El día anterior apenas habíamos probado bocado, de modo que decidimos permitirnos una comida decente que nos animara y nos diera fuerzas para las próximas veinticuatro horas. La posada se erigía discretamente en un recodo del camino y no era del todo desagradable. Enseguida nos llegó el bullicio de la música y las risas de la gente que comía y bebía. Tuvimos suerte de encontrar sitio en una mesa junto al fuego. Me senté frente a Dominique y al lado de Tomas, delante del cual se hallaba un hombre de mediana edad acompañado de su mujer. Ambos iban bien vestidos y en sus platos se amontonaba tanta comida que parecían torres a punto de derrumbarse sobre el mantel. Hacían ruido al masticar, y cuando nos sentamos a la mesa sólo se detuvieron un instante para dirigirnos una mirada suspicaz. Comimos en silencio, contentos de llenar el estómago al fin. Me sentía orgulloso de Tomas, pues, aunque había protestado mucho por la larga caminata, nunca se quejaba de hambre.
– Quizá no deberíamos ir tan lejos -comentó Dominique al fin, rompiendo el largo silencio-. Hay otros lugares aparte de Londres. Podríamos quedarnos en un pueblo pequeño o…
– Depende de lo que andemos buscando -la interrumpí-. Nos convendría encontrar trabajo en una gran casa, como criados o algo parecido.
– Con Tomas será imposible. Nadie nos contratará si nos ven llegar con un niño de seis años.
Tomas la miró con recelo, como si temiera que estuviese pensando en el modo de librarse de él.
– Sólo digo -añadió Dominique- que sería más fácil encontrar trabajo en un pueblo o una ciudad grande.
– Yo de vosotros no pondría los pies en Londres -intervino sin que viniese a cuento el hombre sentado frente a Tomas-. Londres es un lugar muy duro para vivir. Durísimo, os lo aseguro.
Le dirigimos una mirada de incomprensión.
– Podemos continuar por el mismo camino -proseguí al cabo de un momento, pero bajando la voz para mantener la privacidad-, y si llegamos a un lugar que nos guste, nos quedamos. No tenemos por qué decidirlo ahora.
El hombre eructó ruidosamente y acto seguido soltó una sonora ventosidad. El suspiro que dejó escapar a continuación testificó el gran placer que le habían proporcionado ambas acciones.
– Amberton -lo amonestó su mujer, dándole unos golpecitos en la mano como de pasada, un gesto que tenía más de instintivo que de ofendido-, ¿qué modales son ésos?
– Es algo natural, hijo -dijo Amberton volviéndose hacia mí-. Espero que no te moleste un poco de ruido intestinal.
Lo miré, dudando si la pregunta era retórica. Era un hombre de unos cuarenta y cinco años, bastante obeso; llevaba el pelo cortado al rape y una barba de cuatro días que centelleaba entre sus feas facciones como si de mugre se tratara. Al abrir la boca mostraba sus amarillentos dientes sin recato alguno. Mientras me miraba, se limpió la nariz con el dorso de la mano y a continuación se quedó observándolo. Acto seguido me sonrió y me tendió la misma mano para que se la estrechara.
– Joseph Amberton -se presentó en tono jovial, y al sonreír ofreció una amplia visión de sus sucios dientes en una boca repugnante-, para servirte. Dime, hijo, no has contestado a mi pregunta: ¿verdad que no te importa oír un poco de ruido intestinal?
– No, señor, en absoluto -respondí, temeroso de las represalias si no le gustaba mi respuesta; la mera idea de que esa mole de grasa se arrojase sobre mí me hacía temblar. Era una especie de híbrido entre hombre y ballena; desollado daría un buen aceite-. Me parece perfecto.
– En cuanto a ti, señorita -añadió dirigiéndose a Dominique-, no te conviene ir a Londres, hazme caso. En esa ciudad ocurren cosas terribles. ¡Si lo sabré yo!
