– Dime, Thérèse, ¿qué pensaste al ver cómo guillotinaban a esas personas? Una mujer inocente, un muchacho, un rey… ¿Cómo te sentiste?
Tenía el vaso apoyado en los labios y el intenso reflejo rojo del vino me pareció apropiado para nuestro tema de conversación. Apartó la mirada y respondió con voz profunda:
– Desagraviada.
Mi estancia en París se prolongó más de lo que preveía. Con el tiempo, la notable influencia de Thérèse sobre Tom se invirtió y las ideas sediciosas de ella se vieron eclipsadas por el fervor revolucionario de mi sobrino. Aunque debía reconocer que ya no era el gandul de unos meses atrás, el camino por el que lo arrastraban sus pasiones me daba muy mala espina. Viajé por el país y en más de una ocasión pensé en romper relaciones con mi sobrino y volver a Inglaterra, pero, como era consciente de que dependía de mi caridad, no me atreví. Viví una temporada en el sur de Francia -donde el ambiente estaba casi tan cargado como en París- y a continuación fui a los Alpes a pasar unas semanas. Allí reinaba la paz, y el blanco manto de nieve supuso un enorme descanso para mis ojos, acostumbrados al rojo omnipresente en la capital. Cuando a finales de 1793 volví a París, descubrí que Tom se había convertido en un revolucionario consumado.
En poco tiempo había conseguido sumarse a las filas del poder jacobino y ahora trabajaba como secretario de Robespierre, el principal garante del Terror. Su relación con Thérèse se había estabilizado y juntos habían dejado la pensión para compartir un apartamento cerca de la rue de Rivoli, y allí me dirigí una oscura tarde de viernes poco antes de Navidad.
Tom había cambiado mucho. En seis meses parecía haber envejecido seis años. Llevaba el cabello muy corto, se le marcaban los pómulos y su rostro presentaba un aspecto más varonil y serio. Hacía ejercicio a diario, por lo que su cuerpo se había fortalecido y ensanchado. Su figura, que antaño poseía un atractivo casi femenino, era la imagen del auténtico revolucionario, y casi daba miedo llevarle la contraria. Thérèse también había cambiado. Tras convertir a su amante a sus creencias, parecía haberse distanciado de ellas y permitía que Tom gobernara la nave de sus destinos. Mientras él hablaba, ella no paraba de tocarlo; le acariciaba la mejilla, le rozaba una pierna, y él no parecía darse cuenta.
– Me llama la atención -dije cuando nos sentamos ante la chimenea, después de cenar- que hasta el año pasado no conocieras este país y que ahora luches de esa forma por su supervivencia. Esa pasión recién descubierta por un país desconocido me resulta un poco rara, la verdad.
– Seguramente siempre la he llevado en la sangre -repuso con una sonrisa; una vez más oía esa palabra de sus labios-. Al fin y al cabo, soy medio francés. Algún día tenía que surgir, ciudadano.
– Es posible. Como bien dices, eres medio francés y medio inglés, una combinación explosiva -bromeé-. Vivirás en continuo conflicto contigo mismo, dividido entre tu lado prosaico y tu lado artístico.
– Ahora sólo vivo para una cosa -afirmó muy serio-. Lucho para que la República francesa se fortalezca cada vez más hasta convertirse en la más poderosa del mundo.
– ¿Y el Terror consigue eso? ¿Crecer a través del miedo?
– Tom cree en la causa, ciudadano -terció Thérèse, y su voz sonó ronca y cálida al pronunciar el nombre de su amante-, como todos nosotros. Los muertos han contribuido tanto como los vivos. Es parte de un ciclo natural, un proceso absolutamente natural.
Puras tonterías, pensé.
