Poco antes de nuestra llegada a la ciudad, y a lo largo del año, los levantamientos habían ido encarnizándose, y todas las mañanas leía los periódicos para informarme sobre los disturbios. Una de esas mañanas, mientras tomaba café tranquilamente en una terraza cerca de la plaza de San Pedro, leí una noticia que me sorprendió. Cuatro dirigentes italianos -Fernando II, Leopoldo de la Toscana, Carlos Alberto y Pío IX- habían promulgado sendas constituciones a fin de pacificar a la población y prevenir futuras insurrecciones, visto que la revolución de Palermo de enero había causado tantas dificultades. Los disturbios, promovidos por los elementos más radicales de la sociedad, continuaron por todo el país, amenazando a los gobiernos conservadores. Los periodistas italianos se mostraban minuciosos al describir cómo Carlos Alberto había declarado la guerra a Austria desde Lombardia. A continuación, el país fue devastado debido a la decisión papal de no apoyar a sus compatriotas, un paso que podría haber «unificado» Italia contra el enemigo común. En lugar de eso denunció la guerra, gesto que fortaleció la posición austriaca y condujo a la derrota final de Lombardia. Más tarde lo responsabilizarían de ese fracaso.
– No es que discrepe del punto de vista lombardo -declaró el papa en una de las frecuentes reuniones que manteníamos por entonces. Me había convertido en una especie de confidente y no era raro que tocase esos temas en mi presencia-. Al contrario, particularmente me preocupan más las amenazas imperialistas de Austria, aunque creo que suponen un peligro menor para Roma que para cualquier otro lugar. Pero lo más importante es que el papa no apoya la causa de un nacionalista en un asunto que podría conducir a la destrucción de los Estados italianos tal como los conocemos.
– ¿Estáis en contra de la unificación? -pregunté sorprendido.
– Me opongo a la idea de un gobierno central. Cuando todos los Estados unen sus fuerzas, Italia es un país grande. Si hubiera unificación sólo seríamos diversos elementos dentro de un todo mayor, y a saber quién gobernaría o qué sería de Italia.
– Quizá se convirtiese en un país poderoso -sugerí.
El papa soltó una carcajada.
– Qué poco conoces Italia, hijo. Ante ti no tienes sino un país gobernado por hombres que se consideran los descendientes naturales de Rómulo y Remo. Todos y cada uno de estos presuntos dirigentes nacionalistas pretenden unificar el país para erigirse en soberanos. Algunos hasta han sugerido que yo sea el rey -añadió pensativo.
– Un nombramiento que no deseáis -señalé como si tal cosa. Observé su reacción: se encogió de hombros, hizo un ademán de desdén y cambió de tema.
– Mantendré la independencia de Roma -declaró al fin, subrayando cada una de sus palabras con golpecitos del dedo índice sobre el brazo de la butaca-. En mi opinión no hay nada más importante. No permitiré que desaparezca en favor de un inútil y absolutamente inviable ideal de unidad política. Llevamos aquí demasiado tiempo para contemplar impasibles cómo los mismos italianos, por no hablar de los invasores austríacos, conducen la Ciudad de Dios al desastre.
Imaginé que con el plural se refería a la larga lista de pontífices a la que su propio nombre se había sumado recientemente.
– No sigo vuestro razonamiento -dije, irritado por esa muestra de arrogancia y olvidando por un instante todos los consejos recibidos antes de mi primera entrevista con él-. Si vos consideráis…
– ¡Basta! -bramó al tiempo que se ponía de pie, el rostro púrpura de ira. Se acercó a la ventana-. Limítate a construir el teatro de la ópera y déjame gobernar mi ciudad como considere apropiado.
– Perdonadme, no era mi intención molestaros -me disculpé tras un largo silencio.
Me levanté y me dirigí a la puerta. No se volvió para mirarme ni para despedirse, y así, la última imagen que conservo de él es la de un hombre de espaldas, un poco inclinado y apoyado en una ventana estrecha que dominaba la plaza de San Pedro, donde la gente -su gente- se preparaba para la tormenta que se avecinaba.
