se dispuso a esperar a la persona que iba a visitarlo.

CAPITULO 32

A lo largo del alto Quai de Paicherou, hombres y mujeres sentados en bancos metálicos contemplaban el Aude. Multicolores macizos de flores y cuidados senderos animaban las extensiones de césped del enjardinado público. Los amarillos, violeta y anaranjados encendidos del parque infantil rivalizaban con los tonos luminosos de los parterres, desbordantes de trítomos rojos, lirios enormes, geranios y espuelas de caballero.

Marie-Cécile dedicó una mirada apreciativa al edificio donde vivía Paul Authié. Era tal como había esperado, situado en una zona sobria y discreta que no llamaba la atención, en medio de una mezcla de edificios de apartamentos y viviendas unifamiliares. Mientras miraba, pasó una mujer en bicicleta, con un pañuelo de seda violeta anudado al cuello y una blusa de color rojo brillante.

Entonces notó que alguien la estaba mirando. Sin mover la cabeza, levantó la vista y vio a un hombre de pie en el balcón del último piso, con las dos manos apoyadas en la baranda de hierro forjado, observando su coche desde arriba. Marie-Cécile sonrió. Reconoció a Paul Authié por sus fotografías. A esa distancia, no parecía que le hicieran justicia.

Ella había escogido cuidadosamente su ropa: vestido de hilo tostado sin mangas y chaqueta a juego, formal, pero sin exageraciones. Simple y con estilo.

De cerca, su primera impresión se vio reforzada. Authié era alto y parecía en forma, enfundado en traje informal pero bien cortado y camisa blanca. El pelo peinado hacia atrás dejaba la frente al descubierto y acentuaba la fina estructura ósea de su cara de tez pálida. Su mirada era fría, pero por debajo de la refinada imagen exterior, Marie-Cécile intuía la determinación de un luchador capaz de batirse en la calle a puñetazos.

Diez minutos más tarde, después de aceptar una copa de vino, sintió que ya era capaz de situar al hombre con quien estaba tratando. Marie-Cécile sonrió, mientras se inclinaba hacia delante para apagar el cigarrillo en el pesado cenicero de cristal.

– Bon, aux affaires. Creo que estaremos mejor dentro.

Authié se apartó para dejarla pasar por la doble puerta acristalada que conducía al cuarto de estar, pulcro pero impersonaclass="underline" alfombras y lámparas de colores claros y sillones en torno a una mesa de cristal.

– ¿Un poco más de vino? ¿O prefiere beber otra cosa?

– Pastis, si tiene.

– ¿Con hielo? ¿Con agua?

– Con hielo.

Marie-Cécile se sentó en una de las butacas de piel color crema dispuestas en ángulo junto a la mesa baja de cristal y lo observó mientras preparaba las copas. El suave olor del anís llenó la habitación.

Authié le dio la copa antes de sentarse en la otra butaca, frente a la suya.

– Gracias -sonrió ella-. Entonces, Paul, si no le importa, me gustaría que repasara una vez más la secuencia exacta de los acontecimientos.

Si él se irritó, al menos no lo aparentó. Ella siguió con atención su discurso, pero su relación de los hechos fue clara y precisa, idéntica en todos los aspectos a cuanto le había dicho antes.

– ¿Y los esqueletos? ¿Se los han llevado a Toulouse?

– Al departamento de anatomía forense de la universidad, sí.

– ¿Cuándo cree que tendremos noticias?

En lugar de responderle, él le entregó el sobre de formato A4 que aguardaba encima de la mesa. «Un pequeño golpe de efecto», pensó ella.

– ¿Ya? Ha sido un trabajo muy rápido.

– Llamé para pedir el favor.

Marie-Cécile apoyó el informe sobre sus rodillas.

– Gracias, lo leeré después -dijo en tono monocorde-. De momento, ¿qué le parece si me lo resume? Imagino que lo habrá leído…

– Es sólo un informe preliminar, pendiente del resultado de otros análisis más detallados -le advirtió.

– Entiendo -le aseguró ella, reclinándose en la butaca.

