Baillard sacudió la cabeza.
– Yves Biau lo cogió y se lo envió a su abuela, Jeanne Giraud.
Los ojos de Alice se abrieron al ver que otra pieza del rompecabezas encajaba en su sitio.
– Yves y su amiga trabajan para una mujer llamada madame De l’Oradore. -Hizo una pausa-. Afortunadamente, Yves tenía sus reservas al respecto. Su amiga también, quizá.
Alice asintió.
– Biau me dio un número de teléfono. Después descubrí que Shelagh había llamado al mismo número. Averigüé la dirección y, al no obtener respuesta, pensé que lo mejor sería ir a ver si la encontraba. Resultó ser la casa de madame De l’Oradore. En Chartres.
– ¿Ha ido usted a Chartres? -Los ojos de Baillard brillaban-. Cuénteme, cuénteme qué ha visto.
El anciano escuchó en silencio, hasta que Alice terminó de contarle todo lo que había visto y oído.
– Y ese joven, Will, ¿no le enseñó la cámara subterránea?
Alice sacudió la cabeza.
– Al cabo de un tiempo, empecé a pensar que quizá ni siquiera existía.
– Existe -repuso Baillard.
– Me dejé la mochila en la casa. Tenía allí todas mis notas sobre el laberinto y la foto suya con mi tía. Los podía conducir directamente hacia mí. -Calló un momento-. Por eso Will volvió a buscarla.
– ¿Y ahora teme que también le haya pasado algo a él?
– A decir verdad, no estoy segura. La mitad del tiempo, temo por él. El resto, creo que probablemente colabora con ellos en todo esto.
– ¿Por qué creyó que podía confiar en él?
Alice levantó la vista, intrigada por su repentino cambio de tono. La expresión benevolente y suave del anciano había desaparecido.
– ¿Se siente en deuda con él? -añadió Baillard.
– ¿En deuda con él? -repitió Alice, asombrada por las palabras escogidas-. No, en absoluto. Apenas lo conozco. Pero, no sé, supongo que me atrajo. Me sentí a gusto en su compañía. Me sentí…
– ¿Cómo?
– Era más bien lo contrario. Le parecerá una locura, pero era como si él estuviera en deuda conmigo. Como si me estuviera compensando por algo que había hecho.
Sin previo aviso, Baillard se levantó bruscamente de la silla y fue hacia la ventana. Era evidente que se encontraba en un estado de cierta confusión.
Alice esperó un momento, sin comprender lo que estaba sucediendo. Finalmente, el anciano se volvió hacia ella.
– Le contaré la historia de Alaïs -dijo-. Conociéndola, quizá encontremos el valor de hacer frente a lo que está por venir. Pero sépalo, donaisela Tanner, una vez que la haya oído, no tendrá más remedio que seguir el camino hasta el final.
Alice frunció el ceño.
– Suena como una disuasión.
– No -se apresuró a decir él-, nada de eso. Pero no debemos olvidar a su amiga. Por lo que ha oído mientras estaba escondida, debemos suponer que su seguridad está garantizada hasta esta noche, por lo menos.
– Pero no sé dónde van a reunirse -replicó ella-. François-Baptiste no lo dijo. Sólo mencionó que la cita era al día siguiente a las nueve y media.
– Creo que sé dónde es -dijo Baillard serenamente-. Al anochecer estaremos allí, esperándolos -A través de la ventana, miró el sol del alba-. Eso quiere decir que tenemos cierto tiempo para hablar.
– Pero ¿y si se equivoca?
Baillard se encogió de hombros.
– Tendremos que confiar en que no sea así.
Alice guardó silencio un momento.
– Sólo quiero saber la verdad -dijo, asombrada por lo firme que sonaba su voz.
Él sonrió.
– Ieu tanben -contestó él-. Yo también.
CAPÍTULO 65
Will sintió que lo arrastraban por el estrecho tramo de escalera que bajaba hasta el sótano y después por el pasillo de suelo de hormigón entre las dos puertas. Tenía la cabeza colgando sobre el pecho. El olor a incienso era menos intenso, pero todavía flotaba, como un recuerdo, en la silenciosa penumbra subterránea.
Al principio, Will pensó que lo estaban llevando a la cámara y que iban a matarlo. La imagen del bloque de piedra al pie de la tumba y del suelo ensangrentado surgió como un destello en su memoria. Pero entonces topó con un peldaño y sintió el aire fresco de la mañana en la cara y se dio cuenta de que estaba fuera, en una especie de sendero que discurría por detrás de la casa, paralelo a la Rue du Cheval Blanc. En el aire flotaban los olores de la primera hora de la mañana, a granos de café quemados y residuos, con el ruido del camión de la basura a escasa distancia Will comprendió que así debieron de bajar el cadáver de Tavernier desde la casa hasta el río.
Un espasmo de terror le sacudió el cuerpo, haciendo que se debatiera un poco, lo suficiente para comprobar que tenía las piernas y los brazos atados. Oyó que alguien abría el maletero de un coche, donde medio lo arrojaron y medio lo empujaron. No era un maletero corriente, sino una especie de caja grande. Olía a plástico.
