El camino parecía interminable. Finalmente, llegaron a una zona sombreada, al pie de la cuesta, donde el terreno se nivelaba y empezaban los bosques y las ciénagas. Tras acompañar al anciano hasta verlo reunido con su hijo y su nuera, Alaïs se separó del grupo principal y se escabulló entre los árboles.
En cuanto se perdió de vista, la joven escupió los guijarros que tenía en la boca. Tenía las encías secas y doloridas. Se frotó las mandíbulas, intentando aliviar la molestia. Se quitó el sombrero y se pasó los dedos por la áspera cabellera. Tenía el pelo como paja mojada. Le pinchaba y le molestaba en la nuca.
Un grito en la puerta atrajo su atención.
«No, por favor. Que no sea él.»
Un soldado tenía agarrado a Sajhë por la parte trasera del cuello. Alaïs podía ver al muchacho pataleando en el aire, tratando de soltarse. Tenía algo en las manos. Un cofre pequeño.
A la joven se le heló el corazón. No podía arriesgarse a retroceder, por lo que se veía completamente impotente. Na Couza intentó discutir con el soldado, que le propinó un golpe en la cabeza, derribándola al suelo. Sajhë aprovechó la ocasión para soltarse y escabullirse, corriendo a toda prisa cuesta abajo, mientras el sènher Couza ayudaba a su mujer a incorporarse.
Alaïs contuvo la respiración. Por un momento pareció que todo iba a salir bien. El soldado había perdido todo interés. Pero entonces Alaïs oyó unos gritos de mujer. Era Oriane, que señalaba a Sajhë y les estaba ordenando a los guardias que lo detuvieran.
«Lo ha reconocido.»
Sajhë no era Alaïs, pero era lo mejor que podía encontrar después de su hermana.
Hubo un inmediato rebrote de actividad. Dos de los guardias emprendieron la persecución cuesta abajo, en pos de Sajhë, pero el muchacho era más veloz y corría con más seguridad y confianza. Lastrados por sus armas y corazas, los soldados no eran rivales para un chico de once años. Silenciosamente, Alaïs lo animaba, mientras observaba la vertiginosa carrera del muchacho, a un lado y a otro, saltando y salvando los tramos irregulares del terreno, hasta llegar al amparo del bosque.
Al comprender que estaba a punto de perderlo, Oriane envió a François para que lo siguiera. Su caballo partió atronador por la senda, resbalando a veces sobre la tierra reseca, pero ganando terreno rápidamente. Sajhë se perdió en el sotobosque, con François pisándole los talones.
Alaïs comprendió que Sajhë iba rumbo a las ciénagas donde el Aude se abre en varios brazos. El terreno era verde y parecía un prado en primavera, pero por debajo era mortífero. La gente del lugar evitaba internarse por esos parajes.
Alaïs se encaramó a un árbol para ver mejor. François no se había percatado del tipo de terreno donde se estaba adentrando Sajhë, o quizá no le preocupaba, porque seguía espoleando a su corcel. «Está ganando terreno.» Sajhë trastabilló y estuvo a punto de caer, pero logró seguir corriendo, zigzagueando a través de la maleza, entre cardos y zarzamoras.
De pronto, François dejó escapar un alarido de cólera, que de inmediato se transformó en alarma. Los inestables lodos habían atrapado las patas traseras de su caballo. El aterrorizado animal relinchaba, agitando las extremidades. Con cada intento desesperado, no hacía más que acelerar su hundimiento en el limo traicionero.
François abandonó la montura e intentó llegar a nado al borde del pantano, pero sólo consiguió hundirse más y más, atrapado por el fango, hasta que únicamente las puntas de sus dedos resultaron visibles.
Después, se hizo el silencio. A Alaïs le pareció que incluso las aves habían dejado de cantar. Temiendo por la vida de Sajhë, se dejó caer al suelo, justo cuando aparecía el muchacho. Tenía la cara del color de la ceniza y el labio inferior le temblaba de cansancio, pero aún llevaba aferrado el cofrecito de madera.
– Hice que se adentrara en el pantano -dijo.
Alaïs le apoyó una mano en el hombro.
– Lo sé. Has sido muy listo.
– ¿Él también era un traidor?
Ella asintió.
– Creo que era eso lo que Esclarmonda intentaba decirnos.
Alaïs hizo un mohín. Se alegraba de que su padre no hubiera vivido para saber que François lo había traicionado, pero en seguida sacudió la cabeza, como apartando esos tristes pensamientos.
– Pero ¿por qué lo has hecho, Sajhë? ¿Cómo se te ha ocurrido coger ese cofre? ¡Han estado a punto de matarte por esa caja!
– La menina me pidió que lo guardara bien y lo cuidara.
Sajhë extendió los dedos por el fondo del cofre, hasta que pudo apretar los dos lados a la vez. Se oyó un chasquido, y entonces hizo girar la base, revelando un doble fondo. Metió la mano y sacó un trozo de tela.
– Es un mapa. La menina dijo que lo necesitaríamos.
Alaïs lo comprendió de inmediato.
