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De pie junto a las cuadras, Alaïs vio a Guilhelm. El corazón le dio un vuelco. «Mírame.» Él no se volvió ni alzó la vista. Alaïs levantó la mano para llamar su atención, pero se arrepintió y la dejó caer. No pensaba humillarse suplicando su afecto si él no estaba dispuesto a dárselo.

Las industriosas escenas del interior del Château Comtal encontraban eco en la Cité, donde habían apilado piedras desde las Corbières hasta la plaza central, listas para las ballestas y las catapultas. Un acre hedor a orina emanaba de la curtiduría, donde estaban preparando pieles de animales para proteger del fuego las galerías. Una continua procesión de carros entraba por la puerta de Narbona, llevando comida para abastecer la Cité: carne de La Piège y el Lauragais, vino del Carcassès, cebada y trigo de las llanuras, y alubias y lentejas de las huertas de Sant Miquel y Sant-Vicens.

Una sensación de determinación y orgullo impregnaba toda la actividad. Sólo las nubes de aciago humo negro sobre el río y las ciénagas del norte, donde el vizconde Trencavel había ordenado que se quemaran los molinos y se destruyeran las cosechas, recordaban el carácter real e inminente de la amenaza.

Alaïs esperó a Sajhë en el lugar acordado. Su mente bullía de preguntas que deseaba hacerle a Esclarmonda, interrogantes que iban y venían en su cabeza, primero uno y después otro, como pajarillos sobre un río. Cuando finalmente llegó Sajhë, Alaïs casi no podía hablar por la expectación.

Lo siguió a través de calles sin nombre hasta el suburbio de Sant Miquel, donde se detuvieron ante una puerta baja que daba a las murallas exteriores. El ruido de los excavadores abriendo zanjas para impedir que el enemigo se acercara e intentara socavar las murallas era estruendoso. Sajhë tenía que gritar para hacerse oír.

– La menina os espera dentro -dijo, con una expresión repentinamente solemne.

– ¿Tú no entras?

– Me ha dicho que os acompañara y que luego regresara al castillo, a buscar al senescal Pelletier.

– Lo encontrarás en la plaza de armas -le informó ella.

– Bien -dijo el chico, que había vuelto a sonreír-. Hasta luego.

Alaïs empujó la puerta y llamó a Esclarmonda, ansiosa por verla, pero en seguida se detuvo. En la penumbra, distinguió una segunda figura, sentada en una silla en un rincón de la habitación.

– Pasa, pasa -dijo Esclarmonda, con una sonrisa que se traslucía en su voz-. Creo que ya conoces a Simeón.

Alaïs estaba asombrada.

– ¿Simeón? ¿Tan pronto? -exclamó con deleite, corriendo hacia él y cogiendo sus manos-. ¿Qué hay de nuevo? ¿Cuándo llegasteis a Carcassona? ¿Dónde os alojáis?

Simeón dejó escapar una larga y sonora carcajada.

– ¡Cuántas preguntas! ¡Cuánta prisa por saberlo todo en seguida! Bertran me ha contado que, de niña, no parabas de preguntar.

Alaïs reconoció con una sonrisa la veracidad de lo dicho. Se acomodó sobre el banco que había junto a la mesa y aceptó la copa de vino que le ofrecía Esclarmonda, mientras escuchaba el resto de la conversación de Simeón con la sabia mujer. Entre ellos ya parecía haberse establecido un vínculo, una facilidad de trato.

Hábil narrador, Simeón estaba entretejiendo historias de su vida en Chartres y Béziers con sus recuerdos de Tierra Santa. El tiempo pasó casi sin darse cuenta, oyéndolo hablar de las colinas de Judea en primavera y las llanuras de Sefal, cubiertas de lirios, azucenas azules y amarillas y almendros color rosa, que se extendían como una alfombra hasta los confines del mundo. Alaïs escuchaba extasiada.

Las sombras se alargaron y la atmósfera fue cambiando sin que Alaïs lo advirtiera. De pronto fue consciente de un nervioso aleteo en el estómago, un adelanto de lo que iba a suceder. Se preguntó si era así como Guilhelm y su padre se sentirían en vísperas de una batalla, con esa sensación de que el tiempo pendía de un hilo.

Miró a Esclarmonda, que tenía las manos recogidas sobre el regazo y la expresión serena. Su actitud era compuesta y tranquila.

– Estoy segura de que mi padre vendrá en seguida -dijo Alaïs, sintiéndose responsable de su persistente ausencia-. Me dio su palabra.

– Lo sabemos -replicó Simeón, dándole un par de golpecitos en la mano. Tenía la piel reseca como el pergamino.

– No creo que podamos esperar mucho tiempo más -terció Esclarmonda, contemplando la puerta, que seguía obstinadamente cerrada-. Los dueños de la casa volverán en cualquier momento.

Alaïs sorprendió un intercambio de miradas entre ellos. Incapaz de seguir soportando la tensión, se decidió a hablar.

– Ayer no respondiste a mi pregunta, Esclarmonda. -La asombró la firmeza de su propia voz-. ¿Tú también eres guardiana? ¿Tienes en tu poder el libro que mi padre está buscando?

Por un instante, sus palabras parecieron quedar flotando en el aire entre ellos, sin nadie que las reclamara para sí. Después, para sorpresa de Alaïs, Simeón se echó a reír.