– Los huesos corresponden a un hombre y a una mujer. La antigüedad estimada es de setecientos a novecientos años. El esqueleto masculino presenta indicios de lesiones sin cicatrizar en la pelvis y la parte superior del fémur, que pudieron ser causadas poco antes de la muerte. Hay señales de fracturas más antiguas, ya cicatrizadas, en el brazo derecho y la clavícula.

– ¿Edad?

– Adulto, ni muy joven ni muy viejo: entre veinte y sesenta años. Probablemente podrán concretarnos un poco más estos datos cuando hayan efectuado más análisis. La mujer está en el mismo tramo de edad. Su bóveda craneal presenta una depresión en un costado, que pudo haber sido causada por un golpe o una caída. Tuvo por lo menos un hijo. Hay indicios de una fractura cicatrizada en el pie derecho y de otra sin cicatrizar en el cubito izquierdo, entre el codo y la muñeca.

– ¿Causa de la muerte?

– El forense no se arriesga a señalar ninguna en concreto en esta fase tan temprana de la investigación, y piensa que no será fácil aislar una sola claramente identificable. Teniendo en cuenta la época a la que nos referimos, es probable que ambos murieran por el efecto combinado de las heridas, la pérdida de sangre y, posiblemente, el hambre.

– ¿Cree que aún estaban vivos cuando fueron sepultados en la cueva?

Authié hizo un gesto de indiferencia, pero Marie-Cécile distinguió un chispazo de interés en sus ojos grises. Sacó un cigarrillo de la cajetilla y lo hizo rodar por un instante entre los dedos, mientras reflexionaba.

– ¿Qué hay de los objetos hallados entre los cuerpos? -preguntó, inclinándose hacia adelante para que él le diera fuego.

– Con las mismas salvedades de antes, el informe los sitúa entre finales del siglo xii y comienzos del xiii. La lámpara del altar podría ser un poco más antigua; es de diseño árabe, posiblemente española, aunque con más probabilidad de algún lugar más lejano. El cuchillo es corriente, de los que se usaban para cortar la carne y la fruta. Hay indicios de sangre en la hoja; los análisis revelarán si es de animal o humana. La bolsa es de cuero, fabricada en la zona, típica del Languedoc de aquella época. No hay pistas sobre lo que pudo contener, aunque hay partículas de metal en el forro y vestigios de piel de oveja en las costuras.

Marie-Cécile mantuvo la voz tan firme como pudo.

– ¿Qué más?

– La mujer que descubrió la cueva, la doctora Tanner, encontró una hebilla grande de cobre y plata debajo del peñasco que cerraba la entrada de la gruta. También corresponde al mismo período y al parecer es de fabricación local o posiblemente aragonesa. Hay una fotografía en el sobre.

Marie-Cécile hizo un ademán desdeñoso.

– No me interesan las hebillas, Paul -dijo, mientras exhalaba una espiral de humo-. Pero me interesa saber por qué no ha encontrado el libro.

Vio cómo sus largos dedos se crispaban sobre los apoyabrazos de la butaca.

– No hay indicios de que el libro estuviera allí -dijo él con calma-, aunque no cabe duda de que la bolsa de cuero es lo bastante grande como para contener un libro del tamaño del que busca.

– ¿Y el anillo? ¿También duda de que estuviera allí?

Tampoco esa vez dejó el abogado que la provocación lo afectara.

– Al contrario. Tengo la certeza de que lo estaba.

– ¿Entonces?

– Estaba allí, pero alguien lo sustrajo en algún momento entre el descubrimiento de la cueva y mi llegada con la policía.

– Sin embargo, no tiene indicios que demuestren su afirmación -dijo ella, en tono más seco-. Y si no me equivoco, tampoco tiene el anillo.

Marie-Cécile se quedó mirándolo, mientras Authié sacaba una hoja del bolsillo.

– La doctora Tanner insistió mucho en ese punto, tanto que hizo este dibujo -dijo él, tendiéndoselo-. Es un poco tosco, lo admito, pero coincide bastante bien con la descripción que me hizo usted, ¿no cree?

Ella aceptó el boceto. El tamaño, la forma y las proporciones no eran idénticos, pero guardaban suficiente parecido con el diagrama del anillo del laberinto que Marie-Cécile conservaba en su caja fuerte en Chartres. Nadie, excepto la familia De l’Oradore, lo había visto en ochocientos años. Tenía que ser auténtico.