Se encogió al sentir la mano de él sobre su pecho.
– Por favor, no…
– ¿Ve cuánto más fácil resulta todo cuando colabora? Ahora, dentro de un momento, hará esa llamada para mí.
Shelagh intentó negarse, sacudiendo la cabeza, presa del pánico.
– Si se enteran de que se lo he contado, me matarán.
– Y yo la mataré a usted y a la señorita Tanner si no hace lo que le digo -repuso él serenamente-. Usted elige.
Shelagh no tenía manera de saber si él tenía a Alice en su poder. Si estaba a salvo o también la tenía allí.
– Espera que lo llame en cuanto tenga ese libro, ¿verdad?
Ya no tenía coraje para mentir. Asintió.
– Están más interesados en un disco pequeño, del tamaño del anillo, que en el propio anillo.
Con horror, Shelagh se dio cuenta de que le había contado lo único que él no sabía.
– ¿Para qué sirve ese disco? -preguntó.
– No lo sé.
Shelagh se oyó gritar a sí misma, mientras la llama le lamía la piel.
– ¿Para… qué… es? -repitió él, sin el menor rastro de emoción en la voz. Ella estaba aterrorizada. Había un olor terrible a carne quemada, dulce y enfermizo.
Ella ya no podía distinguir una palabra de otra, mientras el dolor empezaba a dominarla. Se estaba yendo, caía. Sintió que su cuello cedía.
– La estamos perdiendo. Quítele la capucha.
Tiraron de la tela, que se enganchó en los cortes y las heridas abiertas.
– Encaja dentro del anillo… -Su voz sonaba como si estuviera hablando bajo el agua-. Como una llave. Para el laberinto…
– ¿Quién más lo sabe? -le gritó él, pero ella sabía que él ya no podía alcanzarla. La barbilla le cayó sobre el pecho. Echó atrás la cabeza. Tenía uno de los ojos cerrados por la hinchazón, pero el otro tembló y se abrió. Lo único que pudo ver fue una masa de rostros borrosos, entrando y saliendo de su campo de visión.
– Ella no se da cuenta…
– ¿Quién? -dijo él-. ¿Madame De l’Oradore? ¿Jeanne Giraud?
– Alice -murmuró ella.
CAPÍTULO 54
Alice llegó a Chartres a media tarde. Encontró un hotel, después compró un plano y se fue directamente a la dirección que le habían dado en el teléfono de información. Se quedó mirando sorprendida la elegante casa señorial, con su aldaba y su buzón de bronce relucientes, sus plantas en las elegantes jardineras de las ventanas y los grandes tiestos a cada lado de la escalera de entrada. Alice no podía imaginar que Shelagh se alojara allí.
«¿Qué demonios vas a decir si sale alguien a abrir?»
Tras hacer una profunda inspiración, Alice subió los peldaños y llamó al timbre. No hubo respuesta. Esperó, dio un paso atrás, levantó la vista hacia las ventanas y lo intentó de nuevo. Marcó el número de teléfono. Al cabo de unos segundos, oyó que sonaba dentro de la casa.
Al menos, era el sitio que buscaba.
Fue un anticlímax, pero a decir verdad, también un alivio. El enfrentamiento, si era eso lo que iba a venir, podía esperar.
La plaza delante de la catedral estaba atestada de turistas aferrando sus cámaras y de guías turísticos que enarbolaban banderas o paraguas de colores vistosos. Disciplinados alemanes, aprensivos ingleses, glamurosos italianos, silenciosos japoneses y entusiastas norteamericanos. Todos los niños parecían aburridos.
En algún momento de su largo viaje por carretera hacia el norte, había dejado de pensar que iba a obtener información del laberinto de Chartres. La conexión con la cueva del pico de Soularac, con Grace y con ella misma era obvia, demasiado obvia. Parte de su conciencia intuía que era un montaje, una pista falsa.
Aun así, Alice compró una entrada para la visita guiada en inglés, que iba a empezar fuera de la catedral al cabo de cinco minutos. La guía era una mujer eficiente, de mediana edad, de porte altanero y voz cortante.
– Desde el punto de vista actual, las catedrales son estructuras grises y colosales, consagradas a la devoción y la fe. Sin embargo, en la época medieval eran multicolores, como los santuarios hinduistas de la India o Tailandia. Las figuras y paneles que adornaban los grandes pórticos, en Chartres y otros templos, estaban policromados -dijo la guía, levantando el paraguas para señalar el exterior-. Si se fijan bien, verán restos de pintura rosa, azul o amarilla adheridos a las grietas de las figuras.
Alrededor de Alice, todos asentían obedientemente.
– En 1194 -prosiguió la mujer-, un incendio destruyó la mayor parte de la ciudad de Chartres, así como la propia catedral. Al principio se dio por perdida la reliquia más sagrada del templo, la sancta camisia, que según se decía era el camisón que llevaba puesto María cuando dio a luz a Cristo. Pero al cabo de tres días, la reliquia fue hallada en la cripta, donde la habían escondido unos monjes. El hallazgo se interpretó como un milagro, como signo de que era preciso reconstruir la catedral. El edificio actual data de 1194 y fue consagrado en 1260, con el nombre de iglesia catedral de la Asunción de Nuestra Señora, la primera catedral de Francia consagrada a la Virgen María.