– ¿Cuánto te ha contado tu padre acerca de la Noublesso ? -preguntó, con un destello de luz en los ojos negros.

– Me ha dicho que siempre hay cinco guardianes, juramentados para proteger los libros de la Trilogía del Laberinto -respondió ella con arrojo.

– ¿Y te ha explicado por qué son cinco?

Alaïs sacudió la cabeza.

– El Navigatairé, el jefe, cuenta siempre con la ayuda de cuatro iniciados. Juntos representan los cinco puntos del cuerpo humano y el poder del número cinco. Cada guardián es escogido por su fortaleza, su determinación y su lealtad. No importa que sea cristiano, sarraceno o judío. Lo importante no es la sangre, la cuna o la raza, sino el espíritu y el coraje. Así, se incorpora también la naturaleza del secreto que hemos jurado proteger, que pertenece a todas las confesiones y a ninguna. -Sonrió-. La Noublesso de los Seres existe desde hace más de dos mil años (aunque no siempre con el mismo nombre), para custodiar el secreto y protegerlo. A veces hemos ocultado nuestra presencia; otras, la hemos proclamado abiertamente.

Alaïs se volvió hacia Esclarmonda.

– Mi padre es reacio a aceptar tu identidad. No puede creer que seas una guardiana.

– Porque contradice sus expectativas.

– Bertran siempre ha sido así -rió Simeón.

– Jamás había imaginado que el quinto guardián pudiera ser una mujer -repuso Alaïs, saliendo en defensa de su padre.

– No habría sido tan raro en épocas pasadas -dijo Simeón-. Egipto, Asiría, Roma, Babilonia, otras antiguas culturas de las que habrás oído hablar sentían más respeto por la condición femenina que estos oscuros tiempos nuestros.

Alaïs estuvo pensando un momento.

– ¿Creéis que Harif está en lo cierto al considerar que los libros estarán más seguros en las montañas?

Simeón hizo un amplio gesto con las manos.

– No nos corresponde a nosotros buscar la verdad, ni cuestionar lo que será o no será. Nuestra labor consiste simplemente en custodiar los libros y protegerlos de todo daño, para que estén listos cuando sea necesario.

– Por eso Harif decidió que fuera tu padre quien los transportara, y no nosotros -prosiguió Esclarmonda-. Por su posición, es el mejor messatgièr. Tiene acceso a hombres y caballos, y puede viajar con más libertad que cualquiera de nosotros.

Alaïs titubeó. No quería ser desleal a su padre.

– Le cuesta dejar al vizconde. Se siente desgarrado entre sus viejos compromisos y sus nuevas fidelidades.

– Todos padecemos esos conflictos -replicó Simeón-. Todos nos hemos encontrado ante la disyuntiva de tener que elegir el mejor camino para nosotros. Bertran ha sido afortunado, porque ha vivido mucho tiempo sin tener que tomar esa decisión. -Cogió la mano de la joven entre las suyas-. Pero ya no puede retrasarla más, Alaïs. Debes animarlo a asumir su responsabilidad. Carcassona no ha caído hasta ahora, pero eso no significa que no vaya a caer.

Alaïs sentía sus miradas sobre ella. Se incorporó y se acercó al fuego. De pronto, a medida que una idea cobraba forma en su mente, se le aceleró el corazón.

– ¿Está permitido que otra persona actúe en su nombre? -dijo en tono neutro.

Esclarmonda lo comprendió.

– No creo que tu padre lo permitiera. Eres demasiado valiosa para él.

Alaïs se volvió para encararse con ellos.

– Antes de su partida a Montpelhièr, él mismo me consideró a la altura de la tarea. En la práctica, ya me ha dado su autorización.

Simeón asintió con la cabeza.

– Es cierto, pero la situación cambia diariamente. A medida que los franceses se aproximan a las fronteras de los dominios del vizconde Trencavel, los caminos se vuelven cada vez más peligrosos, como yo mismo he podido comprobar. Dentro de poco, cualquier viaje será arriesgado.

Alaïs se mantuvo firme.

– Pero yo viajaré en sentido contrario -dijo ella, desplazando la mirada de uno a otro-. Y no habéis respondido a mi pregunta. Si las tradiciones de la Noublesso no impiden que alivie de esta carga los hombros de mi padre, me ofrezco para servir en su lugar. Soy perfectamente capaz de cuidarme sola. Soy buena amazona, y hábil con el arco y la espada. Nadie sospechará jamás que yo…

Simeón levantó una mano.

– Malinterpretas nuestra vacilación, niña mía. No pongo en duda tu osadía ni tu valor.

– Entonces dadme vuestra bendición.

Simeón suspiró y se volvió hacia Esclarmonda.

– ¿Qué dices tú, hermana? En el supuesto de que Bertran esté de acuerdo, naturalmente.

– Te lo ruego, Esclarmonda -suplicó Alaïs-. Habla en mi favor. Conozco a mi padre.

– No puedo prometer nada -dijo finalmente-, pero no argumentaré en tu contra.

Alaïs dejó que una sonrisa se abriera paso en su rostro.

– Sin embargo, deberás respetar su decisión -prosiguió Esclarmonda-. Si no te da su permiso, tendrás que aceptarlo.

«No puede negarse. No lo dejaré.»

– Lo obedeceré, desde luego -replicó ella.