Alice entró a una planta baja de un solo ambiente, con cocina a la izquierda y una zona más grande que hacía las veces de sala de estar, a la derecha. La casa parecía fría y húmeda, con el sombrío olor de un hogar abandonado. El aire gélido le envolvió las piernas desnudas, rodeándoselas como un gato. Alice probó el interruptor de la luz, pero la llave general estaba apagada. Recogió el correo comercial y las circulares, lo dejó todo encima de la mesa para quitarlo del camino y, tras inclinarse sobre el fregadero, abrió la ventana y estuvo luchando un rato con el ornamentado pestillo hasta que consiguió abrir los postigos.
Una tetera eléctrica y una anticuada cocina con reja de hierro sobre los quemadores eran lo más próximo que había tenido su tía en cuanto a aparatos modernos. La encimera estaba despejada y el fregadero limpio, pero había un par de esponjas, rígidas como viejos huesos resecos, metidas como cuñas detrás de los grifos.
Alice atravesó la estancia, abrió el ventanal de la sala de estar y empujó contra la pared los pesados postigos marrones. De inmediato, el sol inundó el ambiente, transformándolo. Alice se asomó por la ventana y respiró el aroma de las rosas, relajándose por un momento y dejando que el suave contacto del aire cálido del verano disipara su sensación de malestar. Se sentía como una intrusa, curioseando sin permiso en la vida de otra persona.
Había dos sillones dispuestos en ángulo junto a la chimenea, cuyo marco era de piedra gris, con varios adornos de porcelana sobre la repisa cubiertos de polvo. Los restos ennegrecidos de un fuego que había ardido mucho tiempo atrás se conservaban sobre la reja. Alice los empujó con un pie y se desmoronaron, produciendo una nube de fina ceniza gris que por un instante se quedó flotando en el ambiente.
Colgado de la pared, junto a la chimenea, había un cuadro pintado al óleo, con la imagen de una casa de piedra de tejado rojo, entre viñedos y campos de girasoles. Alice se acercó para ver la firma garabateada en la esquina inferior derecha: baillard.
Una mesa de comedor, cuatro sillas y un aparador ocupaban el fondo de la estancia. Alice abrió las puertas del aparador y encontró un juego de posavasos y manteles individuales decorados con figuras de catedrales francesas, una pila de servilletas de hilo y un cajón con una cubertería de plata, que tintineó sonoramente al cerrarlo. Las piezas de porcelana de mejor calidad -varias fuentes, una jarra, platos de postre y una salsera- estaban guardadas aparte, en los estantes inferiores.
En la esquina opuesta de la habitación había dos puertas. La primera resultó ser la del cuarto de la limpieza, donde encontró una tabla de planchar, una fregona, una escoba, bayetas para quitar el polvo, un par de ganchos para colgar abrigos y una enorme cantidad de bolsas del supermercado Géant, metidas unas dentro de otras. La segunda puerta daba a la escalera.
Sus sandalias parecían pegarse a los peldaños de madera cuando subió hacia la oscuridad. Lo primero que encontró fue un cuarto de baño limpio y funcional, revestido de baldosas color rosa, con un trozo de jabón reseco sobre el lavabo y una toalla rígida, colgada de un gancho, al lado de un sencillo espejo.
El dormitorio de Grace estaba a la izquierda. La cama individual estaba hecha, con sábanas, mantas y un voluminoso edredón de plumas. Sobre un armario bajo de caoba, junto a la cama, había un frasco de leche de magnesia, con una costra blanca alrededor del cuello, y una biografía de Leonor de Aquitania, escrita por Alison Weir.
El anticuado punto de lectura que marcaba una de las páginas la conmovió. Podía imaginar a Grace apagando la luz para dormir, después de colocar el punto de lectura en su sitio. Pero su tiempo se había agotado. Moriría antes de terminar el libro. En un acceso de sentimentalismo poco corriente en ella, Alice lo apartó, con la idea de llevárselo consigo y darle un hogar.
En el cajón de la mesilla de noche encontró una bolsita de lavanda con una cinta rosa descolorida por el paso del tiempo, una receta médica y una caja de pañuelos nuevos. Varios libros ocupaban el estante de abajo. Alice se agachó e inclinó la cabeza para leer los títulos en los lomos, incapaz de resistirse, como siempre, a curiosear los libros que la gente guardaba en sus estanterías. Encontró más o menos lo que esperaba. Uno o dos libros de Mary Stewart, un par de novelas de Joanna Trollope, una vieja edición Club del Libro de Peyton Place y un delgado volumen sobre los cátaros, con el nombre del autor impreso en letras mayúsculas: a. s. baillard. Alice levantó las cejas. ¿El mismo que había pintado el óleo del piso de abajo? Debajo estaba impreso el nombre de la traductora: j. giraud.
Alice dio la vuelta al libro y leyó la nota biográfica del autor: una traducción al occitano del Evangelio de San Juan, varias obras sobre el antiguo Egipto y una laureada biografía de Jean-François Champollion, el estudioso del siglo xix que descifró el enigma de los jeroglíficos.
Una chispa se encendió en la mente de Alice. Vio de nuevo la biblioteca de Toulouse, con mapas, gráficos y dibujos parpadeando delante de sus ojos. «Otra vez Egipto.»
