– Dígale que soy su tío Matthieu -contesté, y de pronto me sentí agotado-. Si es usted tan amable.
La joven dejó de golpe el auricular sobre una mesa y oí un murmullo de fondo y la voz de Tommy destacándose sobre las demás cuando dijo: «De verdad, no pasa nada», y luego, antes de coger el auricular: «Cinco minutos, ¿de acuerdo?»
– ¿Tío Matt?
Suspiré aliviado.
– Por fin. Qué chica más desagradable. ¿Quién es?
– Nadie, una auxiliar. Olvídala. Debe de creerse que es la directora. A saber. Además, es el número privado.
– Bien, no pasa nada. Sólo quería darte las gracias por lo que hiciste la otra noche. Estoy en deuda contigo.
Tommy rió como si fuera una nimiedad, como si esa clase de cosas le ocurrieran continuamente, lo que me preocupó.
– No faltaba más, tío Matt; me has ayudado en muchas ocasiones, ¿no? Me alegro de haber podido recompensarte un poco todos tus favores.
– Admito que me remuerde la conciencia. ¿No crees que hicimos algo inmoral?
– Tonterías. -Hizo una pausa y esperé a que fuera él quien rompiera el silencio.
Me habría gustado que me tranquilizara, que me dijese que mi actuación había sido correcta y responsable. He vivido mucho tiempo y, aunque tal vez no siempre haya sido un santo, desearía pensar que, desde Dominique, jamás he hecho daño a nadie de forma intencionada, y menos a un amigo.
– Tal como yo lo veo, el tipo ya estaba muerto, de modo que no hicimos más que solucionar un problema. Nadie podía mejorar o empeorar la situación: ni tú ni yo ni cualquiera de tus siniestros amigos. Te metieron en un lío que no tenía nada que ver contigo. Deberías escoger mejor a tus amigos, tío Matt.
– No son amigos míos exactamente -señalé.
– No dejes que te remuerda la conciencia. Tú no lo mataste.
– No, supongo que tienes razón.
– Así que cálmate; ya ha pasado todo. Hemos solucionado un problema, no le des más vueltas. Olvídalo y sigamos adelante, ¿de acuerdo?
Hablaba como un personaje de su serie de televisión. Asentí, aunque no del todo convencido.
– Gracias, Tommy -concluí, consciente de que no había nada que añadir sobre ese tema. A partir de entonces me guardaría mis escrúpulos para mí-. Hablamos pronto, ¿vale?
– Espero que sí. Supongo que te alegrará saber que el cáncer de testículos está en fase de remisión. Dentro de poco me darán el alta. De modo que por lo que parece no tendré que buscar otro trabajo durante un tiempo, y menos mal, pues sólo me faltaba un problema de falta de liquidez.
– ¿Qué dices? -pregunté incorporándome de un salto-. ¿Cáncer de testículos…? ¡Ah! -Solté una carcajada de alivio y me dejé caer en la silla de nuevo-. Te refieres al tipo de la serie.
– Sam.
– ¡Y dale! No deberías identificarte con tu personaje.
– ¿Por qué? Toda Inglaterra piensa que soy él. Ayer me atacó una loca en el supermercado y me dijo que me lo tenía merecido por ligar con Tina a espaldas de Carl. Añadió que mi problema en los cojones era un castigo de Dios.
– Un castigo de Dios, caray. -Suspiré-. La verdad es que no sé nada de esa gente. Debería ver tu serie.
– No te molestes -dijo como si diera una respuesta preparada a un periodista-. Cierto, hay en ella un retrato crudo de los barrios bajos que refleja el deterioro del tradicional entorno familiar londinense, es decir, de la memoria histórica compartida, a favor de una búsqueda de placeres y gratificaciones personales propia de la época contemporánea; así que los temas universales para explorar no escasean, pero el argumento es una mierda y en general las interpretaciones son apresuradas y repetitivas, porque no hay tiempo para ensayar y la producción exige que se hagan las menores tomas posibles. Todo el mundo lo sabe.
Me quedé en silencio, impresionado.
– ¿Qué has dicho? -pregunté al fin; no podía creer que mi sobrino drogadicto y juerguista hubiera sido capaz de soltar toda esa parrafada-. ¿Qué acabas de decir?
