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– Will -prosiguió ella, en un tono un poco más perentorio-, mi mochila. Todas mis cosas están ahí dentro. Todas mis notas.

– Sí, claro -dijo él de inmediato-. Lo siento. Iré a buscarla. Te la llevaré. -Intentó concentrarse-. ¿Dónde te alojas?

– En el hotel Petit Monarque. En la Place des Épars.

– De acuerdo -dijo él, mientras subía corriendo la escalera-. Estaré allí en media hora.

Will se quedó mirándola hasta que se perdió de vista y entonces volvió a entrar en la casa. Se veía luz debajo de la puerta del estudio.

De pronto, la puerta de éste se abrió. Will saltó hacia atrás, y se ocultó entre la puerta y la pared, para que no lo vieran. François-Baptiste salió y fue hacia la cocina. Will oyó el movimiento de la puerta de vaivén, que se abría y se cerraba, y nada más.

Después, se puso a espiar a Marie-Cécile por una rendija de la puerta. Estaba sentada delante de su mesa de escritorio, mirando algo, un objeto que refulgía y emitía destellos de luz cuando ella se movía.

Will olvidó lo que había ido a hacer; vio que Marie-Cécile se ponía de pie y descolgaba uno de los cuadros que había en la pared, detrás de ella. Era su preferido. Se lo había explicado a Will con todos sus detalles en los primeros tiempos de su relación. Era un lienzo dorado con pinceladas de brillantes colores, que representaba a los soldados franceses contemplando las columnas derribadas y los palacios en ruinas del antiguo Egipto. Contemplando las arenas del tiempo – 1798, recordó. Así se llamaba.

Detrás de donde había estado colgado el cuadro, había una pequeña puerta metálica montada en la pared, con un teclado numérico al lado. Marie-Cécile marcó seis números. Se oyó un chasquido y la puerta se abrió. De la caja fuerte, sacó dos paquetes negros, que depositó con infinito cuidado sobre el escritorio. Will ajustó su posición, ansioso por ver lo que había dentro.

Estaba tan absorto que no oyó los pasos acercándose por detrás.

– No te muevas.

– François-Baptiste, yo…

Will sintió el frío cañón de una pistola oprimiéndole el costado.

– Y pon las manos donde pueda verlas.

Intentó darse la vuelta, pero François-Baptiste lo cogió por el cuello y le aplastó la cara contra la pared.

– Qu’est-ce qui se passe? -preguntó Marie-Cécile.

François-Baptiste apretó un poco más el arma.

– Je m’en occupe -replicó. Ya me ocupo yo.

Alice volvió a mirar el reloj.

«No viene.»

Estaba de pie en la recepción de hotel, mirando fijamente las puertas de cristal, como si fuera capaz de materializar la figura de Will a partir del aire. Había transcurrido casi una hora desde que salieron de la Rué du Cheval Blanc. No sabía qué hacer. Tenía la cartera, el teléfono y las llaves del coche en el bolsillo de la cazadora. Todo lo demás estaba en su mochila.

«Olvídalo. Vete de aquí.»

Cuanto más esperaba, más dudaba de los motivos de Will. Le parecía sospechoso que hubiese aparecido como salido de la nada. Alice repasó mentalmente la secuencia de acontecimientos.

¿De verdad había sido una coincidencia que se toparan de aquella manera? Ella no le había dicho a nadie adonde pensaba ir.

«¿Cómo podía saberlo él?»

A las ocho y media, Alice decidió que ya no podía esperar más. Explicó en recepción que no iba a necesitar más la habitación, dejó una nota para Will con su número de teléfono por si se presentaba, y se marchó.

Arrojó la cazadora en el asiento delantero del coche y entonces reparó en el sobre que asomaba del bolsillo. Era la carta que le habían dado en el hotel y que había olvidado por completo. La sacó del bolsillo y la dejó en el salpicadero, para leerla cuando parara a repostar.

Cayó la noche mientras viajaba hacia el sur. Los faros delanteros de los coches que se cruzaban con el suyo la deslumbraban. Árboles y matorrales saltaban como fantasmas desde la oscuridad. Orleans, Poitiers, Burdeos… Los carteles pasaban como otros tantos destellos.

Acurrucada en su propio mundo, hora tras hora, Alice se hacía una y otra vez las mismas preguntas. Y cada vez encontraba respuestas diferentes.

¿Por qué lo habría hecho él? Para obtener información. Ciertamente, les había dado toda la que tenía. Todas sus notas, sus dibujos, la fotografía de Grace y Baillard…

«Te prometió enseñarte la cámara del laberinto.»

No había visto nada. Solamente un dibujo en un libro. Alice sacudió la cabeza. No quería creerlo.

¿Por qué la había ayudado a escapar? Porque ya había conseguido lo que quería, o mejor dicho, lo que quería madame De l’Oradore.

«Para que ellos puedan seguirte.»

CAPÍTULO 56

Carcassona

Agost 1209

Los franceses atacaron Sant-Vicens al alba del lunes 3 de agosto. Alaïs trepó por las escalas de la torre del Mayor para reunirse con su padre y mirar desde las almenas. Buscó a Guilhelm entre la multitud, pero no logró distinguirlo.

