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Atravesó corriendo la iglesia con la cabeza cubierta por la capucha, abrió la pesada puerta y de inmediato fue absorbida por la marea de desdichados que iban y venían sin rumbo por la plaza. La enfermedad que se había llevado a su padre se estaba extendiendo velozmente. Los callejones estaban atestados de osamentas medio podridas: ovejas, cabras e incluso bueyes, con los cuerpos hinchados desprendiendo gases nauseabundos en el aire fétido.

Alaïs se sorprendió dirigiéndose hacia la casa de Esclarmonda. No había razón alguna para esperar encontrarla allí esta vez, después de tantos intentos fallidos los días anteriores, pero no se le ocurría ningún otro sitio adonde ir.

La mayoría de las casas del quartièr meridional, entre ellas la de Esclarmonda, tenían las ventanas cerradas y clausuradas con tablones. Alaïs llamó a la puerta.

– ¿Esclarmonda?

Volvió a llamar. Probó el picaporte, pero la puerta estaba atrancada.

– ¿Sajhë?

Esta vez oyó algo, el sonido de unos pies corriendo y de un cerrojo que se abría.

– ¿Dòmna Alaïs?

– ¡Sajhë, gracias a Dios! ¡Rápido, déjame entrar!

La puerta se abrió sólo lo suficiente para permitir que ella se deslizara dentro.

– ¿Dónde has estado? -preguntó al chico, abrazándolo con fuerza-. ¿Qué ha pasado? ¿Dónde está Esclarmonda?

Alaïs sintió la pequeña mano de Sajhë deslizándose en la suya.

– Venid conmigo.

La condujo al otro lado de la cortina, a la estancia del fondo de la casa. En el suelo se abría una trampilla.

– ¿Has estado aquí todo el tiempo? -le preguntó ella. Bajando la vista hacia la oscuridad, vio que había un calelh ardiendo al pie de la escalerilla-. ¿En el sótano? ¿Ha vuelto mi hermana…?

– No ha sido ella -repuso él con voz temblorosa-. ¡Daos prisa, dòmna!

Alaïs fue la primera en bajar. Sajhë quitó la barra de sujeción y la trampilla se cerró con un golpe sobre sus cabezas. Bajó la escalerilla tras ella, saltando los últimos peldaños hasta el suelo de tierra.

– Por aquí.

La condujo por un túnel húmedo, hasta un recinto excavado en el subsuelo, y después levantó la lámpara para que Alaïs pudiera ver a Esclarmonda, que yacía inmóvil sobre una pila de pieles y mantas.

– ¡No! -exclamó Alaïs, corriendo a su lado.

Tenía la cabeza vendada. Alaïs levantó una esquina del vendaje y se tapó la boca con la mano. El ojo izquierdo de Esclarmonda estaba rojo, completamente cubierto por una película de sangre. Una compresa limpia cubría la herida, pero alrededor de la órbita aplastada, la piel estaba separada en colgajos sueltos.

– ¿Puedes hacer algo por ella? -preguntó Sajhë.

Alaïs levantó la manta y se le encogió el estómago. Vio una serie de violentas quemaduras rojas a lo largo del pecho de Esclarmonda, con la piel amarilla y negra en los puntos donde había estado en contacto con la llama.

– Esclarmonda -susurró Alaïs, inclinándose sobre ella-, ¿me oyes? Soy yo, Alaïs. ¿Quién te ha hecho esto?

Creyó ver movimiento en el rostro de su amiga, cuyos labios se estremecieron levemente. Alaïs se volvió hacia Sajhë.

– ¿Cómo has hecho para traerla hasta aquí?

– Gastón y su hermano me ayudaron.

Alaïs se volvió una vez más hacia la brutalizada figura que yacía en la cama.

– ¿Qué le ha sucedido, Sajhë?

El chico sacudió la cabeza.

– ¿No te ha dicho nada?

– Ella… -Por primera vez, el dominio del muchacho flaqueó-. No puede hablar… Su lengua…

Alaïs palideció.

– ¡No! -balbuceó horrorizada, pero luego reafirmó la voz-. Entonces cuéntamelo tú -añadió suavemente.

Por el bien de Esclarmonda, los dos tenían que ser fuertes.

– Cuando nos enteramos de la caída de Besièrs, la menina se inquietó, porque pensó que el senescal Pelletier cambiaría de idea y no os dejaría llevarle la Trilogía a Harif.

– Y así fue -dijo sombríamente Alaïs.

– La menina sabía que intentaríais persuadirlo, pero pensó que Simeón era la única persona a la que el senescal prestaría oídos. Yo no quería que fuera -gimió-, pero aun así ella fue a la judería. La seguí, y como no quería que me viera, me quedé un poco rezagado y la perdí de vista en el bosque. Me asusté. Esperé hasta el amanecer, pero después, imaginando lo que diría si regresaba y se daba cuenta de que la había desobedecido, volví a casa. Fue entonces cuando…

Se interrumpió, con sus ojos color ámbar ardiendo en la palidez de su rostro.

– En seguida supe que era ella. Se había desmayado delante de las puertas de la ciudad. Tenía los pies sangrando, como si hubiese andado un largo trecho. -Sajhë levantó la vista y miró a Alaïs-. Hubiese querido ir a buscaros, dòmna, pero no me atreví. Con la ayuda de Gastón la bajamos hasta aquí. Intenté recordar lo que habría hecho ella, los ungüentos que habría usado. -Se encogió de hombros-. Lo hice lo mejor que pude.