– Debo darle la razón a mi Joseph. -La mujer nos miró. Era igual de corpulenta que su marido, pero tenía las mejillas sonrosadas y una sonrisa agradable-. Pasamos muchos años en Londres. Allí fuimos novios, allí nos casamos, allí vivimos y trabajamos durante bastante tiempo, y fue allí donde sufrió el accidente, ¿sabéis? Por eso nos marchamos.
– ¡Ya lo creo! -exclamó Amberton antes de hincarle el diente a una costilla de cordero-. Ésa fue la gota que colmó el vaso, vaya si lo fue. Gracias a Dios, mi mujer estuvo a mi lado a pesar de los pesares y no se largó con otro, algo que podría haber hecho perfectamente, pues, como podéis ver, sigue siendo una mujer muy atractiva.
Me dije que, fuera cual fuese la lesión que había sufrido su marido, era improbable que aquella mujer encontrase a un hombre de un volumen parecido capaz de complacerla o satisfacerla. Aun así sonreí en señal de aquiescencia y me encogí de hombros mirando de reojo a Dominique.
– Podríamos…
– ¿Conocéis Cageley? -me interrumpió la señora Amberton, y al ver que yo negaba con la cabeza, añadió-: Nosotros vivimos allí. Es un pueblo con bastante actividad y hay trabajo de sobra. Si queréis podemos llevaros; esta misma tarde partimos para allí. Será un placer, ¿a que sí, Joseph? Nos encanta la compañía.
– ¿A qué distancia está? -preguntó Dominique, que después de nuestra experiencia del día anterior recelaba de cualquier ofrecimiento generoso.
En cuanto a mí, lo último que quería era mancharme las manos de sangre otra vez. La señora Amberton respondió que en su carro tardaríamos una hora y que llegaríamos al atardecer. Finalmente aceptamos acompañarlos, aunque un poco nerviosos.
– Al menos avanzaremos unos kilómetros -me susurró Dominique al oído-. Y si no nos gusta, nos marchamos y ya está.
Asentí con la cabeza. Una vez más, acataba órdenes.
Mientras avanzábamos por el camino lleno de baches, oscureció. En contra de la costumbre de la época, la señora Amberton conducía el carro e insistió en que Dominique se sentara delante con ella, mientras que su marido, Tomas y yo nos acomodamos detrás. Como siempre, mi hermano se valió de las prerrogativas de su corta edad para quedarse dormido de inmediato. Por mi parte, permanecí despierto y dando conversación al flatulento señor Amberton, que cada dos por tres se echaba al coleto un trago de whisky con visible fruición y luego soltaba toses, carraspeos y escupitajos.
– ¿A qué se dedica usted? -pregunté para que la conversación no languideciera.
– Soy maestro de escuela. Doy clase a cuarenta mocosos del pueblo. Mi mujer es cocinera.
– ¿Y tienen hijos?
– Oh, no. -Amberton se echó a reír, como si la sola idea fuera un disparate-. Es por culpa del accidente que sufrí en Londres. El caso es que no se me empina, ¿entiendes? -susurró con una sonrisa. Me quedé pasmado ante su falta de pudor-. Trabajaba en la construcción de unas casas en la ciudad y se me cayó encima una viga enorme. Al parecer me dejó fuera de servicio de forma permanente. Quizá vuelva a ser el que era algún día, pero después de tanto tiempo lo dudo. No me importa mucho, la verdad. A la señora Amberton no parece molestarla. Hay otras maneras de satisfacer a una mujer, ¿sabes? Algún día lo aprenderás, chico.
– Ajá -murmuré, y cerré los ojos; no quería conocer ningún detalle más sobre la vida privada de los Amberton.
– A menos que tú y… -Señaló con la cabeza a Dominique, puso los ojos en blanco con lascivia, sacó la lengua y la agitó de forma repulsiva-. Vosotros dos…
– Es mi hermana -lo interrumpí.