De pronto, Alice sintió la conmoción. No era un caso corriente de robo como otro cualquiera. Aquel hombre, fuera quien fuese, iba en busca de algo concreto, algo que suponía que estaba en su poder.
¿Quiénes sabían que ella se alojaba allí? Noubel, Paul Authié, Karen Fleury y el resto de los empleados del bufete, Shelagh y, que ella supiera, nadie más.
– No -repuso ella rápidamente-. A la policía no, puesto que no falta nada. Pero me gustaría cambiarme en otra habitación.
El hombre empezó a protestar, diciendo que el hotel estaba completo, pero se detuvo al ver la expresión de su rostro.
– Veré lo que puedo hacer.
Veinte minutos más tarde, Alice estaba instalada en un ala diferente del hotel.
Estaba nerviosa. Por segunda o tercera vez, comprobó que la puerta estuviera cerrada y las ventanas aseguradas. Se sentó en la cama, con sus cosas alrededor, intentando decidir qué hacer. Después se levantó, anduvo por la diminuta habitación, volvió a sentarse y volvió a levantarse. Todavía no estaba segura de que no le conviniera mudarse a otro hotel.
«¿Y si vuelve esta noche?»
De pronto, sonó una alarma. Alice dio un salto, antes de advertir que era simplemente el teléfono móvil, que sonaba en el bolsillo interior de su chaqueta.
– Allô, oui?
Fue un alivio oír la voz de Stephen, uno de los colegas de Shelagh en la excavación.
– Hola, Steve. No, lo siento. Acabo de llegar. No he tenido tiempo de ver si tenía mensajes. ¿Qué hay?
Mientras escuchaba, el color abandonó su cara al oírle decir que iban a clausurar la excavación.
– Pero ¿por qué? ¿Qué razón ha podido dar Brayling?
– Ha dicho que no dependía de él.
– ¿Sólo por los esqueletos?
– La policía no ha dicho nada.
El corazón de Alice se aceleró.
– ¿Estaba ahí la policía cuando Brayling se los dijo? -preguntó.
– Estaban aquí en parte por Shelagh -empezó a decir él, pero se interrumpió-. Me estaba preguntando, Alice, si no habrás tenido alguna noticia suya desde que te marchaste.
– Nada en absoluto desde el lunes. Ayer intenté hablar con ella varias veces, pero no me ha devuelto ninguna de las llamadas. ¿Por qué lo dices?
Alice se puso de pie casi sin darse cuenta, mientras esperaba la respuesta de Stephen.
– Es como si se hubiera esfumado -dijo él finalmente-. Brayling parece inclinarse por una interpretación siniestra del caso. Sospecha que ha robado algo del yacimiento.
– Shelagh nunca haría nada semejante -exclamó ella-. Ni remotamente. No es el tipo de…
Pero mientras hablaba, le volvió a la mente la imagen de la cara de Shelagh, pálida y desfigurada por la ira. Aunque le pareció una deslealtad, de pronto sintió que ya no le tenía tanta confianza.
– ¿También lo cree la policía? -preguntó.
– No lo sé. Todo es un poco raro -contestó él vagamente-. Uno de los policías que estuvieron en el yacimiento el lunes ha muerto atropellado en Foix por un conductor que después se dio a la fuga -prosiguió-. Venía en el periódico. Parece ser que Shelagh y él se conocían.
Alice se desplomó en la cama.
– Perdona, Steve, pero todo esto me está resultando difícil de asimilar. ¿Alguien la está buscando? ¿Alguien está haciendo algo?
– Hay una cosa -respondió él con voz vacilante-. Lo haría yo mismo, pero vuelvo a casa mañana, a primera hora. No tiene sentido quedarse más tiempo.
– ¿Qué es?
– Antes del comienzo de la excavación, sé que Shelagh pasó unos días en casa de unos amigos, en Chartres. He pensado que quizá ha vuelto con ellos y simplemente se le ha olvidado decirlo.
A Alice le pareció poco verosímil, pero era mejor que nada.
– He llamado a ese teléfono. El chico que respondió dijo que no conocía a Shelagh, pero estoy seguro de que era el número que ella me dio. Lo tenía grabado en mi móvil.
Alice buscó lápiz y papel.
– Dámelo. Yo también lo intentaré -dijo, mientras se disponía a escribir.
En cuanto oyó el número la mano se le heló.
– Lo siento Steven. -Su voz sonaba a hueco, como si hablara desde una enorme distancia-. ¿Podrías repetírmelo?
– Es el 02 68 72 31 26 -dijo él-. ¿Me avisarás si averiguas alguna cosa?
Era el número que le había dado Biau.
– Déjalo en mis manos -dijo ella, casi sin darse cuenta de lo que estaba diciendo-. Estaremos en contacto.
Alice sabía que hubiese debido llamar a Noubel para poner en su conocimiento el falso robo y su encuentro con Biau, pero dudaba. No estaba segura de poder confiar en él, que no había hecho nada para frenar a Authié.
Buscó en su mochila y sacó un mapa de carreteras de Francia. «Es una locura. Son por lo menos ocho horas al volante.»