– Olvídalo. No es más que una serie de televisión -adujo entre risas-. Sólo es ficción; pura invención. -Vaciló un instante y esperó por si yo tenía algo que añadir. Pero ¿qué podía decir después de eso?-. Nos vemos, tío Matt -añadió, y acto seguido colgó.
Permanecí unos instantes con el auricular en la mano, escuchando el tono, y después lo coloqué en su base; cerré los ojos e hice memoria. No había duda: ésa era la primera vez que un Thomas me ayudaba. Y había que admitir que no era desagradable del todo.
P. W. abrió la puerta y me agarró por los hombros con dramatismo. El cabello, que normalmente llevaba peinado y pegado al cráneo para tapar la calva, le caía en mechones como una cortina por encima de la oreja izquierda. No estaba muy atractivo que digamos. Llevaba una camisa azul pálido, con sendas manchas de sudor en las axilas, e iba descalzo.
– ¡Gracias a Dios! -exclamó con ansiedad; me arrastró hacia el interior y se apresuró a cerrar la puerta-. No sé cómo ha podido ocurrir una cosa así. Estábamos… sólo estábamos…
– Cálmate. -Me llegó una tufarada de alcohol, y retrocedí-. Dios santo, ¿cuánto has bebido esta noche?
– Mucho. Demasiado. Pero ahora estoy sobrio, te lo juro.
Era verdad. Parecía el hombre más sobrio del país, pero estaba muy pálido y temblaba. Me dirigí hacia la puerta del salón e iba a accionar el pomo cuando me cogió la mano y me detuvo. Lo miré.
– Antes de entrar -dijo atropelladamente- quiero que sepas que no ha sido culpa mía. Te lo juro.
Asentí, sobrecogido. Me aterraba lo que podía haber al otro lado de la puerta. Cuando al fin entré, la escena que encontré, aunque era tan terrible como había imaginado, poseía al mismo tiempo un aspecto familiar. James se hallaba sentado en el suelo, completamente vestido, con la espalda apoyada contra el sillón, las piernas ligeramente separadas y una gran copa de whisky entre ellas. Tenía los brazos extendidos a los costados con las palmas hacia arriba; los ojos, abiertos como platos, miraban a la pared de enfrente. Aunque enseguida supe que estaba muerto, instintivamente eché un vistazo al otro lado de la habitación, para ver a quién estaba mirando. Allí, envuelta en sombras, acurrucada en un sofá y con una copa de whisky como única compañía, había una joven que no tendría más de dieciocho años. Tiritaba con violencia y se abrazaba el cuerpo con los ojos fijos en James; sus miradas se cruzaban como si estuvieran enzarzados en una lucha sin sentido.
– Ve a buscar una manta -dije a P. W., que se había quedado detrás de mí y esperaba mi reacción con los nervios a flor de piel-. Mejor trae dos.
Al cabo de unos segundos apareció con dos gruesas mantas; cubrí el cuerpo de James con una. De pronto la chica volvió en sí y me miró de hito en hito. Al acercarme a ella con la otra manta se hizo un ovillo y se cubrió la cabeza con las manos, aterrorizada.
– Tranquila, no temas -musité mientras hacía un ademán amigable con la mano-. Es para que te abrigues. He venido para ayudar.
– No he sido yo -balbució-. No tengo nada que ver. Me aseguró que aguantaría, que ya lo había hecho.
Hablaba muy bien para ser una prostituta adolescente, como si hubiese estudiado en una escuela de pago y fuese de buena familia. Sin lugar a dudas era el tipo de chica que le gustaba a James. Era bonita y llevaba poco maquillaje, aunque el rímel se le había corrido.
– ¿Cuántos años tienes? -susurré al tiempo que me arrodillaba y la cubría con la manta.
– Quince -repuso con la sinceridad, la presteza y la cortesía que demostraría ante un tutor o un padre.
– ¡Por Dios, lo que nos faltaba! -exclamé volviéndome para dirigir una mirada de asco a P W.-. ¿Qué coño habéis estado haciendo los dos? -No suelo ser tan malhablado, pero la respuesta de la chica me había afectado-. ¿Qué cojones ha pasado aquí esta noche?