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Poco después de nuestra llegada conocimos a Thérèse Nantes, la hija de los dueños de la pensión. Era una joven morena de dieciocho años que, a juzgar por su permanente irritación, no debía de tener hermanos, por lo que sobre sus hombros recaía gran parte de la responsabilidad del negocio familiar. Imaginé que en épocas más boyantes la familia Nantes debía de contar con la ayuda de un batallón de camareras y cocineros, pues la pensión tenía capacidad para unos treinta huéspedes. En ese momento, debido a la escasez de visitantes en la ciudad, sólo se alojaban en la pensión un matrimonio de mediana edad que llevaba viviendo allí muchos años y un par de viajantes de comercio. Thérèse deambulaba por las salas con el ceño perpetuamente fruncido y siempre que sus padres le decían algo respondía con un gruñido. A la hora de comer aprendimos a no pedir nada que no tuviéramos en el plato, pues corríamos el riesgo de que la comida acabara misteriosamente en nuestro regazo.

Sin embargo, su humor mejoró muchísimo al trabar amistad con mi sobrino. Al principio apenas se notaba el cambio, pero a medida que fueron pasando los días advertí que cuando entrábamos en el comedor nos dirigía un gesto sospechosamente parecido a una media sonrisa. La mañana que me sirvió el desayuno y me deseó «buen provecho» casi me caigo de espaldas, y la noche que estábamos sentados en el salón y nos sorprendió con el ofrecimiento de otra copa de vino me atreví a entablar conversación con ella.

– ¿Sabe dónde están monsieur Lafayette y su esposa? -pregunté, refiriéndome a la pareja de franceses que se hospedaban en la pensión-. Imagino que no habrán salido a tomar el aire.

– ¿Es que no se ha enterado? -preguntó Thérèse, sacando una botella de vino de un aparador mientras pasaba el dedo para comprobar si había polvo-. Se han ido. Según tengo entendido, se han marchado a vivir al campo.

– ¿Al campo? -Me resultaba extraño que no se hubieran despedido de nosotros, pues en el tiempo que llevábamos viviendo allí habíamos mantenido cierta amistad-. ¿Y cuándo volverán? Pensaba que se quedarían aquí hasta el final de sus días.

– Se han ido para siempre, señor Zéla.

– Llámame Matthieu, por favor.

– Esta mañana, muy temprano, han hecho las maletas y han cogido un coche en dirección al sur. La señora ha armado un escándalo por tener que cargar con ellas. Le he dicho que no creía que por lo que me pagan tenga que hacer ciertas cosas, pero ella…

– Pues no he oído nada -la interrumpí, temiendo que continuara quejándose.

Me dirigió una mirada furibunda al tiempo que Tom tosía con diplomacia y se volvía para mirarla a los ojos.

– Con dos bocas menos que alimentar dispondrás de más tiempo para ti -le dijo a modo de consuelo.

Thérèse siguió observándome unos segundos antes de desviar la vista hacia mi sobrino y esbozar una sonrisa.

– Eso no tiene importancia -afirmó como si él hubiera sugerido que la tenía-. Me gusta trabajar aquí.

Se me escapó una inoportuna carcajada y Thérèse me dirigió otra de sus miradas asesinas. A continuación entornó los ojos como si pensara una respuesta.

– ¿Por qué no te sientas con nosotros? -propuse en tono conciliador. Me levanté y le ofrecí el sillón vacío que había entre el mío y el de mi sobrino-. Tómate una copa de vino. Supongo que por hoy has terminado, ¿no?

Me miró sorprendida y se volvió hacia Tom, quien la animó a sentarse con un gesto de la cabeza. Thérèse se encogió de hombros y con mucha dignidad se acercó al sillón y se sentó. Tom cogió otro vaso y sirvió una buena ración de vino que ella aceptó con una sonrisa. Nos quedamos callados. Me repantigué en el sillón y me devané los sesos buscando un tema de conversación, l'or suerte, el silencio duró muy poco, pues a Thérèse el vino le soltó la lengua enseguida.