La ilustración de la portada del libro de Baillard era la fotografía de un castillo en ruinas, envuelto en una neblina violácea y temerariamente asomado a un acantilado de roca viva. Alice lo reconoció por las postales y las guías turísticas como Montségur.
Abrió el libro. Las páginas se apartaron por sí solas a unos dos tercios del grosor del volumen, donde alguien había insertado un trozo de cartulina. Alice empezó a leer:
La ciudadela fortificada de Montségur se encuentra en la cima de la montaña, a casi una hora de ascenso desde el pueblo del mismo nombre. Oculto a menudo por las nubes, el castillo tiene tres de sus lados tallados en la pared misma de la montaña. Es una extraordinaria fortaleza natural. Las ruinas no datan del siglo xiii, sino de guerras de ocupación más recientes. Aun así, el espíritu del lugar recuerda siempre al visitante su trágico pasado.
Hay infinidad de leyendas asociadas con Montségur, la «montaña segura». Algunos creen que fue un templo solar; otros, que fue la inspiración para el Mensalvat de Wagner, el refugio o montaña del Grial de Parsifal, su obra cumbre. Otros lo consideran el lugar definitivo de reposo del Grial. Se ha dicho que los cátaros eran los guardianes del cáliz de Cristo y de otros muchos tesoros procedentes del templo de Salomón en Jerusalén, o quizá del oro de los visigodos y de otras riquezas de origen impreciso.
Si bien se dice que el legendario tesoro de los cátaros fue sacado subrepticiamente de la ciudadela asediada en enero de 1244, poco antes de la derrota final, el tesoro nunca ha sido hallado. Los rumores de que el más valioso de sus objetos se ha perdido son inexactos.*
Alice leyó la nota a pie de página a la que remitía el asterisco. En lugar de una aclaración, encontró una cita del Evangelio de San Juan, capítulo ocho, versículo treinta y dos: «Y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres.»
Levantó las cejas. No parecía guardar ninguna relación con el texto.
Alice puso el libro de Baillard junto a las otras cosas que pensaba llevarse y cruzó el pasillo hasta el dormitorio del fondo.
Había una vieja máquina de coser Singer, incongruentemente inglesa en aquella casa francesa de gruesas paredes. Su madre había tenido una exactamente igual y solía pasarse horas cosiendo, llenando la casa con el reconfortante traqueteo del pedal.
Alice pasó la mano sobre la superficie cubierta de polvo. Parecía estar en buen estado de funcionamiento. Abrió uno a uno los pequeños cajones y en su interior halló carretes de hilo, agujas, alfileres, trozos de cinta y de encaje, una cartulina con viejos broches de presión plateados y una caja con botones variados.
Se volvió hacia la mesa de escritorio de roble, junto a la ventana que daba a un pequeño patio cerrado, al fondo de la casa. Los dos primeros cajones estaban forrados con papel pintado, pero completamente vacíos. El tercero estaba cerrado con llave, pero asombrosamente, la llave estaba puesta en la cerradura.
Con una mezcla de fuerza y habilidad, Alice hizo girar la minúscula llave y consiguió abrirlo. Al fondo del cajón había una caja de zapatos. La sacó y la colocó sobre el escritorio.
Todo en su interior estaba sumamente ordenado. Había una pila de fotografías atadas con una cinta. Suelta y colocada encima, una carta dirigida a Mme. Tanner, con una fina caligrafía de trazos negros, como patas de araña. Había sido franqueada el 16 de marzo de 2005 en Carcasona y llevaba un sello con la palabra prioritaire en tinta roja. Al dorso no figuraba la dirección del remitente, sino únicamente un nombre, escrito por la misma mano: Expéditeur Audric S. Baillard.
Alice deslizó los dedos dentro del sobre y sacó una sola hoja de grueso papel crema. No había fecha, ni encabezamiento, ni explicación alguna, sino simplemente un poema, escrito con la misma caligrafía de patas de araña.
Bona nuéit, bona nuéit…
Braves amics, pica mieja-nuèit
Cal finir velhada
E jos la flassada
Un vago recuerdo agitó levemente la superficie de su subconsciente, como una canción olvidada desde hacía mucho tiempo. Las palabras grabadas en los escalones más altos de la cueva…
Era la misma lengua, hubiese podido jurarlo, ya que su subconsciente era capaz de establecer las conexiones que su mente consciente no distinguía.
Alice se apoyó en la cama. La fecha era el 16 de marzo, un par de días antes de la muerte de su tía. ¿La habría guardado ella misma en la caja o lo habría hecho otra persona? ¿Quizá el propio Baillard?
Apartando a un lado el poema, Alice deshizo el nudo de la cinta.
Había diez fotografías en total, todas en blanco y negro, y dispuestas por orden cronológico. El mes, el lugar y la fecha estaban escritos al dorso, a lápiz, con letras mayúsculas. La primera foto era un retrato de estudio de un niño muy serio, con uniforme de colegial y raya al lado en el pelo repeinado. Alice le dio la vuelta, frederick william tanner, septiembre 1937, leyó al dorso. Estaba escrito en tinta azul y la letra era diferente.