Выбрать главу

Parpadeé incrédulo; por desgracia, sabía cómo acabaría esa historia.

– Así que lo… destituyeron -sugerí esperanzado.

– Esa misma tarde lo arrestaron, y al día siguiente lo juzgaron por traición. Un tribunal lo declaró culpable, ¡un tribunal de justicia, tío Matthieu! Y a la mañana siguiente lo guillotinaron. Lo siento mucho, pero en una revolución no hay lugar para los tibios. O estás en cuerpo y alma… -hizo una pausa efectista, segando el aire con la mano como si fuera la guillotina- ¡o no estás!

Suspiré y empecé a notarme un poco mareado. Me volví hacia Thérèse, que escudriñaba mi reacción sonriendo. Se pasaba la lengua por los labios muy despacio, como si disfrutara de la historia. Negué con la cabeza con tristeza; no cabía duda de que estaban hechos el uno para el otro.

– De modo que lo delataste -dije en voz baja-. Vaya. Denunciaste a tu mejor amigo, al hombre que respetabas más que a nadie en el mundo.

– Fue un acto de sumo patriotismo -replicó Tom-. Sufrí la muerte de mi mejor amigo, prácticamente un hermano, por defender la República. ¿Existe un sacrificio mayor? Deberías estar orgulloso de mí, tío Matthieu. Orgulloso.

Esa noche, antes de salir del apartamento, consciente de que había llegado el momento de dejar París, Francia y todo el continente europeo abandonando a su suerte a mi sobrino, le hice una última pregunta.

– Ese amigo tuyo, ese Pierre, era una persona importante en la Asamblea, ¿verdad?

Se encogió de hombros.

– Sí, claro. Tenía un cargo de responsabilidad.

– Y una vez fallecido… después de que lo guillotinaran, ¿quién lo sustituyó?

Tom se puso serio. Había tanto odio en su mirada que por un instante temí por mi vida. Después pensé que no me traicionaría, al fin y al cabo era su tío, pero cambié de opinión de nuevo y me dije: «¡Qué tonto eres! ¡Pues claro que lo haría!» Thérèse parecía aterrada por mi pregunta, pues conocía la respuesta y sólo quería saber si Tom mentiría o no.

– Bueno -dijo tras lo que me pareció una eternidad-, alguien tiene que hacer el trabajo esencial de la República, alguien cuya lealtad sea irreprochable.

Le dirigí una última mirada y antes de salir a la calle me arrebujé con la bufanda, asegurándome de que mi cabeza seguía bien sujeta al cuerpo.

Volví a Londres y siete meses más tarde, en julio de 1794, recibí una carta inesperada. Durante ese tiempo había leído sobre la Revolución francesa en los periódicos: París era una herida abierta en el corazón de Europa por la que derramaba sangre sobre toda la sociedad. Sólo de pensar en cómo debía de ser la vida allí me daban escalofríos. A pesar de lo mucho que me había decepcionado, la suerte de mi sobrino seguía preocupándome. Antes de abandonar París de forma definitiva, había temido que Tom me denunciase por traidor y me condenaran a morir en la guillotina; por otra parte, no quería tener nada que ver con aquel terrible derramamiento de sangre. Sin embargo, mis planes se vieron repentinamente alterados cuando recibí la siguiente misiva:

París, 6 de julio de 1794

Querido señor Zéla:

Le escribo a mi pesar. Aquí las cosas se están poniendo muy feas y es importante que venga cuanto antes. Temo por tres vidas y no consigo persuadir a Tom de que se proteja de la marea de los acontecimientos; no hay duda de que el poder lo ha enloquecido, señor. Se avecinan graves problemas. Tom habla de usted a menudo y dice que le gustaría verlo. Por favor, venga si puede.

Atentamente,

Thérèse Nantes

***

Como es natural, aquella carta me dejó anonadado, pues había perdido la esperanza de tener noticias de mi sobrino, por no hablar de la mujer con quien vivía. Durante un par de días no cesé de darle vueltas al asunto; por un lado quería mantenerme lo más lejos posible de París, pero por otro no podía pasar por alto aquella petición de auxilio, que parecía muy urgente. Unos días más tarde llamaba a su puerta.

