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A mediados de mayo recibí una llamada de Caroline Davison, la hija de P.W. Quería hablar conmigo. Le propuse cenar en mi club, pero ella prefirió que nos encontráramos en mi despacho durante el día. No se trataba de una visita social sino profesional, aclaró, y por teléfono su tono de voz, seco e impersonal, me llamó la atención. Sin embargo, no pensé más en Caroline hasta unas horas antes de la cita, cuando vi su nombre escrito en la agenda.

Llegó puntualmente a las dos de la tarde: una joven bien vestida, pelo negro cortado a lo garçon. Tenía una cara bonita, ojos castaños, nariz pequeña y pómulos pronunciados bajo una fina capa de maquillaje. Le eché unos veintiocho años, aunque, si alguien debería saber que no se puede juzgar la edad de las personas por su apariencia, ése soy yo. Si Caroline hubiera tenido quinientos cincuenta años no me habría extrañado; hasta podría haber sido la séptima mujer de Enrique VIII, ¿por qué no?

– ¿Y bien? -dije en cuanto nos sentamos el uno frente al otro ante una bandeja de té para entablar una conversación educada tratando de medir nuestras respectivas fuerzas-. ¿Tienes noticias de tu padre?

– Al parecer está en el Caribe. Cuando me llamó la semana pasada viajaba de isla en isla y disfrutaba de lo lindo.

– ¡Qué suerte tienen algunos!

– Ya lo creo. No he tenido vacaciones en dos años, ojalá pudiera ir al Caribe. Por lo visto ha conocido a una mujer, aunque tal como la describe debe de ser casi una niña. Un bomboncito de dieciocho años con lei y todo.

– Entonces está en Hawái -dije.

– ¿Qué?

– Las guirnaldas que se cuelgan alrededor del cuello, los leis, no son del Caribe sino de Hawái. Allí no sé qué tradiciones tienen.

Por un instante me clavó la mirada.

– Bueno, sea lo que sea -repuso-, es evidente que mi padre está pasando por la crisis de los cincuenta, lo típico. ¿Ha sufrido alguna vez una crisis de edad?

Solté una carcajada.

– Sí, pero hace ya unos años; casi la he olvidado. Y crisis de edad no es la expresión más adecuada.

– En cualquier caso, dudo que lo veamos regresar a esta miserable ciudad en los próximos meses. ¿Quién echa de menos el metro y la contaminación? ¿Quién necesita vivir con millones de personas y ver al jodido Richard Branson haciendo el memo en la tele noche tras noche cuando puedes disfrutar de playas tropicales, tomar el sol y beber cócteles a todas horas? Él puede pagárselo; por desgracia, yo no.

Tras este pequeño arrebato de inesperada sinceridad se reclinó en su silla. Me acaricié la barbilla mientras intentaba formarme un juicio de la joven.

– ¿A qué te dedicas? -pregunté; no dejaba de sorprenderme que P.W. jamás me hubiera hablado de esa hija que parecía tan segura de sí misma. La mayoría de los padres se sentirían orgullosos de tener una hija como ella.

– Trabajo en tiendas de música. Soy jefa de zona de una cadena que vende al por menor en Londres y en el sudeste de Inglaterra. Cuarenta y dos tiendas en total.

– ¡Vaya! -exclamé, impresionado porque asumiera tanta responsabilidad siendo tan joven-. Eso significa…

– Si quiere que le sea sincera, tras salir del colegio no he hecho otra cosa. La universidad, ni pisarla. Y desde entonces he ido ascendiendo; de dependienta pasé a subdirectora y luego a directora de sucursal. Conseguí el puesto de jefa de zona porque los demás candidatos eran unos inútiles perezosos. Ahora me he convertido en su jefaza -agregó.

Sonreí.

– ¿Y cómo los tratas?

– Dentro de lo que cabe, con mucha mano izquierda, aunque daría lo que fuera por perder de vista a media docena o que el día menos pensado les cayera un ladrillo en la cabeza. Intento convencerlos de que cambien de profesión, pero no hay manera, no sabe cómo se aferran a su puesto de trabajo. Pero a mí me apetece un cambio. Lo único que tengo, más que una vida, es ambición.

– ¿Y no necesitas nada más?

