Jeanne guardó un silencio pensativo, con las manos recogidas sobre el regazo y las piernas cruzadas por los tobillos.
– ¿Qué sucederá ahora? -preguntó por fin.
– Una vez abierta la cueva, es sólo cuestión de tiempo, Jeanne -respondió él-. Yo no soy el único que está al corriente de esto.
– Pero en los montes Sabarthès los nazis excavaron durante la guerra -replicó ella-. Los cazadores nazis del Grial conocían los rumores de que el tesoro de los cátaros estaba sepultado en algún lugar de las montañas. Dedicaron años a excavar en todos y cada uno de los sitios de posible interés esotérico. Si esa cueva es tan importante, ¿cómo es posible que no la descubrieran hace más de sesenta años?
– Nos aseguramos de que no lo hicieran.
– ¿Tú estabas ahí? -dijo ella, con un agudo tono de sorpresa.
Baillard sonrió.
– Hay conflictos dentro de la Noublesso Véritable -repuso él, eludiendo la pregunta-. La cabeza de la organización es una mujer llamada Marie-Cécile de l’Oradore. Cree en el Grial y está dispuesta a recuperarlo. -Hizo una pausa-. Sin embargo, hay otra persona dentro de la organización. -Su rostro se volvió sombrío-. Sus motivos son diferentes.
– Tienes que hablar con el inspector Noubel -dijo Jeanne enérgicamente.
– Pero ¿qué pasará si él también trabaja para ellos? El riesgo es demasiado alto.
El agudo sonido del silbato desgarró el silencio. Los dos se volvieron en dirección al tren, que entraba en la estación con un chirrido de frenos. La conversación había llegado a su fin.
– No quiero dejarte solo, Audric.
– Lo sé -dijo él, cogiendo su mano para ayudarla a subir al tren-. Pero así es como debe terminar esto.
– ¿Terminar?
Jeanne bajó la ventana para tenderle la mano.
– Por favor, cuídate. No te prodigues en exceso.
A lo largo de todo el andén, las pesadas puertas se cerraron de golpe y el tren se alejó, primero lentamente y después cada vez más rápido, hasta desaparecer entre los pliegues de las montañas.
CAPÍTULO 53
Shelagh podía sentir que había alguien en la habitación con ella. Le costó levantar la vista. Se encontraba mal. Tenía la boca seca y sentía un golpeteo monótono en la cabeza, como el zumbido monocorde de una instalación de aire acondicionado. No podía moverse. Le llevó unos segundos comprender que estaba sentada en una silla, con los brazos atados detrás de la espalda y los tobillos amarrados a las patas de madera.
Notó un leve movimiento, el crujido de las tablas del suelo cuando alguien cambió de posición.
– ¿Quién está ahí?
Tenía las palmas húmedas por el miedo. Una gota de sudor le llegó a la base de la espalda. Shelagh se obligó a abrir los ojos, pero tampoco pudo ver nada. Presa del pánico, sacudió la cabeza y parpadeó, intentando ver algo, hasta que se percató de que habían vuelto a ponerle la capucha. Olía a tierra y a moho.
¿Estaría todavía en la granja? Recordó la aguja, la sorpresa de la repentina inyección. Había sido el mismo hombre que le llevaba la comida. Seguramente alguien vendría y la salvaría. ¿O no?
– ¿Quién está ahí?
No hubo respuesta, aunque sentía la proximidad de alguien. Notaba el aire denso, y con olor a loción de afeitar y tabaco.
– ¿Qué quieren?
Se abrió la puerta. Pasos. Shelagh percibió el cambio en el ambiente. El instinto de conservación entró en juego y, durante un momento, la hizo debatirse salvajemente para intentar soltarse. La cuerda no hizo más que tensarse, ejerciendo más presión sobre sus hombros, que empezaron a dolerle.
La puerta se cerró con un siniestro y pesado golpe seco.
Shelagh se quedó inmóvil. Por un momento, se hizo el silencio, y después oyó el sonido de alguien que caminaba hacia ella, acercándose más y más. Shelagh se encogió en su silla. La persona se detuvo justo delante de ella. Shelagh sintió que todo su cuerpo se contraía, como si miles de cables diminutos estuvieran tirando de su piel. Como un animal andando en círculos en torno a su presa, quien acababa de llegar rodeó un par de veces su silla y finalmente le apoyó las manos sobre los hombros.
– ¿Quién es usted? ¡Por favor, al menos quíteme esta capucha!
– Es preciso que tengamos otra conversación, doctora O’Donnell.
Una voz que conocía, fría e incisiva, la atravesó como un cuchillo. Comprendió que lo había estado esperando a él, que era él la persona a quien temía.
De pronto, el hombre empujó violentamente la silla.
Shelagh gritó, mientras se desplomaba de espaldas, incapaz de detener la caída. No llegó a golpear el suelo. Él la detuvo a escasos centímetros del pavimento, de tal manera que quedó prácticamente acostada, con la cabeza inclinada hacia atrás y los pies suspendidos en el aire.
– No está en condiciones de pedir nada, doctora O’Donnell.
La mantuvo en la misma posición durante unos instantes que a ella le parecieron horas. Después, súbitamente y sin previo aviso, volvió a colocar bien la silla. El cuello de Shelagh salió impelido hacia adelante con la fuerza del movimiento. Empezaba a sentirse desorientada, como una niña en el juego de la gallina ciega.