Algo se removía en el fondo de su mente. Repasó las notas que había tomado en la biblioteca.
Entre la montaña de palabras dedicadas a la catedral de Chartres, había visto una alusión marginal al Santo Grial. Allí también había un laberinto. Alice encontró el párrafo que estaba buscando. Volvió a leerlo un par de veces para estar segura de que no lo había entendido mal. Entonces apartó de un tirón la silla que había debajo del escritorio y se sentó, con el libro de Audric Baillard abierto por la página señalada.
Otros lo consideran el lugar definitivo de reposo del Grial. Se ha dicho que los cátaros eran los guardianes del cáliz de Cristo…
El tesoro de los cátaros había sido sustraído de Montségur. ¿Y llevado al pico de Soularac? Alice consultó el mapa que había al comienzo del libro. De Montségur a los montes Sabarthès no había mucha distancia. ¿Estaría escondido allí el tesoro?
«¿Cuál es la conexión entre Chartres y Carcasona?»
Oyó a lo lejos los primeros rugidos de la tormenta. La habitación estaba bañada por una extraña luz naranja, producida por el reflejo de las farolas de la calle en la cara inferior de las nubes del cielo nocturno. Se había levantado un viento que hacía batir las persianas y formaba remolinos de basura en los aparcamientos.
Mientras Alice cerraba las cortinas, empezaron a caer los primeros goterones de lluvia, que estallaban como manchas de tinta negra en el alféizar de la ventana. Hubiese querido salir de inmediato, pero era tarde y no quería arriesgarse a conducir en medio de la tormenta.
Cerró con llave y pasador la puerta y las ventanas, puso el despertador y se metió en la cama sin desvestirse, a esperar que llegara la mañana.
Al principio, todo era como siempre, familiar y apacible. Estaba flotando en el blanco mundo ingrávido, transparente y silencioso. Después, como al abrirse de un golpe seco la trampilla del suelo del cadalso, sintió una repentina sacudida y cayó a través del cielo abierto hacia una ladera boscosa que subía rápidamente a su encuentro.
Sabía dónde estaba. En Montségur, a comienzos del verano.
Empezó a correr en cuanto sus pies tocaron el suelo, trastabillando por un empinado y agreste sendero de montaña, entre dos hileras de árboles muy altos. Sus frondosas copas lo dominaban todo con su altura y se cernían sobre ella. Intentó agarrarse a las ramas para ralentizar su avance, pero sus manos las atravesaron. Se le pegaron a los dedos montoncitos de hojas diminutas, como pelos en un cepillo, que le pintaron de verde las yemas.
El sendero descendía bajo sus pies. Alice se dio cuenta de que el crujido de la grava y la piedra había reemplazado a la tierra blanda, el musgo y la hierba del tramo superior. Pero, aun así, no se oía ningún ruido. No había aves cantando, ni voces llamando, ni nada más que su propia respiración agitada.
El sendero viraba y se enroscaba sobre sí mismo, lanzándola primero en una dirección y luego en otra, hasta que dobló un recodo y vio el silencioso muro de llamas que bloqueaba el camino más adelante. Levantó las manos para protegerse la cara de las llamas, que rugían y resoplaban azotando y agitando el aire, como juncos bajo la superficie de un río.
Después, el sueño empezó a cambiar. Esta vez, en lugar de la multitud de rostros que cobraban forma entre las llamas, hubo uno solo, el de una joven de expresión amable pero firme, que tendía la mano y cogía el libro de manos de Alice.
Estaba cantando, con una voz que era un hilillo de plata. «Bona nuèit, bona nuèit.»
Esta vez, no hubo dedos fríos que la agarraran de los tobillos ni la amarraran al suelo. El fuego ya no la llamaba. Ahora subía en espiral por el aire como un penacho de humo, con los delgados y fuertes brazos de la mujer rodeándola en un estrecho abrazo. Estaba a salvo.
Braves amics, pica mièja nuèit.
Alice sonrió mientras las dos ascendían más y más hacia la luz, dejando el mundo muy lejos, allá abajo.
CAPÍTULO 44
Carcassona
Julhet 1209
Alaïs se levantó temprano, tras despertarse con el ruido de las sierras y los martillos en la plaza de armas. Miró por la ventana y vio las galerías de madera y los entablados que estaban levantando sobre las murallas de piedra del Château Comtal.
El impresionante esqueleto de madera estaba cobrando forma rápidamente. Como una pasarela cubierta tendida a través del cielo, ofrecía la perfecta posición privilegiada desde la cual los arqueros podrían hacer caer una lluvia de proyectiles sobre el enemigo, en la improbable eventualidad de que las murallas de la Cité no pudieran resistir su avance.
Se vistió rápidamente y corrió a la plaza. En la forja rugía el fuego. Los martillos cantaban sobre los yunques, modelando las armas y aguzando su filo. Los trabajadores de las murallas se gritaban unos a otros, en secos y breves estallidos, mientras otros preparaban las hachas, las cuerdas y los contrapesos de las peireiras, las catapultas más grandes.