Alice escuchaba a medias, hasta que llegaron a la fachada norte y la guía les señaló la fantasmagórica procesión de reyes y reinas del Antiguo Testamento labrada sobre el pórtico. La joven experimentó entonces un estremecimiento de nerviosa exaltación.
– Es la única representación significativa del Antiguo Testamento que hay en la catedral -dijo la guía, haciéndoles un gesto para que se acercaran un poco más-. En esta columna hay un relieve que, según opinan muchos, representa al Arca de la Alianza sacada de Jerusalén por Menelik, hijo de Salomón y de la reina de Saba, pese a que los historiadores aseguran que la figura de Menelik no llegó a conocerse en Europa hasta el siglo xv. Y aquí -prosiguió, bajando un poco el brazo- hay otro enigma. Aquellos de ustedes que tengan buena vista distinguirán quizá la inscripción en latín: hic amititur archa cederis. -Miró a su alrededor y sonrió con arrogancia-. Los estudiosos de latín que haya entre ustedes se habrán percatado de que la inscripción no significa nada. Algunas guías traducen archa cederis como «Trabajarás por el arca», y la inscripción completa como «Aquí las cosas siguen su curso; trabajarás por el arca». Sin embargo, si cederis se considera una corrupción de foederis, tal como han sugerido algunos comentaristas, entonces la inscripción podría traducirse como «Aquí fue depositada el Arca de la Alianza».
La guía miró a todo el grupo a su alrededor.
– Este pórtico -prosiguió- es uno de los diversos elementos que han motivado la gran cantidad de mitos y leyendas surgidos en torno a la catedral. Contra lo que es habitual, los nombres de los maestros constructores de la catedral de Chartres son desconocidos. Es probable que por alguna razón no se llevaran registros y los nombres simplemente hayan caído en el olvido. Sin embargo, algunas personas de imaginación más viva, por así decirlo, interpretan de otro modo la ausencia de información. Según el más persistente de los rumores, la catedral fue construida por descendientes de los Caballeros Pobres de Cristo y del Templo de Salomón, los caballeros Templarios, como un libro codificado en piedra, un gigantesco puzzle que sólo los iniciados podían descifrar. Muchos creen que bajo el laberinto yacen los huesos de María Magdalena o incluso el Santo Grial.
– ¿Alguien lo ha investigado? -preguntó Alice, lamentando sus palabras en el momento mismo en que abandonaron sus labios. Miradas de desaprobación se concentraron sobre ella como faros.
La guía arqueó las cejas.
– Desde luego. En más de una ocasión. Pero a la mayoría de ustedes no les sorprenderá saber que nadie ha encontrado nada. Otro mito. -Hizo una pausa-. ¿Pasamos al interior?
Sintiéndose extraña, Alice siguió al grupo hasta el pórtico oeste y se puso a la cola para entrar en la catedral. De inmediato, todos bajaron la voz, cuando el característico olor a piedra e incienso obró su magia. En las capillas laterales y junto a la entrada principal, las hileras de cirios resplandecían en la penumbra.
Alice había esperado alguna especie de reacción, alguna visión del pasado como las que había experimentado en Toulouse y Carcasona; pero no sintió nada, y al cabo de un rato se serenó y empezó a disfrutar de la visita. Por su investigación, sabía que la catedral de Chartres poseía uno de los mejores conjuntos de vidrieras del mundo, pero no estaba preparada para la resplandeciente brillantez de aquellas obras. Un caleidoscopio de vibrantes colores inundaba la catedral, con representaciones de escenas bíblicas y de la vida cotidiana. La impresionaron el rosetón, la vidriera azul de la Virgen y la vidriera de Noé, con el diluvio y los animales entrando de dos en dos en el arca. Mientras recorría el templo, Alice intentó imaginar cómo habría sido cuando las paredes estaban cubiertas de frescos y ornamentadas con ricos tapices, paños orientales y gallardetes de seda bordados en oro. Para los ojos medievales, el contraste entre el esplendor del templo de Dios y el mundo exterior debía de ser abrumador, quizá la prueba de la gloria del Señor en la Tierra.
– Y finalmente -dijo la guía-, llegamos al pavimento donde puede verse el famoso laberinto de once circuitos. Finalizado en 1200, es el mayor de Europa. La pieza central original desapareció hace mucho tiempo, pero el resto está intacto. Para los cristianos de la Edad Media, el laberinto era la oportunidad de emprender un peregrinaje espiritual, en sustitución del auténtico viaje a Jerusalén. De ahí que los laberintos sobre pavimento, a diferencia de los que pueden verse en los muros de las iglesias y catedrales, reciban a menudo el nombre de chemin de Jérusalem, es decir, camino o senda de Jerusalén. Los peregrinos transitaban por los circuitos hacia el centro, algunos en repetidas ocasiones, como símbolo de una creciente comprensión o proximidad a Dios. A menudo los penitentes efectuaban el recorrido de rodillas, a veces a lo largo de varios días.