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Junto a ella estaba Guilhelm, que se había quedado dormido sobre la hierba.

¡Era tan verde el mundo y tan azul el cielo!

Se despertó sobresaltada y se encontró en la húmeda penumbra de los túneles. Sajhë estaba de pie a su lado.

– ¡Tenéis que despertaros, dòmna!

Alaïs logró incorporarse y sentarse.

– ¿Qué pasa? ¿Cómo está Esclarmonda?

– El vizconde Trencavel ha sido hecho prisionero.

– ¿Prisionero? -se sorprendió ella diciendo-. ¿Cómo? ¿Por quién?

– Dicen que ha sido a traición. Dicen que los franceses lo llevaron con engaños a su campamento y lo redujeron por la fuerza. Otros afirman que se entregó por su propia voluntad, para salvar la Ciutat , y que…

Sajhë se interrumpió. Incluso en la semioscuridad, Alaïs vio que al chico se le encendían las mejillas.

– ¿Y qué más?

– Dicen que dòmna Oriane y el chavalièr Du Mas estaban con el vizconde. -Vaciló un momento-. Tampoco ellos han regresado.

Alaïs se puso de pie. Miró a Esclarmonda, que estaba durmiendo plácidamente.

– Está descansando. Estará bien aunque nos marchemos un momento. Ven. Tenemos que averiguar lo que ha sucedido

Corrieron rápidamente por el túnel y treparon por la escalerilla. Alaïs abrió de un golpe la trampilla e izó a Sajhë tras ella.

Fuera, las calles estaban atestadas, llenas de una muchedumbre asustada que se movía sin rumbo en todas direcciones.

– ¿Puede decirme qué está pasando? -le gritó Alaïs a un hombre que pasó corriendo.

El hombre sacudió la cabeza y prosiguió su carrera. Sajhë cogió a Alaïs de la mano y la arrastró hasta una casita del otro lado de la calle.

– Gastón lo sabrá.

Alaïs lo siguió. Gastón y su hermano Pons se levantaron de sus asientos cuando ellos entraron.

– Dòmna!

– ¿Es verdad que el vizconde ha sido capturado? -preguntó ella.

Gastón asintió con la cabeza.

– Ayer por la mañana el conde de Auxerre vino a proponer un encuentro entre el vizconde Trencavel y el conde de Nevers, en presencia del abad. El vizconde acudió acompañado de una pequeña comitiva, entre ellos vuestra hermana. En cuanto a lo sucedido después de eso, dòmna Alaïs, nadie lo sabe. O bien nuestro señor Trencavel se entregó por propia voluntad a cambio de nuestra libertad, o bien fue traicionado.

– No ha regresado nadie -añadió Pons.

– En cualquier caso, no habrá lucha -prosiguió Gastón serenamente-. La guarnición se ha rendido. Los franceses ya han tomado posesión de las principales puertas y torres.

– ¿Qué? -exclamó Alaïs, mirando con incredulidad una a una todas las caras-. ¿Cuáles son los términos de la rendición?

– Que todos los ciudadanos, ya sean cátaros, judíos o católicos, puedan abandonar Carcassona sin temer por sus vidas, llevándose únicamente lo puesto.

– ¿No habrá interrogatorios? ¿Ni hogueras?

– Parece ser que no. Toda la población será deportada, pero no nos harán daño.

Alaïs se hundió en una silla, antes de que le fallaran las piernas.

– ¿Y qué será de dòmna Agnès?

– Ella y el joven príncipe quedarán bajo la custodia del conde de Foix, siempre que ella renuncie a todo derecho de sucesión en nombre de su hijo. -Gastón se aclaró la garganta-. Siento mucho la pérdida de vuestro marido y de vuestra hermana, dòmna Alaïs.

– ¿Alguien sabe qué suerte han corrido nuestros hombres?

Pons sacudió la cabeza.

– ¿Será una estratagema? ¿Qué creéis? -dijo ella en tono valeroso.

– No hay modo de saberlo, dòmna. Sólo cuando comience el éxodo se verá si los franceses cumplen con su palabra -contestó éste.

– Tendremos que salir todos por la misma puerta, la puerta de Aude, al oeste de la Cité, cuando las campanas toquen al anochecer -añadió Gastón.

– Entonces todo ha terminado -dijo ella, casi en un susurro-. La Ciutat ha caído.

«Por lo menos mi padre no vivió para ver al vizconde en manos de los franceses.»

– Esclarmonda mejora día a día, pero aún está débil. ¿Podría abusar un poco más de tu bondad, Gastón, y pedirte que la saques de la Ciutat ? -Hizo una pausa-. Por razones que no me atrevo a confiarte, por tu bien y por el de Esclarmonda, sería aconsejable que viajásemos separados.

Gastón hizo un gesto afirmativo.

– ¿Teméis que los que le infligieron esas heridas terribles aún la estén buscando?

Alaïs lo miró sorprendida.

– Pues sí -admitió.

– Será un honor ayudaros, dòmna Alaïs -dijo el hombre ruborizándose-. Vuestro padre… Era un hombre justo.