– No piensa venir con nosotros, ¿verdad? -dijo apesadumbrada, intentando reprimir las lágrimas que acudían a sus ojos.
Sajhë hizo un gesto negativo.
– Pero ¿por qué no me lo ha dicho? -dijo ella con voz temblorosa-. ¿No confía en mí?
– Tú no habrías aceptado separarte de ella.
Alaïs recostó la cabeza sobre un árbol. Se sentía abrumada por la magnitud de su tarea. Sin Esclarmonda, no sabía cómo iba a encontrar la fuerza para hacer lo que se le exigía.
Como si pudiera leer su mente, Sajhë le dijo:
– Yo os protegeré. Y no será por mucho tiempo. Cuando le hayamos entregado el Libro de las palabras a Harif, volveremos a buscarla. Si es qissi, es aissi. Será lo que tenga que ser.
– Ojalá todos fuésemos tan sabios como tú.
Sajhë se ruborizó.
– Tenemos que ir por aquí -dijo el chico, señalando el dibujo-. Es un pueblo que no aparece en ningún mapa, pero la menina lo llama Los Seres.
«Claro.» No era sólo el nombre de los guardianes, sino un lugar.
– ¿Lo ves? -dijo Sajhë-. Está en los montes Sabarthès.
Alaïs asintió.
– Sí, sí -dijo ella-. Por fin creo que lo veo.
EL REGRESO
CAPÍTULO 63
Montes Sabarthès
Viernes 8 de julio de 2005
Audric Baillard estaba sentado a la mesa de lustrosa madera oscura de su casa, a la sombra de la montaña.
El techo del cuarto de estar era bajo y el suelo estaba pavimentado con grandes losas del color rojizo de la tierra de la montaña. Había hecho pocos cambios. A esa distancia de la civilización, no había electricidad, ni agua corriente, ni automóviles ni teléfono. El único ruido era el del reloj, marcando el paso del tiempo.
Había una lámpara de aceite sobre la mesa, ya apagada y, a su lado, una jarra de cristal, llena casi hasta el borde con guignolet, que inundaba la habitación con su sutil aroma a alcohol y cerezas. En el lado opuesto de la mesa, una bandeja de latón con dos copas y una botella de vino tinto sin abrir, junto a un pequeño cuenco de madera con bizcochos de especias, cubierto con una servilleta blanca de hilo.
Baillard había abierto los postigos para ver el amanecer. En primavera, los árboles de las afueras del pueblo se cubrían de apretados brotes blancos y plateados, mientras miles de capullos amarillos y rosa asomaban tímidamente entre los setos y las riberas. Pero a esa altura del año quedaba muy poco color, sólo el gris y el verde de las montañas, en cuya eterna presencia él había vivido tanto tiempo.
Una cortina separaba el rincón donde dormía del cuarto de estar. La pared del fondo estaba cubierta en su totalidad por una estrecha estantería, casi completamente vacía. Un viejo mortero, un par de cuencos y cucharones, unos cuantos botes… También libros, entre ellos los dos que él mismo había escrito, y las grandes voces de la historia de los cátaros: Delteil, Duvernoy, Nelli, Marti, Brenon, Rouquette… Obras de filosofía árabe se alineaban junto a traducciones de viejos textos judaicos y monografías de autores antiguos y modernos. Varias filas de novelas en ediciones de bolsillo, incongruentes con el ambiente, ocupaban el espacio que antes habían colmado las hierbas y pociones medicinales.
Estaba preparado para esperar
Baillard se llevó el vaso a los labios y bebió un buen trago.
¿Y si no venía? ¿Y si no averiguaba nunca la verdad de aquellas últimas horas?
Suspiró. Si no venía, entonces se vería obligado a dar los últimos pasos de su largo viaje en solitario. Como siempre había temido.
CAPÍTULO 64
Al amanecer, Alice estaba unos kilómetros al norte de Toulouse. Se detuvo en una gasolinera y bebió un par de tazas de café caliente, con azúcar, para centrarse.
Leyó la carta una vez más. Había sido franqueada en Foix el miércoles por la mañana. Era de Audric Baillard, indicándole cómo llegar a su casa. Sabía que era auténtica, porque reconoció la escritura negra, como de patas de araña.
De inmediato sintió que no tenía más opción que acudir.
Desplegó el mapa sobre el mostrador, intentando determinar con exactitud hacia dónde dirigirse. El caserío donde vivía no aparecía en el mapa, pero en la carta mencionaba suficientes referencias y nombres de pueblos cercanos, como para acotar el área general.
Estaba seguro -decía- de que Alice reconocería el sitio en cuanto lo viera.
Como precaución, que según comprendió debió haber tomado antes, Alice cambió su coche de alquiler en el aeropuerto por otro de marca y color diferentes, por si la estaban persiguiendo, y siguió su viaje hacia el sur.
Dejó atrás Foix, en dirección a Andorra, pasó por Tarascón y empezó a seguir las indicaciones de Baillard Abandonó la carretera principal en Luzenac y atravesó Lordat y Bestiac. El paisaje cambió. Le recordaba las laderas de los Alpes: florecillas de montaña, hierbas altas y casas parecidas a chalets suizos