– ¿Para quién trabaja, doctora O’Donnell?
– No puedo respirar -susurró ella.
Él no hizo caso de sus palabras. Shelagh oyó que el hombre chasqueaba los dedos y que alguien le colocaba delante una segunda silla. Se sentó y arrastró a Shelagh hacia sí, de modo que sus rodillas quedaron apretadas contra los muslos de ella.
– Volvamos a la tarde del lunes. ¿Por qué dejó que su amiga fuera a esa parte de la excavación?
– Alice no tiene nada que ver con esto -exclamó ella-. Yo no la envié a trabajar allí. Fue por su propia iniciativa. Yo ni siquiera lo sabía. No fue más que un error. Ella no sabe nada.
– Entonces dígame qué sabe usted, Shelagh.
Su nombre en boca de él sonó como una amenaza.
– ¡No sé nada! -gritó ella-. Le dije todo lo que sabía el lunes, lo juro.
El golpe salió de la nada, abatiéndose sobre su mejilla derecha y echando hacia atrás su cabeza. Shelagh sintió el sabor de la sangre en la boca, resbalándole por la lengua y el fondo de la garganta.
– ¿Cogió su amiga el anillo? -preguntó él con voz neutra.
– No, no. Juro que no lo hizo.
El hombre insistió.
– ¿Quién entonces? ¿Usted? Estuvo el tiempo suficiente con los esqueletos. La doctora Tanner me lo dijo.
– ¿Para qué iba yo a cogerlo? No tiene ningún valor para mí.
– ¿Por qué está tan segura de que la doctora Tanner no se lo llevó?
– No lo haría. Sencillamente, es algo que ella no haría -exclamó-. Entraron muchas personas más. Hubiese podido llevárselo cualquiera: el doctor Brayling, los policías…
Shelagh se interrumpió bruscamente.
– Como usted dice, los policías -intervino él, mientras ella contenía el aliento-. Cualquiera pudo haber cogido el anillo. Yves Biau, por ejemplo.
Shelagh se quedó helada. Podía oír el ir y venir de la respiración de él, serena y sin apresuramiento. El hombre sabía.
– El anillo no estaba allí.
Su interrogador dejó escapar un suspiro.
– ¿Biau le entregó el anillo a usted? ¿Para que se lo diera a su amiga?
– No sé de qué me está hablando -logró decir ella.
El hombre volvió a golpearla, pero esta vez con el puño cerrado, y no con la palma de la mano. La sangre manó de su nariz y chorreó hasta la barbilla.
– Lo que no entiendo -prosiguió él, como si nada hubiera sucedido -es por qué Biau no le dio también el libro, doctora O’Donnell.
– Él no me dio nada -dijo ella, sofocándose.
– El doctor Brayling dice que usted se marchó de la casa del yacimiento el lunes por la noche, con una maleta.
– Miente.
– ¿Para quién trabaja usted? -preguntó él, en tono de suave amabilidad-. Esto terminará. Si su amiga no está implicada, no hay ninguna razón para que sufra ningún daño.
– No lo está -gimió ella-. Alice no sabe…
Shelagh se encogió cuándo él apoyó la mano sobre su cuello, acariciándoselo primero en una parodia de afecto, y apretando después, cada vez más con más fuerza, hasta que ella sintió su mano como un collar de hierro que se estrechaba en torno a su garganta. Shelagh se agitaba de lado a lado, intentando coger aire, pero él era demasiado fuerte
– ¿Biau y usted trabajaban juntos?
En el preciso instante en que ella notó que empezaba a perder la conciencia, él aflojó la presión. Lo sintió manipulando los botones de su camisa, desabrochándoselos uno a uno.
– ¿Qué está haciendo? -murmuró ella y a continuación se encogió, al sentir su tacto frío y clínico sobre su piel.
– Nadie la está buscando. -Se oyó un chasquido y Shelagh olió el combustible de un mechero-. No vendrá nadie.
– Por favor, no me haga daño…
– ¿Biau y usted trabajaban juntos?
Ella asintió con la cabeza.
– ¿Para madame De l’Oradore?
Volvió a asentir.
– Su hijo -consiguió decir-. François-Baptiste. Sólo hablaba con él…
Podía sentir la llama cerca de su piel.
– ¿Qué hay del libro?
– No he podido encontrarlo. Tampoco Yves.
Sintió que él reaccionaba y retiraba la mano.
– Entonces, ¿por qué Biau fue a Foix? ¿Sabe que fue al hotel de la doctora Tanner?
Shelagh intentó negar con la cabeza, pero el gesto le produjo una nueva oleada de dolor que la hizo estremecer.
– Le dio algo.
– No fue el libro -consiguió decir ella.
Antes de poder formular entre jadeos el resto de la frase, se abrió la puerta y se oyeron unas voces amortiguadas en el pasillo, seguidas de la combinación de loción de afeitar y sudor.
– ¿Cómo se suponía que debía hacerle llegar usted el libro a madame De l’Oradore?
– François-Baptiste. -Le hacía daño hablar-. Teníamos que reunirnos en el pico de… Me había dado un teléfono para que llamara.