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El corazón le dio un vuelco. Ese mismo retrato de su padre había estado en su casa, sobre la repisa de la chimenea, junto a la foto de la boda de sus padres y un retrato de la propia Alice a los seis años, con un vestido de fiesta de mangas abombadas. Repasó con los dedos las líneas de la cara. Era como mínimo la prueba de que Grace sabía de la existencia de su hermano menor, aunque nunca se hubieran encontrado.

Alice la apartó y pasó a la siguiente fotografía, tras lo cual examinó metódicamente toda la pila. La más antigua que encontró de su tía era asombrosamente reciente, pues había sido tomada en una fiesta al aire libre, en julio de 1958.

Decididamente, tenía un aire de familia. Como Alice, Grace era menuda y de rasgos delicados, casi de duendecillo, pero tenía el pelo liso y gris, y lo llevaba radicalmente corto. En la imagen, miraba de frente a la cámara, con el bolso firmemente sujeto delante del cuerpo, como una barrera.

La última fotografía era otra instantánea de Grace, varios años más tarde, junto a un hombre mayor. Alice arrugó el ceño. Él le recordaba a alguien. Movió ligeramente la foto, para que la luz incidiera de otra forma sobre la imagen.

Estaban de pie, delante de un viejo muro de piedra. Había cierto acartonamiento en la pose de ambos, como si no se conocieran bien. Por la ropa, era verano o quizá el final de la primavera. Grace llevaba un vestido veraniego de manga corta, ceñido en la cintura. Su compañero era un hombre alto y muy delgado, que vestía un traje de color claro. Tenía el rostro ensombrecido por el ala del sombrero panamá, pero las manos manchadas y arrugadas delataban su edad.

En el muro que había detrás se veía parte de la placa con el nombre de una calle francesa. Forzando la vista para descifrar las diminutas letras, Alice consiguió leer: Rue des Trois Degrés. La inscripción al dorso estaba escrita en la fina caligrafía de Baillard: AB e GT, junh 1993, Chartres.

Chartres otra vez. Tenían que ser Grace y Audric Baillard. Y 1993 era el año de la muerte de sus padres.

Apartando también esa foto, Alice sacó el único objeto que quedaba en la caja: un libro pequeño de aspecto antiguo. La agrietada piel negra de la cubierta se mantenía unida con un oxidado cierre de cremallera y en la tapa destacaban las palabras holy bible, grabadas en letras doradas. Era una biblia.

Tras varios intentos, Alice consiguió abrir la cremallera. A primera vista, le pareció semejante a cualquier otra edición corriente en lengua inglesa. Sólo cuando había pasado rápidamente las tres cuartas partes de las páginas, descubrió un hueco abierto en las finísimas hojas, para crear un escondite rectangular, poco profundo, de unos siete por diez centímetros.

Dentro, doblados y apretados, había varios folios, que Alice comenzó a desplegar con mucho cuidado. Un disco de color claro, del tamaño de una moneda de diez francos, salió de dentro y cayó en su falda. Era plano y muy delgado, y no era metálico, sino de piedra. Sorprendida, lo cogió para mirarlo. Tenía dos letras grabadas: NS. ¿Puntos cardinales? ¿Las iniciales de algún nombre? ¿La moneda de algún país?

Alice dio la vuelta al disco. En la otra cara había un laberinto grabado, idéntico en todos los aspectos al que había visto en la cara inferior del anillo y en la pared de la cueva.

Aunque el sentido común le decía que tenía que haber una explicación perfectamente aceptable para la coincidencia, no se le ocurrió ninguna. Miró con aprensión los folios en cuyo interior había estado el disco. Le inquietaba lo que pudiera descubrir, pero era demasiado curiosa para no abrirlos.

«No puedes detenerte ahora.»

Alice empezó a desplegar los folios. Tuvo que contenerse para no dejar escapar un suspiro de alivio. Era sólo un árbol genealógico, como pudo ver por el encabezamiento de la primera página: arbre généalogique. La mayoría de los nombres estaban escritos en negro, pero en la segunda línea, un nombre, Alaïs Pelletier-du Mas (1193-), aparecía escrito en tinta roja. Alice no consiguió descifrar el nombre que había al lado pero, en la línea inmediatamente inferior, ligeramente a la derecha, sí distinguió otro nombre, Sajhë de Servían, escrito en verde.

Junto a ambos nombres había un motivo pequeño y delicado, destacado con tinta dorada. Alice cogió el disco de piedra y lo colocó junto al símbolo, con el lado del dibujo hacia arriba. Eran idénticos.

Una por una, fue pasando las páginas, hasta llegar a la última. Allí encontró el nombre de Grace, con la fecha de su muerte escrita en una tinta de diferente color. Debajo y a un lado, figuraban los padres de Alice.

El último nombre era el suyo: Alice Helena (1975-), destacado en tinta roja. A su lado, el símbolo del laberinto.