– Lo has hecho magníficamente bien -repuso Alaïs con firmeza-. Esclarmonda debe de estar muy orgullosa de ti.

Un movimiento en la cama atrajo su atención. Ambos se volvieron de inmediato.

– Esclarmonda -susurró Alaïs-, ¿puedes oírme? Los dos estamos aquí. Estás a salvo.

– Está intentando decir algo.

Alaïs observó que movía las manos con urgencia.

– Creo que está pidiendo tinta y pergamino -dijo.

Con la ayuda de Sajhë, Esclarmonda consiguió escribir algo.

– Creo que ha escrito «François» -dijo Alaïs, frunciendo el ceño.

– ¿Qué significa?

– No lo sé. Tal vez que él nos puede ayudar -repuso ella-. Escucha, Sajhë, tengo malas noticias. Estoy casi segura de que Simeón ha muerto. Mi padre… mi padre también ha muerto.

Sajhë la cogió de la mano, con un gesto tan delicado que hizo que a ella se le llenaran los ojos de lágrimas.

– Lo siento -dijo el chico.

Alaïs se mordió los labios para no llorar.

– Así que por mi padre, y también por Simeón y Esclarmonda, debo mantener mi palabra e ir en busca de Harif. Tengo… -La voz volvió a fallarle-. Lamentablemente, sólo tengo el Libro de las palabras. El de Simeón ha desaparecido.

– Pero el senescal Pelletier te lo dio a ti.

– Se lo ha llevado mi hermana. Mi marido la dejó entrar en mi habitación -prosiguió-. Él… le ha entregado su corazón. Ya no puedo confiar en él, Sajhë. Por eso no puedo regresar al castillo. Ahora que mi padre ha muerto, ya no hay nada que pueda detenerlos.

Sajhë miró a su abuela y después otra vez a Alaïs.

– ¿Vivirá? -dijo en voz baja.

– Sus heridas son graves, Sajhë. Ha perdido la vista del ojo izquierdo, pero… no hay infección. Su espíritu es fuerte. Se recuperará, si ella así lo decide.

El chico hizo un gesto afirmativo y de pronto pareció mucho mayor que sus once años.

– Pero con tu permiso, Sajhë, yo me llevaré el libro de Esclarmonda.

Por un instante, pareció como si por fin las lágrimas fueran a ganarle la partida al muchacho.

– Ese libro también se ha perdido -dijo finalmente.

– ¡No! -exclamó Alaïs-. ¿Cómo?

– Las personas que la han… se lo quitaron -respondió-. La menina lo llevaba consigo cuando partió hacia la judería. La vi sacarlo del escondite.

– ¡Un solo libro! -dijo Alaïs, al borde del llanto-. Entonces estamos perdidos. Todo ha sido en vano.

Durante los cinco días siguientes, llevaron una extraña vida.

Alaïs y Sajhë se turnaban para salir a la calle al amparo de las sombras de la noche. En seguida comprendieron que no había modo de salir de Carcasona sin ser vistos. El asedio era ineludible. Había un guardia en cada poterna, en cada puerta y al pie de cada torre, un sólido anillo de hombres y acero en torno a las murallas. Día y noche, la maquinaria del asedio bombardeaba las fortificaciones de tal manera que los habitantes de la Cité ya no distinguían entre el ruido de los proyectiles y el eco que de ellos conservaban en sus cabezas.

Era un alivio volver a las galerías frías y húmedas del subsuelo, donde el tiempo parecía congelado y donde no había día ni noche.

CAPÍTULO 61

Guilhelm estaba de pie, a la sombra del gran olmo, en medio de la plaza de armas.

Enviado por el abad de Cîteaux, el conde de Auxerre se había acercado a caballo hasta la puerta de Narbona y había propuesto una reunión para parlamentar. Ante tan sorpresiva proposición, el vizconde Trencavel había recuperado su natural optimismo, lo cual se evidenciaba en su cara y en su porte, mientras se dirigía a los integrantes de su noble casa. Parte de su esperanza y de su fortaleza se transmitían a quienes lo escuchaban.

Las razones del repentino cambio de actitud del abad eran motivo de debate. Los progresos de los cruzados eran escasos, pero sólo llevaban poco más de una semana de asedio y eso no era nada. ¿Importaban los motivos del abad? El vizconde opinaba que no.

Guilhelm prácticamente no escuchaba. Estaba enredado en la maraña que él mismo se había fabricado y de la cual no veía la salida, ni por la razón ni por la fuerza. Vivía al borde del abismo. Alaïs llevaba cinco días desaparecida. Guilhelm había enviado discretos exploradores a buscarla por la Cité y había registrado de arriba abajo el Château Comtal, sin encontrar el lugar donde Oriane la tenía cautiva. Estaba aprisionado en la telaraña de su propia traición. Había advertido demasiado tarde lo bien que Oriane había preparado el terreno. Si no hacía todo cuanto ella le ordenaba, lo denunciaría como traidor y Alaïs sufriría las consecuencias.

– Así pues, amigos míos -estaba terminando de decir Trencavel-, ¿quién me acompañará a parlamentar?