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– Vayamos al grano, James. -Al acabar de cenar, los cuatro nos habíamos desplazado al bar exterior, y en ese momento estábamos sentados en unos sofás de cuero junto a un fuego de leña con sendos puros y copas de brandy-. Tenemos una propuesta que hacerte.

– Ya lo imaginaba, caballeros. -Esbozó una sonrisa y se arrellanó en el sofá al tiempo que daba una chupada al puro, como una estrella de cine a punto de firmar un contrato multimillonario-. No pensaba que me hubieran traído aquí sólo para ver cómo me ponía morado.

Alan se estremeció, y carraspeé para no reírme.

– Los tres -dije señalando a P. W., a Alan y a mí mismo- estamos pensando en emprender un negocio y creemos que tal vez te interesaría participar.

– No tengo dinero -se apresuró a declarar, y una vez más atacó su tema favorito-: No entiendo cómo pueden pensar en mí para invertir cuando esas sanguijuelas me están…

– Espera, James -lo interrumpí-. Escucha primero nuestra oferta, es lo único que te pido. No estamos buscando inversores.

– He puesto los ahorros de toda mi vida en este negocio -declaró P. W., nervioso. Le dirigí una mirada de furia, pues odio perder el hilo de la conversación, sobre todo cuando pretendo obtener un resultado-. De modo que tiene que funcionar como sea -añadió al reparar en mi expresión, y guardó silencio.

– Estamos pensando en emprender un negocio -repetí, alzando la voz para evitar más interrupciones-. El asunto de la financiación ya está resuelto; de hecho, hemos empezado a contratar a gente. Se trata de un canal de televisión vía satélite, especializado en noticias y programas de variedades, con alguna serie estadounidense. De calidad, y para abonados, por supuesto. Y buscamos a un director gerente. Alguien que gestione el día a día, que aporte experiencia al negocio y tome decisiones en la producción, por así decirlo. Los tres queremos mantenernos al margen, aunque no desentendernos por completo, y necesitamos a alguien en quien confiar y que conozca el mundo de la comunicación actual. Alguien capaz de lograr que el canal funcione. Resumiendo, James, nos gustaría que aceptaras ese puesto.

Me recliné en el sofá sonriendo, satisfecho con mi sencilla exposición y feliz al ver la reacción de James. A medida que yo hablaba iba entusiasmándose, sobre todo al oír expresiones como «director gerente», «tome decisiones» y «mantenernos al margen». Se produjo un silencio mientras James se inclinaba con una sonrisa en los labios y se sacaba el puro de la boca.

– Caballeros -dijo al tiempo que se le iluminaban los ojos de pura dicha-, hablemos de números.

Al final, tras un ligero retoque, llegamos a un acuerdo satisfactorio para todos. James hizo una inesperada petición del cinco por ciento de los beneficios brutos en lugar de las primas, cosa que le concedí encantado por un período inicial de tres años. Al cabo de un mes llegaba al trabajo antes que las mujeres de la limpieza y se iba después que los conserjes nocturnos. A lo largo de los dos años siguientes tomó decisiones de enorme trascendencia para el canal. Aprobé varias de esas medidas, otras me produjeron algún quebradero de cabeza; pero en todos los casos se demostró que no me había equivocado al contratar a mi amigo. Incorporó un sólido equipo de presentadores y locutores, entre los que destacaba Tara Morrison -que debe muchísimo a James-, y reorganizó los horarios una y otra vez a fin de promocionar a un presentador u otro poniéndolos y sacándolos de la programación, planeada hasta el último detalle. La cuota de mercado creció considerablemente, y todos ganamos dinero. Juntos, alcanzamos el éxito.

Además, James y yo nos hicimos buenos amigos. Aunque éramos muy diferentes, nos respetábamos y disfrutábamos de nuestra mutua compañía. Sentados en la sala de juntas, nos enzarzábamos en largas discusiones, pero nunca dejamos de apreciar el punto de vista del otro y de priorizar el bien de la empresa. Una vez al mes quedábamos, a solas, para comer y tomar unas copas; en esas ocasiones conversábamos sobre política, historia y arte, pues establecimos la norma de no mencionar ningún asunto relacionado con el canal de televisión. También hablábamos de nuestras respectivas vidas. (Él era más sincero que yo, claro, pero así son la mayoría de las relaciones humanas aceptables; aparte de eso, uno tiende a ser un poco económicocon la verdad, en especial cuando no se gana nada con revelarlo todo.) James se llevaba bastante bien con P. W. y Alan, aunque no eran amigos; y era precisamente ese hecho el que me confundía más cuando me dirigía en taxi a su casa a través de la fría y brumosa madrugada de marzo. ¿Qué diablos hacía P. W. allí? ¿En qué circunstancias había muerto James? Debería haber esperado lo peor, pero no tenía ni idea de en qué podía consistir. Tras pagar al taxista y bajar del coche, me detuve unos instantes en la calle, desierta y silenciosa. La mayor parte de las casas estaban a oscuras, pero las farolas brillaban con intensidad. El piso de James también permanecía envuelto en sombras, a excepción de las ventanas del salón delantero, pues las pesadas cortinas no estaban echadas del todo y dejaban pasar un resquicio de luz. Respiré hondo y subí corriendo las escaleras.

Dos días más tarde, cuando los agotadores acontecimientos de las últimas cuarenta y ocho horas habían quedado atrás, me senté a mi escritorio y marqué el número desconocido con cuidado. Me pareció que tardaban una eternidad en contestar, hasta que por fin alguien lo hizo a viva voz; sonaba como una joven de clase trabajadora que sostuviera alfileres entre los dientes.

– ¡Doce! -chilló al auricular; enarqué una ceja sorprendido. ¿Me habría equivocado de número? ¿Se llamaba «Doce» mi interlocutora? ¿Se trataba de la grabación de un contestador automático?-. ¡Plato doce!

– ¡Plato doce! -repetí, y extrañamente sonó como si diera una orden.

– ¡Plato doce! -confirmó la muchacha-. ¿Quién es?

– Perdón -repuse al darme cuenta de que había una persona al otro lado de la línea-. Me gustaría hablar con Tommy DuMarqué, por favor.

– ¿Quién es? -preguntó de nuevo, esta vez con desconfianza-. ¿Cómo ha conseguido este número?

– Me lo dio él, por supuesto -respondí, asombrado por su agresividad-. ¿Cómo quiere que…?

– No estará acosando a DuMarqué, ¿verdad?

Me quedé sin habla. No sabía qué decir.

– ¿O es un periodista? -escupió la palabra con la aversión de quien sabe que jamás verá aparecer su propio nombre en un periódico-. En este momento Tommy está rodando -añadió con un tono menos suspicaz, como si de pronto temiera que yo fuese alguien con poder para despedirla-. No acabará hasta dentro de… ah, espere, no… aquí está. Aunque no sé si podrá ponerse al teléfono. ¿Quién es usted?