– En cualquier caso, la señora nunca me cayó bien -afirmó, refiriéndose a nuestra antigua compañera de pensión-. Se comportaba de un modo que nunca aprobaré. A veces, por la mañana, cuando entraba en su habitación… -Sacudió la cabeza como si no quisiera horrorizarnos con el relato de los destrozos que el matrimonio Lafayette podía causar en su pequeña habitación.

– Conmigo siempre fue muy educada -dije.

– Una vez me invitó a pasar a su habitación -recordó Tom de repente, alzando la voz como si no pudiéramos oírlo bien-. Me pidió que la ayudara a correr las cortinas. De pronto se arrojó sobre mí y… -Se interrumpió, ruborizado, y me di cuenta de que no había tenido intención de contar esa historia-. En fin, su comportamiento no fue el propio de una dama -concluyó con un hilo de voz-. Yo… supongo… -Nos miró confuso y por primera vez oí reír a Thérèse.

– Te encontraba muy atractivo -declaró, y me pareció ver que le guiñaba un ojo a mi sobrino-. Sólo había que ver cómo te miraba cuando entrabas en el salón.

Tom frunció el entrecejo, como si lamentara el giro que había tomado la conversación.

– ¡Dios mío! -exclamó horrorizado-. ¡Si debe de tener cuarenta años!

– Oh, sí, es más vieja que Matusalén -dije, pero ambos hicieron caso omiso del comentario.

– Me trataba con desdén -prosiguió Thérèse-. Seguramente envidiaba mi juventud y mi belleza. Tiene varias entradas en mi libro de sucesos.

– ¿Tu qué? -pregunté, pensando que no había oído bien-. ¿Qué es eso de un libro de sucesos?

Ahora fue Thérèse quien pareció inquietarse un poco, como si se le hubiera escapado algo que no quería decir.

– Es una tontería, una especie de diario -contestó en tono de disculpa, sin mirarme a los ojos-. Me sirve para pasar el rato.

– Pero ¿un diario sobre qué? -preguntó Tom, intrigado también.

– Sobre la gente que me ha ofendido alguna vez -repuso con una risita, aunque hablaba en serio-. Guardo un diario sobre la gente que me ha tratado mal o que me ha causado alguna ofensa. Hace años que lo escribo.

La miré fijamente. Sólo se me ocurrió una pregunta.

– ¿Por qué lo haces?

– Para no olvidarme -repuso con perfecta calma-. A todos los cerdos les llega su San Martín, señor Zéla… Matthieu -se corrigió antes de que yo protestara-. Quizá suene absurdo, pero…

– No lo es, en absoluto -me apresuré a contestar-. Pero me parece un poco raro, eso es todo. Supongo que es una manera de recordar… -No sabía cómo terminar, así que corté por lo sano y añadí una frase convencional-. De recordar cosas que han ocurrido.

– Espero no tener muchas entradas en tu diario, Thérèse -terció Tom con una sonrisa de oreja a oreja.

La joven negó con la cabeza y sonrió a su vez, como si la sola idea fuera impensable.

– No te preocupes, que no he escrito nada sobre ti. -Se inclinó hacia Tom y le rozó la mano.

Recalcó el «ti» para que quedara claro que mi caso era diferente. Por si eso fuera poco, me dirigió una mirada de reproche que hizo que me removiese incómodo en el sillón mientras me preguntaba cuándo y cómo habría ofendido a esa chica. Permanecí callado un rato, bebiendo. Rellené el vaso hasta tres veces, mientras Thérèse y Tom coqueteaban como si yo no estuviera presente, y cuando me disponía a excusarme y abandonar la habitación me vinieron a la cabeza unas palabras que ella había pronunciado.

– A todos los cerdos les llega su San Martín -recordé en voz alta para llamar la atención de ambos, que me miraron extrañados, como si hubieran pensado que ya no estaría allí-. De modo que piensas eso, ¿eh, Thérèse?

Pestañeó desconcertada, pero respondió en tono contundente:

– Pues claro que lo pienso. ¿Usted no?

Me encogí de hombros sin saber qué contestar y ella aprovechó mi titubeo para añadir:

– En esta ciudad… -Hizo una pausa cargada de dramatismo-. En los tiempos que corren, ¿cómo no iba a pensarlo?