Con las rodillas recogidas bajo la barbilla y los brazos alrededor de las piernas, Alice perdió la cuenta del tiempo que pasó en la habitación silenciosa y abandonada. Finalmente, lo comprendió. Lo quisiera o no, el pasado había regresado en su busca.

CAPÍTULO 43

El viaje de regreso de Sallèles d’Aude a Carcasona transcurrió en una confusa nube.

Cuando Alice llegó al hotel, el vestíbulo del mismo estaba atestado de recién llegados, de modo que ella misma descolgó la llave del gancho y subió sin que nadie reparara en ella.

Al ir a abrir la puerta, se dio cuenta de que ya estaba abierta.

Tras un momento de vacilación, dejó la caja de zapatos y los libros en el suelo del pasillo y, con mucha cautela, empujó la puerta para abrirla del todo.

– Allô? ¿Hola?

Sin entrar, recorrió la habitación con la vista. Todo parecía estar tal como lo había dejado. Aún con aprensión, Alice pasó por encima de las cosas que había dejado en el suelo y dio un paso cauteloso hacia el interior del cuarto. En seguida se detuvo. Olía a vainilla y a tabaco rancio.

Percibió un movimiento detrás de la puerta y el corazón le saltó hasta la garganta. Se volvió, justo a tiempo de vislumbrar una americana gris y una cabellera negra reflejadas en el espejo, antes de recibir un fuerte golpe en el pecho que la proyectó hacia atrás. Se golpeó la cabeza contra el espejo de la puerta del armario y las perchas que había dentro repiquetearon como canicas cayendo sobre un techo de hojalata.

Los bordes de la habitación se volvieron borrosos. Todo a su alrededor le pareció desenfocado y movedizo. Alice parpadeó. Oyó al hombre corriendo por el pasillo.

«¡Síguelo! ¡Rápido!»

Se puso en pie con dificultad y salió en su persecución. Bajó trastabillando la escalera, hasta el vestíbulo, donde un nutrido grupo de italianos le bloqueaba la salida. Presa del pánico, recorrió con la vista la animada recepción, justo a tiempo de ver que el hombre se escabullía por la puerta lateral.

Alice se abrió paso entre un bosque de gente y equipaje, tropezando con las maletas, y salió al jardín tras él. El hombre ya estaba al final del sendero. Haciendo acopio hasta del último gramo de energía, Alice echó a correr, pero él resultó ser mucho más veloz.

Cuando finalmente llegó a la calle principal, ya había desaparecido. Se había esfumado entre la multitud de turistas que bajaban de la Cité.

Alice apoyó las manos en las rodillas, intentando recuperar el aliento. Después enderezó la espalda y se palpó la nuca con los dedos. Ya se le estaba formando un bulto. Tras una última mirada a la calle, se dio la vuelta y volvió andando al hotel. Disculpándose, fue directamente al mostrador, sin guardar cola.

– Pardon, mademoiselle, vous l’avez vu?

La chica que atendía la recepción pareció irritada.

– Estaré con usted en cuanto termine de atender a este caballero -dijo.

– Me temo que lo mío no puede esperar -contestó Alice-. Había un extraño en mi habitación. Acaba de salir corriendo. Hace un par de minutos.

– Una vez más, madame, le ruego que tenga la amabilidad de esperar un momento…

Alice levantó la voz para que todos la oyeran.

– Il y avait quelqu’un dans ma chambre. Un voleur.

«Un ladrón.» Todo el vestíbulo atestado de gente se quedó en silencio. La chica abrió mucho los ojos, se deslizó de su taburete y desapareció por el fondo. Segundos después hizo acto de presencia el propietario del hotel, que guió a Alice fuera del área principal de recepción.

– ¿Cuál es el problema, madame? -preguntó en voz baja.

Alice se lo explicó.

– La puerta no ha sido forzada -dijo él, examinando la cerradura, cuando la acompañó a su habitación.

Con el propietario observando desde la puerta, Alice comprobó si faltaba algo. Para su asombro, todo seguía allí. Su pasaporte todavía estaba en el armario, aunque había sido desplazado. Lo mismo podía decirse del contenido de su mochila. No faltaba nada, pero todo estaba ligeramente fuera de su lugar. Como prueba, era muy poco convincente.

Alice miró en el baño. Por fin, había encontrado algo.

– Monsieur, s’il vous plaît -llamó al dueño del hotel. Le señaló el lavabo-. Regardez.

Había un penetrante olor a lavanda allí donde su jabón había sido cortado a trozos pequeños. También el tubo de la pasta de dientes había sido cortado y abierto, y su contenido había sido exprimido.

– Voilà. Je vous l’ai déjà dit. Ya se lo había dicho.

El propietario del hotel parecía preocupado, pero dubitativo. ¿Quería que llamara a la policía? Preguntaría a los otros huéspedes, desde luego, por si hubieran visto algo, pero teniendo en cuenta que no faltaba nada… Dejó la frase inconclusa.