Ella titubeó.
– Es un laberinto.
– Entonces, ¿por eso has venido a Chartres? ¿Para visitar la catedral?
– En realidad no es… -empezó ella, pero en seguida se interrumpió, cautelosa-. Bueno, sí, en parte he venido por eso, pero sobre todo porque espero localizar a una amiga. Shelagh. Hay cierta… posibilidad de que esté en Chartres.
Alice sacó de la mochila la hoja de papel con la dirección garabateada y se la pasó a Will a través de la mesa.
– He pasado antes por allí -prosiguió-, pero no había nadie. Así que decidí hacer un poco de turismo y volver dentro de una hora, más o menos.
Alice observó con asombro que Will había palidecido. Parecía haberse quedado sin habla.
– ¿Estás bien? -le preguntó.
– ¿Por qué crees que tu amiga podría estar ahí? -dijo Will con voz débil.
– No lo sé con certeza -repuso ella, intrigada por el cambio que se había producido en él.
– ¿Es la amiga que habías ido a visitar a la excavación?
Ella asintió.
– ¿Y ella también ha visto el dibujo del laberinto? ¿Como tú?
– Supongo que sí, aunque no lo mencionó. Parecía obsesionada con algo que yo había encontrado y que…
Alice se interrumpió, al ver que repentinamente Will se levantaba de la silla.
– ¿Qué haces? -exclamó ella, intimidada por la expresión de su cara mientras la cogía de la mano.
– Ven conmigo. Hay algo que tienes que ver.
– ¿Adonde vamos? -preguntó ella una vez más, apresurándose para seguirle el paso.
Entonces doblaron la esquina y Alice se dio cuenta de que estaban en el otro extremo de la Rue du Cheval Blanc. Will se acercó a la casa a grandes zancadas y subió corriendo los peldaños de la puerta delantera.
– ¿Te has vuelto loco? ¿Y si hubiera alguien dentro?
– No hay nadie.
– Pero ¿cómo lo sabes?
Alice se quedó mirando estupefacta al pie de los escalones, mientras Will sacaba unas llaves del bolsillo y abría la puerta.
– Date prisa. Entra antes de que alguien nos vea.
– ¡Tienes la llave! -exclamó ella, incrédula-. ¿Te importaría empezar a contarme qué demonios está pasando aquí?
Will retrocedió escaleras abajo y la agarró de la mano.
– Aquí hay una versión de tu laberinto -dijo con voz sibilante-. ¿Lo entiendes? ¿Vas a venir ahora?
«¿Y si fuera otra trampa?»
Después de todo lo sucedido, tenía que estar loca para seguirlo. El riesgo era excesivo. Ni siquiera había nadie que supiera que ella estaba allí. Pero la curiosidad pudo con su sentido común. Alice levantó la vista hacia el rostro de Will, expectante y a la vez angustiado.
Decidió darle otra oportunidad y confiar en él.
CAPÍTULO 55
Alice se encontró en un amplio vestíbulo, más parecido al de un museo que al de una casa particular. Will fue directamente hacia el tapiz suspendido frente a la puerta delantera y lo apartó de la pared.
– ¿Qué estás haciendo?
Corrió tras él y vio un diminuto picaporte de bronce disimulado entre los paneles de madera. Will lo sacudió, lo empujó y lo hizo girar con frustración.
– ¡Maldición! Está cerrada por dentro.
– ¿Es una puerta?
– Exacto.
– ¿Y el laberinto que viste está ahí detrás?
Will asintió.
– Hay que bajar un tramo de escalera y seguir por un pasillo bastante largo que conduce hasta una especie de cámara extraña. Hay signos egipcios en las paredes y una tumba con el dibujo de un laberinto, igual al que tú has descrito, labrado encima. Ahora bien… -se interrumpió-. Lo que ha aparecido en el periódico, el hecho de que tu amiga tuviera esta dirección…
– Estás haciendo demasiadas suposiciones, sin suficiente base -dijo ella.
Will dejó caer la esquina del tapiz y se dirigió a grandes pasos al extremo opuesto del vestíbulo. Tras un instante de vacilación, Alice lo siguió.
– ¿Qué estás haciendo? -susurró cuando Will abrió la puerta.
Entrar en la biblioteca fue como retroceder en el tiempo. Era una sala formal, con el aire de un club inglés para hombres. Las persianas parcialmente cerradas proyectaban rayas de luz amarilla, que se alineaban sobre la alfombra como franjas en un paño dorado. Había un aire de permanencia, una atmósfera de antigüedad y lustre.
Las estanterías ocupaban tres lados de la estancia, del suelo al techo, con escalerillas corredizas que permitían acceder a los estantes más altos. Will sabía exactamente adonde iba. Había una sección dedicada a obras sobre Chartres, con libros de fotografías junto a ensayos más rigurosos sobre la arquitectura y la historia social.
Volviéndose angustiosamente hacia la puerta, con el corazón desbocado, Alice vio que Will sacaba un libro con el escudo de la familia grabado en la tapa y lo llevaba a la mesa. Mirando por encima de su hombro, lo vio pasar rápidamente las páginas. Ante sus ojos desfilaron láminas de colores en papel satinado, viejos mapas de Chartres y reproducciones de dibujos a lápiz y a tinta, hasta que Will llegó a la sección que buscaba.
