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Me citó en su despacho un sábado al mediodía del verano de 1895. Estaba sentado a un gran escritorio de caoba, pero se levantó de inmediato y se acercó para estrecharme la mano efusivamente, lo cual me sorprendió. Su cabello gris había emblanquecido completamente desde la última vez que lo había visto, y me recordó al escritor estadounidense Mark Twain.

– Me alegro de volver a verlo, Matthieu -dijo mientras me acompañaba a un mullido sofá situado ante un sillón de orejas, en el que se sentó-. ¿Cuándo fue la última vez?

– Hace un año más o menos -contesté un poco nervioso, indeciso sobre si debía pedir disculpas por mi comportamiento del pasado o hacer como si no hubiese ocurrido nada. Para tranquilizarme me dije que un hombre de su posición y con tantas responsabilidades no podía acordarse de todos y cada uno de los desaires que recibía-. Si no me equivoco, en la fiesta de Krakov.

– Ah, sí. Fue terrible lo que le ocurrió, ¿verdad?

(Sólo unas semanas atrás, Petr Krakov, ministro del gobierno, había sido abatido a tiros ante las puertas de su casa. Nadie había reivindicado el atentado y se sospechaba de cierto movimiento clandestino, lo que no dejaba de resultar sorprendente, pues Alejandría era todo menos una ciudad violenta.)

– Espantoso -convine-. Quién sabe en qué asuntos estaría metido… Un final trágico, ciertamente.

– Bueno, no vale la pena especular -se apresuró a decir, como si se callara algo-. Tarde o temprano sabremos la verdad. Hablar por hablar no nos llevará a ninguna parte.

Observé su expresión. ¿Sería una indirecta? No sabía qué pensar, pero al final decidí que no había querido insinuar nada, al menos por el momento. Tenía la mesa cubierta de fotos enmarcadas y le pregunté si podía mirarlas. Sonrió e hizo un ademán de asentimiento.

– Ésta es mi mujer, Dolores. -Señaló a una dama de aspecto jovial que posaba a su lado en una de las fotos y que parecía estar envejeciendo con dignidad. Sus rasgos eran hermosos y saltaba a la vista que había sido una belleza en su juventud y quizá una mujer deslumbrante en la madurez-. Y éstos son mis hijos. Y algunas de sus respectivas esposas e hijos.

Era una familia muy numerosa y, mientras me enseñaba sus retratos, Averoff rezumaba orgullo; una vez más, sentí envidia de él. En un plano profesional, Georges Averoff y yo teníamos vidas muy semejantes: ambos éramos empresarios y ganábamos mucho dinero gracias a nuestra inteligencia y astucia; sin embargo, mi vida familiar era muy pobre comparada con la suya. ¿Cómo era posible que después de todos mis matrimonios y relaciones (fracasados en su mayoría) no hubiera tenido siquiera un hijo o algo parecido a una familia feliz? Quizá fuese cierto eso de que sólo hay una mujer adecuada para cada hombre, y yo la había perdido. Aunque nunca se me hubiera ocurrido pensar que podría conservarla.

– Dígame, querido Matthieu -prosiguió con una amplia sonrisa mientras volvíamos a tomar asiento frente a frente-, ¿a qué se debe su visita?

Conté los acontecimientos vividos durante los últimos meses y describí con detalle los geniales planes de Pierre, que parecían más y más condenados al fracaso a medida que pasaba el tiempo. Mostré la carta en petición de ayuda que le escribía el príncipe heredero Constantino y enumeré la serie de desastres que habían conducido a que se planteara la posibilidad de celebrar las Olimpiadas en Hungría. Apelé a su patriotismo, subrayando lo importante que sería para Grecia albergar los primeros Juegos de la era moderna; en honor a la verdad, no tuve que explayarme demasiado, pues de inmediato George se comprometió a ayudar.

– Por supuesto que colaboraré -insistió extendiendo los brazos-. Se trata de un hito de la mayor importancia. Haré todo lo que esté en mi mano, se lo prometo; pero dígame, Matthieu, ¿a qué se debe su interés? Que yo sepa usted no es griego.

– Nací en Francia.

– Me lo imaginaba. Entonces, ¿por qué se toma tantas molestias para ayudar a los griegos y a De Coubertin? Es raro, ¿no cree?

Clavé la mirada en el suelo, sin saber si debía hablarle de mis verdaderos motivos.

– Hace unos años -dije finalmente- contraje matrimonio con la hermana de Pierre de Fredi. De hecho, seguimos casados. Con ella me porté de un modo… digamos lamentable. Eché a perder lo que podría haber sido una relación maravillosa y le hice mucho daño. No me gusta herir a las personas, Georges. Ahora intento compensarla.

Asintió lentamente.

– Entiendo. ¿E intenta que vuelva con usted?

– No creo que pueda. Para serle sincero, al principio esa eventualidad no estaba dentro de mis planes. Sólo quería ayudarla de alguna manera. Aunque últimamente nos hemos vuelto a acercar gracias al asunto de los Juegos y los antiguos sentimientos han vuelto a aflorar. Al reencontrarnos, ella me hizo un gran favor. Tengo un sobrino, Thom, cuya vida no ha sido fácil. Su padre murió en circunstancias violentas cuando él era un niño de pecho y su madre se volvió alcohólica. Hace poco el chico vino a verme; acababa de salir de la cárcel, donde había cumplido condena por un delito menor, y parecía necesitar desesperadamente un poco de estabilidad en su vida. Haciendo gala de su generosidad habitual, Céline le ofreció un trabajo de auxiliar administrativo en su despacho, que le ha venido a mi sobrino como anillo al dedo, pues necesita dinero y algo que hacer durante el día. Ignoro la razón, pero el chico no quiere saber nada de su tío, ni acepta nada que provenga de mí. Céline se ha portado con él como un ángel y todo debido a nuestra antigua relación. Creo que tengo que… -Enmudecí, sorprendido conmigo mismo por lo que estaba diciendo-. Perdón. No creo que le interese oír todas estas nimiedades. Debo de parecerle un hombre ridículo.

Se encogió de hombros y rió con cortesía.

– Al contrario, Matthieu. Siempre es interesante conocer a un hombre que tiene conciencia. Hasta diría que pertenece a una especie rara. ¿De dónde la ha sacado usted?

Dudando si me tomaba el pelo o no, sonreí; estaba claro que aludía a nuestra disputa del pasado. De repente sentí un enorme respeto por ese hombre y decidí contarle la verdad.