– Deja que te cuente una historia -dijo Tom retrepándose mientras Thérèse se acurrucaba en su regazo; una de sus manos colgaba indolente sobre la ingle de mi sobrino-. Si hubieras venido hace unas semanas y me hubieses preguntado quién era mi mejor amigo, te habría contestado Pierre Houblin, que hasta hace poco trabajaba conmigo en la Asamblea Nacional. Llevaba allí mucho más tiempo que yo y, por supuesto, ocupaba un cargo de mayor importancia. Pierre tenía más o menos mi edad, quizá fuera un poco mayor, y el caso es que, no sé cómo, nos hicimos amigos, se convirtió en mi protector y me presentó a personas influyentes que podían ayudarme a ascender. Pierre había formado parte del grupo que promovía reformas cuando aún reinaba Luis XVI, había trabajado codo con codo junto a Robespierre y Danton y no había desperdiciado ocasión para conducir la revolución a sus últimas consecuencias. Lo respetaba muchísimo y a la vez era como un hermano para mí, un consejero sabio y experimentado. Conversábamos largo y tendido, los dos solos, en las mismas sillas en que estamos sentados ahora. Hablábamos acerca de todo; la vida, el amor, la política y la historia, sobre lo que estábamos haciendo en y para París y de lo que nos reservaba el futuro. Para mí no existía hombre más grande en toda Francia; me abrió la mente a infinidad de cosas, de verdad, si ahora no las enumero es porque nunca acabaría.
Asentí, aunque no muy convencido. Por lo general, los amores a primera vista suelen ser pasajeros. Es inevitable que sus víctimas entren en razón al cabo de poco tiempo y no entiendan cómo han podido sucumbir a esos sentimientos.
– ¿Y bien? ¿Dónde está ahora el tal señor Houblin? -pregunté-. ¿Por qué me cuentas todo esto, ciudadano? -añadí con sarcasmo.
– Te lo cuento -respondió con irritación- para que veas hasta qué punto estoy comprometido con la causa. Hace unas semanas Pierre y yo estábamos sentados en este apartamento; Thérèse, tú también estabas, ¿recuerdas? -Miró a la joven, que asintió en silencio-. Hablábamos sobre la revolución, como siempre. La revolución, siempre la revolución. Nos obsesionaba. Pierre recordó que sólo en el mes anterior habían guillotinado a más de cuatrocientas personas en París. Me sorprendió que fueran tantas, pero tuve que admitir que no podían ser menos, y entonces nos quedamos en silencio unos instantes. Pierre estaba inquieto y le pregunté si le pasaba algo, si había dicho alguna cosa que le hubiera molestado. De pronto se levantó y se puso a andar de un lado a otro de la habitación.
»-¿No te parece que las cosas están empezando a desmadrarse? -inquirió exasperado-. ¿No crees que muere demasiada gente, demasiados campesinos y muy pocos aristócratas?
»Sus palabras me sorprendieron, pues todo el mundo sabe que la única manera de conseguir el objetivo final es deshacerse de todos los traidores y que sólo queden los auténticos franceses, iguales y libres. Estuvimos discutiendo un buen rato hasta que me dio la razón y pasamos a otra cosa. Pero su actitud me dio que pensar. ¿Y si a Pierre ya no le quedaban agallas para participar en la historia como antes?, me decía.
– Quizá empezara a remorderle la conciencia -apunté, pero Tom negó enérgicamente con la cabeza.
– ¡Qué va! Esto no tiene nada que ver con la conciencia. Cuando se lucha por cambiar, por transformar un sistema abusivo que ha existido durante siglos, debe hacerse todo lo posible para que triunfe la justicia. No hay lugar para la tibieza en esta lucha.
Cualquiera que lo hubiera oído habría pensado que estaba pronunciando un discurso político; la misma Thérèse se levantó para permitirle gesticular con mayor libertad.
– De acuerdo, pero quizá sea conveniente que haya un equilibrio de fuerzas en la Asamblea -sugerí pausadamente, temiendo que se levantara de un salto y me estrangulara allí mismo por mostrar mi desacuerdo-. Ya verás como el señor Houblin tendrá más que aportar ahora que antes.
Tom rió con amargura.
– No lo creo -repuso con un suspiro-. Unos días más tarde mandé una nota a monsieur Robespierre en la que le contaba la conversación mantenida con Pierre. Añadí que se estaba volviendo demasiado moderado para confiarle secretos de Estado o documentos de importancia. Le transcribí nuestra conversación palabra por palabra y dejé que Robespierre actuara como creyera conveniente.