– Ambición y talento. Le seré franca, señor Zéla: estoy buscando trabajo. Siento que en la venta al por menor -añadió con cara de asco- he llegado a mi techo.

– Llámame Matthieu, por favor.

– Y en este momento esto me ha venido como caído del cielo, ¿no cree, Matthieu?

Asentí con la cabeza, me acabé el té y me pregunté en qué instante daría por concluida la conversación, me levantaría y me despediría de la joven, cuando de pronto reparé en el enigmático sentido de sus últimas palabras.

– ¿A qué te refieres? -pregunté enarcando las cejas-. ¿Qué te ha caído del cielo?

– Es mi oportunidad -repuso con una sonrisa radiante.

Hubo un silencio.

– Perdona, no te entiendo -dije al cabo.

– Estoy hablando de trabajar en este canal de televisión -aclaró, inclinándose y mirándome como si se las viera con un auténtico imbécil-. Es la oportunidad perfecta en el momento perfecto. Llevo once años en el mismo sitio; es hora de moverse, de empezar en otro lugar. Resulta estimulante. Me muero de ganas de afrontar este desafío.

– ¿Quieres trabajar aquí? -No dudaba de que se trataba de la clase de mujer ideal para tener en plantilla, pero aún no se me ocurría qué trabajo ofrecerle-. Pero, dime, ¿qué quieres hacer exactamente?

– Mire, señor Zéla -dijo mostrando al fin sus cartas al tiempo que cruzaba las piernas-, mi padre me ha dado poderes y quiere que lo represente en el negocio. Cuento con sus acciones para maniobrar. Podría decirse que ya estoy trabajando en el canal. De modo que desearía que a partir de ahora se me informara de todos los planes y transacciones de la compañía. Entretanto, me pondré al día con los antecedentes y requisitos del negocio. Espero que lo comprenda. También deberé echar una ojeada a los presupuestos y valorar las previsiones, la productividad, los índices de audiencia y las cuotas de mercado; ese tipo de cosas, ya me entiende.

– Bien -repuse con voz pausada y recelosa mientras trataba de escudriñar el futuro y calibrar lo que significaría la presencia de Caroline Davison en la empresa. Debería haberlo esperado, pero nunca me había pasado por la cabeza que alguien pudiera ocupar el puesto de P. W. Imaginaba que se conformaría con ser un socio comanditario, sin trabajar y retirando sus ganancias cada trimestre. En realidad P.W. nunca había hecho mucho más-. Bueno, supongo que se podrá arreglar. Tienes toda la documentación necesaria, ¿no?

– Por supuesto -contestó muy segura de sí-. No hay ningún problema. Esta misma tarde los traeré con la bici para que el departamento legal los repase. Pero lo que importa es que me encantaría trabajar aquí, no que me emplearan o me pagaran un sueldo. Me interesa trabajar en este canal.

– ¿Te refieres a salir en pantalla? -No me pareció una idea descabellada. Era joven, atractiva, inteligente; tal vez se convirtiera en la sustituta de Tara. ¿Dónde la pondría? ¿Como mujer del tiempo? ¿En las noticias? ¿Documentales?

– No, no me apetece salir en pantalla -repuso riendo-. Me gustaría trabajar entre bastidores. Quiero el puesto de James Hocknell.

Parpadeé. Pese a admirar su franqueza, me azoró su arrogancia.

– No lo dirás en serio.

– Sí, muy en serio.

– Pero te falta experiencia.

– ¿Que me falta experiencia, dice? -Me dirigió una mirada de asombro-. Durante nueve años he sido directora de una compañía importante, con una facturación anual de dieciséis millones de libras. Tengo a mi cargo unos seiscientos empleados. Administro…

– Careces de experiencia en los medios de comunicación, Caroline. Nunca has trabajado en un periódico ni en televisión ni en cine, ni siquiera has estado en una agencia de relaciones públicas. Tú misma me has contado que siempre te has dedicado a la venta al por menor. ¿Tengo razón o no?

– Sí, tiene razón, pero…

– Deja que te haga una pregunta -la interrumpí, levantando la mano para que guardara silencio. Se echó hacia atrás en su asiento con actitud enfurruñada y se cruzó de brazos como una niña consentida a quien se le hubiera negado un capricho-.