Ella asintió con la cabeza.

– Sí que lo era.

Mientras los rayos moribundos del sol poniente pintaban los muros exteriores del Château Comtal con una fiera luz anaranjada, la plaza de armas, los pasillos y la Gran Sala estaban en silencio. Todo estaba abandonado, vacío.

En la puerta de Aude, una muchedumbre asustada y confusa estaba siendo conducida en masa, con cada individuo empeñado desesperadamente en no perder de vista a sus seres queridos, sin reparar en las muecas despectivas de los soldados franceses, que los contemplaban como si fueran menos que humanos. Las manos de los militares estaban apoyadas en las empuñaduras de las espadas, como esperando únicamente una excusa.

Alaïs confiaba en que su disfraz fuera lo bastante bueno. Caminaba con dificultad, calzada con botas masculinas demasiado grandes para ella, intentando no quedar demasiado rezagada respecto al hombre que marchaba delante. Se había vendado el pecho para aplastárselo y también para ocultar el libro y la copia sobre pergamino. Con calzas, jubón y un sombrero corriente de paja, tenía el aspecto de cualquier muchacho. Llevaba guijarros en la boca para alterar la forma de su cara y se había frotado con barro el pelo, para ocultar su color, después de cortárselo.

La columna avanzaba. Alaïs mantenía la vista baja por temor a cruzar su mirada con la de alguien que pudiera reconocerla y delatarla. En las proximidades de la puerta, la columna se estiraba hasta convertirse en una fila cuyos integrantes marchaban de uno en uno. Había cuatro cruzados de guardia, de expresión áspera y rencorosa. Estaban parando a la gente, obligándola a quitarse la ropa para demostrar que no llevaban nada disimulado debajo.

Alaïs vio que los guardias habían parado la litera de Esclarmonda. Con un pañuelo apretado contra la nariz, Gastón les estaba explicando que su madre estaba muy enferma. Uno de los guardias descorrió la cortina y de inmediato retrocedió. Alaïs reprimió una sonrisa. Había metido carne podrida en una vejiga de cerdo y la había cosido a unas vendas sanguinolentas que le había puesto a Esclarmonda en el tobillo.

El guardia les hizo señas para que continuaran.

Sajhë iba algo más atrás, viajando en compañía del sènher Couza, su mujer y sus seis hijos, que se le parecían por el color de la tez. También le había frotado polvo en el pelo, para oscurecérselo. Lo único que no podía disimularle eran los ojos, por lo que el chico tenía instrucciones estrictas de no levantar la vista si podía evitarlo.

La fila siguió avanzando. «Es mi turno.» Habían acordado que Alaïs fingiría no entender si alguien se dirigía a ella.

– Tu! Païsan. Que est ce que tu portes?

Ella siguió andando con la cabeza gacha, resistiendo la tentación de tocarse el vendaje que le rodeaba el cuerpo.

– Eh, tu!

La lanza surcó el aire y Alaïs se preparó para recibir un golpe que finalmente no recibió. En lugar de eso, la niña que marchaba delante de ella cayó derribada. Entre el polvo del suelo, buscó con manos nerviosas su sombrero, mientras levantaba la cara asustada hacia su acusador.

– Un can.

– ¿Qué dice? -masculló el guardia-. No le entiendo nada.

– Un perro. Tiene un cachorro.

Antes de que nadie se diera cuenta de lo que estaba pasando, el soldado le había arrebatado el perro de los brazos y lo había atravesado con la lanza. La sangre salpicó el vestido de la niña.

– Allez! Vite.

La pequeña estaba demasiado conmocionada como para moverse. Alaïs la ayudó a ponerse de pie y la animó a seguir avanzando, guiándola a través de la puerta y resistiendo al impulso de volverse para ver cómo estaba Sajhë. En poco tiempo estuvo fuera.

«Ahora los veré.»

Sobre la colina que dominaba la puerta, estaban los barones franceses. No eran los jefes, que según suponía Alaïs estarían esperando al final de la evacuación para hacer su entrada en Carcasona, sino diversos caballeros que lucían los colores de Borgoña, Nevers y Chartres.

Al final de la fila, junto al sendero, había un hombre alto y delgado a lomos de un espléndido garañón gris. A pesar del largo verano meridional, su tez conservaba aún un blanco lechoso. Junto a él estaba François y, al lado de éste, Alaïs reconoció el familiar vestido rojo de Oriane.

Pero Guilhelm no estaba con ellos.

«Sigue andando con la mirada fija en el suelo.»

Estaba tan cerca que podía percibir el olor a cuero de las sillas y las riendas de los caballos. La mirada de Oriane parecía quemarla.

Un anciano de ojos tristes y apesadumbrados le dio un golpecito en el hombro. Necesitaba ayuda para no caer por la pronunciada pendiente. Alaïs le ofreció su brazo. Era el golpe de suerte que necesitaba. Con todo el aspecto de ser un nieto con su abuelo, pasó directamente bajo los ojos de Oriane sin ser reconocida.