– ¿Qué es esto?
– Un libro sobre la casa De l’Oradore. Esta casa -dijo-. La familia vive aquí desde hace cientos de años, desde que fue construida. Hay planos arquitectónicos y proyecciones verticales de cada planta de la casa.
Will pasó página a página, hasta encontrar lo que quería.
– Aquí está -dijo, volviendo el libro, para que ella lo viera bien-. ¿Es esto?
Alice se quedó sin aliento.
– ¡Dios mío! -susurró.
Era la reproducción exacta de su laberinto.
El ruido de la puerta delantera cerrándose de golpe los sobresaltó.
– ¡Will, la puerta! ¡La hemos dejado abierta!
Podía distinguir voces amortiguadas en el vestíbulo. Un hombre y una mujer.
– Vienen hacia aquí -susurró ella.
Will le puso el libro entre las manos.
– ¡Rápido! -bisbiseó, mientras señalaba el gran sofá de tres plazas que había bajo la ventana-. Deja que yo me encargue de esto.
Alice cogió su mochila, corrió hacia el sofá y se escurrió por el hueco entre el respaldo y la pared. Había un olor penetrante a cuero agrietado y humo rancio de cigarro, y el polvo le hacía cosquillas en la nariz. Oyó que Will cerraba con un chasquido la puerta de la estantería y que se situaba en el centro de la sala, justo cuando la puerta de la biblioteca se abría con un chirrido.
– Qu’est-ce que vous foutez ici?
Una voz de hombre joven. Inclinando un poco la cabeza, Alice logró verlos a los dos reflejados en las puertas de cristal de las librerías. Era un chico alto, más o menos como Will, pero más anguloso. Tenía el pelo negro y rizado, frente amplia y nariz aristocrática. Alice frunció el ceño. Le recordaba a alguien.
– ¡François-Baptiste! ¿Qué tal? -dijo Will. Incluso para Alice, su saludo sonó falsamente animado.
– ¿Qué demonios está haciendo aquí? -repitió el otro en inglés.
Will le enseñó la revista que había cogido de la mesa.
– He venido a buscar algo para leer.
François-Baptiste echó una mirada al título y dejó escapar una risita.
– No parece tu estilo.
– Te sorprenderías.
El chico se adelantó un poco hacia Will.
– No durarás mucho más -dijo en voz baja y amarga-. Se aburrirá de ti y te echará a patadas, como a todos los demás. Ni siquiera sabías que iba a salir de la ciudad, ¿no?
– Lo que pase entre ella y yo no es asunto tuyo, de modo que si no te importa…
François-Baptiste se plantó delante de él.
– ¿Qué prisa tienes?
– No me provoques, François-Baptiste, te lo advierto.
François-Baptiste apoyó la mano en el pecho de Will para impedirte el paso.
Will apartó el brazo del chico de un manotazo.
– ¡No me toques!
– ¿Cómo piensas impedirlo?
– Ça suffit! ¡Ya basta! -exclamó una voz femenina.
Los dos hombres se volvieron. Alice estiró el cuello para ver mejor, pero la mujer no había entrado lo suficiente en la habitación.
– ¿Qué está pasando aquí? -preguntó-. ¡Peleando como niños! ¿François-Baptiste? ¿William?
– Rien, maman. Je lui demandais…
Will se quedó mirando boquiabierto, hasta que finalmente comprendió quién había llegado con François-Baptiste.
– Marie-Cécile, no tenía idea… -tartamudeó-. No te esperaba tan pronto.
La mujer se adentró un poco más en la estancia y Alice pudo ver claramente su cara.
«No puede ser.»
Esta vez iba vestida un poco más formalmente que cuando Alice la había visto por última vez, con una falda ocre a la altura de la rodilla y una chaqueta a juego, y llevaba el pelo suelto, enmarcándole la cara, en lugar de recogido con un pañuelo.
Pero no había confusión posible. Era la misma mujer que Alice había visto a la puerta del hotel de la Cité, en Carcasona. Era Marie-Cécile de l’Oradore.
Desvió la vista de la madre al hijo. El parecido familiar era considerable. El mismo perfil, el mismo aire imperioso. Ahora comprendía los celos de François-Baptiste y el antagonismo entre él y Will.
– Pero en realidad la pregunta de mi hijo tiene sentido -estaba diciendo Marie-Cécile-. ¿Qué haces tú aquí?
– Estaba… Vine a buscar algo distinto para leer. Me sentía… me sentía solo sin ti.
Alice se encogió. La explicación no sonaba ni remotamente convincente.
– ¿Solo? -repitió ella como un eco-. Tu cara no dice lo mismo, Will.
Marie-Cécile se inclinó hacia adelante y besó a Will en los labios. Alice sintió que la turbación impregnaba el ambiente. El gesto había sido incómodamente íntimo. Podía ver que Will tenía los puños apretados.
«No quiere que yo vea esto.»
La idea, desconcertante como era, entró y salió de su mente en el tiempo de un parpadeo.