Por encima del ruido de las espadas y los gritos de batalla de los soldados que tomaban por asalto las bajas murallas defensivas, distinguía el sonido de unos cánticos, que bajaban flotando a la llanura desde el monte Graveta.

¡Veni creator spiritus

Mentes tuorum visita!

– Los clérigos -dijo Alaïs horrorizada- cantan a Dios a la vez que vienen a matarnos.

El suburbio empezó a arder. Mientras el humo ascendía en espiral por el aire, al pie de las murallas bajas la gente y los animales se dispersaban en todas direcciones, presas del pánico.

Gruesos cabos con ganchos eran lanzados sobre el parapeto, sin dar tiempo a que los defensores los cortaran. Docenas de escalas eran arrojadas sobre los muros. La guarnición las apartaba a puntapiés o les prendía fuego, pero algunas se mantenían en su sitio. La tropa francesa de a pie proliferaba como las hormigas. Cuantos más soldados caían, más aparecían.

A ambos lados al pie de las fortificaciones se amontonaba los heridos y los muertos, como pilas de leña. Cada hora que pasaba, eran más las pérdidas.

Los cruzados trajeron una catapulta sobre ruedas, la situaron y comenzaron el bombardeo de los baluartes. Los impactos, despiadados e implacables, sacudían Sant-Vicens hasta los cimientos, entre una tormenta de flechas y otros proyectiles que llovían del cielo.

Los muros empezaron a desmoronarse.

– ¡Lo han conseguido! -gritó Alaïs-. ¡Están derribando las defensas!

El vizconde Trencavel y sus hombres estaban preparados. Blandiendo hachas y espadas, cargaron de dos en dos y de tres en tres contra los asaltantes. Los impresionantes cascos de los caballos de guerra lo aplastaban todo a su paso, y sus pesadas herraduras reventaban cráneos como cáscaras de nuez y destrozaban miembros, reduciéndolos a masas sanguinolentas de piel y huesos. Calle a calle, el combate se fue extendiendo por todo el suburbio, acercándose cada vez más al recinto de la Cité. Alaïs veía una masa de aterrorizados civiles inundando el paso de la puerta de Rodez hacia la ciudadela, con la esperanza de escapar a la violencia de la batalla. Eran viejos, enfermos, mujeres y niños, porque todos los hombres aptos para el combate estaban armados y luchaban junto a los soldados de la guarnición. Casi todos caían donde estaban, pues sus mazos no podían rivalizar con las espadas de los cruzados.

Los defensores lucharon con bravura, pero el enemigo los centuplicaba en número. Como una marea que se abatiera sobre la costa, los cruzados cayeron sobre las murallas abriendo brechas y derribando tramos enteros de fortificaciones.

Trencavel y sus chavalièrs lucharon denodadamente para conservar el control del río, pero en vano. El vizconde ordenó la retirada.

Cuando aún resonaba el eco de los gritos triunfales de los franceses, los pesados paños de la puerta de Rodez se abrieron para que los supervivientes pudieran entrar en la Cité. Mientras el vizconde Trencavel marchaba delante de la fila que formaban por las calles sus soldados derrotados, de regreso al Château Comtal, Alaïs contemplaba con horror, desde lo alto, la escena de devastación y destrucción a sus pies. Había visto la muerte muchas veces, pero nunca a tan gran escala. Se sentía contaminada por la realidad de la guerra, por la insensata pérdida que suponía.

También se sentía defraudada. Acababa de comprender que los cantares de gesta que tanto la habían entusiasmado en su infancia eran mentira. En la guerra no había nobleza. Sólo sufrimiento.

Alaïs bajó de las almenas a la plaza de armas y allí, rezando por ver a Guilhelm, se reunió con las otras mujeres que esperaban junto a la puerta.

«Haz que regrese sano y salvo.»

Por fin se oyó un ruido de cascos sobre el puente. Alaïs lo vio en seguida y su espíritu echó a volar. Traía la cara y la armadura manchadas de sangre y ceniza, y sus ojos reflejaban la ferocidad de la batalla, pero estaba indemne.

– Vuestro esposo ha luchado valerosamente, dòmna Alaïs -le dijo el vizconde Trencavel, al reconocerla entre la multitud-. Ha segado muchas vidas y ha salvado muchas más. Hemos de agradecer su habilidad y su coraje.

Alaïs se sonrojó.

– Decidme -prosiguió el vizconde-, ¿dónde está vuestro padre?

La joven señaló la esquina noroccidental de la plaza de armas.

– Vimos la batalla desde las almenas, messer.

Guilhelm acababa de desmontar y le había entregado las riendas a su escudero.

Alaïs se le acercó tímidamente, sin saber cuál sería su acogida.

– Messer.

Él cogió su pálida mano y se la llevó a los labios.

– Han herido a Tièrry -dijo con voz sombría-. Ya lo traen. Está muy mal.

– Cuánto lo siento, messer.