Los acontecimientos del 11 y el 12 de noviembre de 1848 siguen pareciéndome un tanto increíbles, incluso después de ciento cincuenta y un años. Una tarde Sabella volvió antes de lo habitual acasa; se la veía muy nerviosa y era incapaz de contestar a las preguntas más simples.
– Cariño -dije antes de acercarme para abrazarla. La noté rígida y al apartarme un poco me sorprendió la palidez de su rostro-. Sabella, cualquiera diría que has visto un fantasma. ¿Qué ocurre?
– Nada -respondió; retrocedió y se pellizcó las mejillas para darse un poco de color-. No puedo quedarme. Tengo que salir de nuevo. Volveré más tarde.
– Pero ¿adónde vas? No puedes salir en este estado.
– Estoy bien, Matthieu, de verdad. Es que he de encontrar mi… -Llamaron a la puerta con violencia y Sabella dio un respingo, con el rostro demudado-. Oh, Dios mío. No abras.
– ¿Que no abra? ¿Por qué? Seguramente es Thomas, que viene por sus…
– No, Matthieu. Te lo pido por favor.
Pero ya era demasiado tarde. Cuando acabó de pronunciar esas palabras, yo había abierto la puerta y tenía ante mí a un hombre de mediana edad vestido con uniforme de oficial piamontés. Lucía un gran mostacho que pareció curvarse hacia sus labios. Me miró de arriba abajo.
– ¿Qué desea, caballero? -pregunté amablemente.
– Al parecer usted y yo deseamos lo mismo -replicó, y cruzó el umbral impetuosamente al tiempo que llevaba la mano a la empuñadura de su espada envainada-; salvo que no es suyo.
Miré a Sabella, que, junto a la ventana, se mecía en un balancín y gemía de desesperación.
– ¿Quién es usted? -pregunté desconcertado.
– ¿Que quién soy? -bramó-. Dígame mejor quién es usted, señor.
– Matthieu Zéla. Y ésta es mi casa, de modo que le agradecería que se comporte con…
– Y esa mujer… -me interrumpió señalando con brusquedad a Sabella-. No la llamaré señora, porque no lo es. ¿Quién es ésa, si no le importa que se lo pregunte?
– Mi mujer -respondí, bastante enfadado-. ¡Y exijo que la trate con respeto!
– ¡Ja! Pues le propongo un acertijo. ¿Cómo puede ser su mujer cuando ya está casada conmigo? ¿Eh? ¿Qué me contesta a eso? Usted, don elegantón -añadió de forma incongruente.
– ¿Casada con usted? -pregunté estupefacto-. No sea ridículo. Ella…
Podría seguir describiendo la escena y reproducirla frase por frase, confesión tras confesión, hasta llegar a su lógica conclusión, pero todo sonaría a farsa. Baste decir que mi supuesta esposa, Sabella Donato, había olvidado informarme que en el momento de nuestras nupcias ya tenía un marido, que no era otro que aquel zopenco allí presente, de nombre Marco Lanzoni. Se había casado con él hacía diez años, poco antes de convertirse en una celebridad, e inmediatamente después de la boda Lanzoni se había alistado en el ejército a fin de ganar el dinero suficiente para que el matrimonio tuviese un futuro holgado. Cuando Lanzoni regresó al pueblo, Sabella había desaparecido llevándose consigo gran parte de las pertenencias de su marido, con las que había financiado sus primeras aventuras por Italia. Después de una larga e infructuosa búsqueda, Lanzoni al fin dio con ella en Roma, y ahora venía a reclamarla. Sin embargo, no había contado con la eventualidad de que hubiese otro marido. Como hombre violento que era, enseguida me pidió una satisfacción y me desafió a batirnos en duelo a la mañana siguiente, lo cual me vi obligado a aceptar para que no me tildaran de cobarde. Cuando se hubo marchado, me enzarcé con mi «mujer» en una riña espantosa, perlada de lágrimas y recriminaciones. Nuestra farsa de boda se había celebrado únicamente debido a su autoengaño y su inclinación a enterrar el pasado. Y ahora quien iba a pagar los platos rotos era yo. Lo que no había logrado el paso del tiempo lo conseguiría la espada de Lanzoni.