Al darse la vuelta con dificultad sobre un costado, su cabeza tocó el fondo del contenedor y sintió que se le abría la piel alrededor de la herida. Por la sien le empezó a caer la sangre, irritante y acida. No podía mover las manos para enjugársela.
Sólo entonces se recordó a sí mismo de pie delante de la puerta del estudio y el enceguecedor estallido de dolor que vino después, cuando François-Baptiste descargó la pistola sobre un costado de su cabeza, y a continuación sus rodillas cediendo y la imperiosa voz de Marie-Cécile, preguntando una vez más qué estaba pasando.
Una mano encallecida lo agarró por un brazo. Sintió que le levantaban la manga y que la afilada punta de una aguja le perforaba la piel. Como acababan de hacer ahora. Después, el ruido de un pestillo cerrándose y de una especie de cubierta, quizá una lona, que alguien extendía sobre su encierro.
La droga le circulaba por las venas, fría y placentera, anestesiándole el dolor. Neblina. Varias veces perdió y recuperó el conocimiento. Sintió que el vehículo aceleraba. Experimentaba náuseas cada vez que su cabeza rodaba de un lado a otro con las curvas. Pensó en Alice. Más que cualquier otra cosa, ansiaba verla. Decirle que había hecho todo lo posible. Que no la había traicionado.
Empezó a sufrir alucinaciones. Imaginaba las verdes aguas del río Eure, arremolinadas y turbias, inundándole la boca, la nariz y los pulmones. Intentó retener en la mente el rostro de Alice, sus ojos pardos de grave mirada, su sonrisa… Si podía conservar consigo su imagen, quizá todo saliera bien.
Pero el miedo a ahogarse, a morir en un lugar extraño que no significaba nada para él, fue más fuerte. Se perdió en la oscuridad.
En Carcasona, Paul Authié estaba en su balcón, contemplando el río Aude, con una taza de café en la mano. Había utilizado a O’Donnell como señuelo para atraer a François-Baptiste de l’Oradore, pero su instinto rechazaba la idea de hacer que ella le diera un libro falso. El muchacho descubriría el engaño. Además, no quería que viera el estado en que se encontraba la chica, porque comprendería que todo había sido una trampa.
Authié dejó la taza sobre la mesa y se remangó los puños de la impecable camisa blanca. Lo único que podía hacer era recibir personalmente a François-Baptiste, solo, y decirle que él mismo llevaría a O’Donnell al pico de Soularac y se la entregaría a Marie-Cécile, con el libro, a tiempo para la ceremonia.
Lamentaba no haber conseguido el anillo, aunque seguía creyendo que Giraud se lo había dado a Audric Baillard y que éste acudiría al pico de Soularac por propia iniciativa. Authié estaba seguro de que el viejo estaba en algún sitio, vigilando.
Alice Tanner planteaba más problemas. El disco que había mencionado O’Donnell lo intrigaba, tanto más cuanto que ignoraba su significado. Tanner había demostrado una habilidad sorprendente para mantenerse fuera de su alcance. Se les había escabullido en el cementerio a Domingo y Braissart, que el día anterior habían perdido la señal de su coche durante varias horas sólo para encontrarlo esa misma mañana, aparcado en el depósito de Hertz, en el aeropuerto de Toulouse.
Authié apretó el crucifijo entre sus dedos huesudos. A medianoche, todo habría terminado. Los textos heréticos y los propios herejes habrían sido destruidos.
A lo lejos, las campanas de la catedral empezaban a llamar a los fieles a la misa del viernes. Authié miró el reloj. Iría a confesarse. Absuelto de sus pecados y en estado de gracia, se arrodillaría ante el altar para recibir la sagrada forma. Entonces estaría preparado en cuerpo y alma para cumplir la voluntad de Dios.
Will sintió que el coche ralentizaba la marcha y abandonaba la carretera, para continuar por un camino rural.
El conductor iba con cuidado, virando bruscamente para evitar baches y socavones. Los dientes de Will daban unos contra otros con cada salto y sacudida del coche, mientras ascendían la cuesta.
Finalmente, se detuvieron. Se apagó el motor.
Sintió que el coche se balanceaba al salir los dos hombres y, a continuación, el ruido de las puertas cerrándose, como los disparos de un fusil, y el zumbido del cierre centralizado. Tenía las manos atadas a la espalda, y no por delante, lo cual complicaba las cosas, pero Will retorció las muñecas, tratando de aflojar las ataduras. Hizo algún pequeño progreso. Comenzaba a recuperar la sensación. Sentía una franja de dolor en los hombros, por haber estado tumbado durante tanto tiempo en una postura incómoda.
De pronto, el maletero se abrió. Will se quedó absolutamente inmóvil, con el corazón palpitante, mientras se abrían los pestillos del contenedor de plástico donde se encontraba. Uno de sus captores lo cogió por los brazos y otro por las rodillas. Lo arrastraron fuera del maletero y lo arrojaron al suelo.