– Ahora todo es diferente, y Tom está demasiado unido a Robespierre -me contó Thérèse, que tenía el rostro más hinchado de lo que recordaba, sin duda a causa del embarazo-. Se lia convertido en su mano derecha, pero ahora navegan contracorriente. He intentado convencerlo de que huya de París, pero no hay manera.

– No lo entiendo. Robespierre es todavía un hombre poderoso, y según los periódicos…

– La situación es muy complicada -me interrumpió, mirando con inquietud la ventana, como si en cualquier momento fuera a entrar por ella un contrarrevolucionario para degollarla-. Todos los que mandan, Saint-Just, Carnot, Collot d'Herboid y el mismo Robespierre, están peleados. Su alianza se desmorona por momentos y no vivirán para contarlo, se lo aseguro. Tras la última discusión, Robespierre ha dejado de asistir a las reuniones del Comité de Salvación Pública. Ya verá como acaban arrestándolo también a él. La suerte está echada: si Robespierre cae, nosotros también.

– No le hagas caso, ciudadano. -Tom apareció por la puerta y nos sobresaltó a los dos-. Hola, Matthieu -añadió con frialdad. El que ya no me llamase «tío» no auguraba nada bueno-. ¿Qué te trae de vuelta a París? Creía que no te gustábamos.

Dirigí una mirada de extrañeza a Thérèse.

– ¿No sabías que venía? -pregunté volviéndome de nuevo hacia él-. Pensaba que…

– Ha venido porque estaba preocupado por ti -intervino Thérèse-. Hasta en Inglaterra saben lo que ocurre en París. No están tan lejos como piensas.

– Lo que ocurre en París -dijo en tono de contrariedad- es que vamos a ganar. Robespierre está en un momento inspirado. Crea alianzas por todas partes, incluso entre antiguos adversarios. Gobernará en solitario, ya verás.

– ¿En este ambiente? -gritó Thérèse-. ¡Cómo puedes engañarte de ese modo! Ahora todo el mundo desconfía de los poderosos. Su cabeza acabará en la guillotina en cuanto tenga un poco de poder, ésa será su recompensa. ¡Y si no vas con cuidado, la tuya también!

– No digas sandeces -replicó Tom-. Robespierre es demasiado poderoso para que le ocurra nada. No olvides que tiene el ejército de su lado.

– Al ejército le importan todos un comino -dijo Thérèse, doblándose de dolor mientras se agarraba la barriga-. Debemos irnos de París, tenemos que escapar de aquí como sea, cuanto antes mejor. Matthieu puede llevarnos con él, ¿verdad? Podríamos vivir con él en Londres, ¿no? Mira mi estado -añadió señalando su enorme vientre-. Quiero irme antes de que nazca el niño -añadió con firmeza.

Me encogí de hombros.

– Supongo que tienes razón -dije, consciente de que no iba a ser fácil, pues primero habría que persuadir a Tom, que replicó:

– Yo no voy a ninguna parte. No te hagas ilusiones.

La discusión continuó durante un rato y, como los dos eran muy tozudos, no llegaron a ninguna conclusión. Por fin, me despedí diciendo que volvería al cabo de unos días para ver cómo seguía Thérèse y que no podría prolongar mi estancia en París mucho más tiempo. A ella le aseguré que estaría encantado de que me acompañara en mi viaje de regreso a Inglaterra, pero respondió que ocurriera lo que ocurriese nunca abandonaría a Tom. El amor, al parecer, había acabado con todos sus principios revolucionarios de hacía un año.

Unos días más tarde Robespierre, con el apoyo de Tom, lanzó un feroz ataque a sus antiguos amigos y compañeros de revolución, a todos aquellos que conservaban cierta autoridad en París. Afirmó que esa gente sólo trataba de acabar con los logros de la República y exigió la disolución del Comité de Salvación Pública y de la Convención, de los cuales él mismo había sido miembro. A continuación se constituyeron nuevos comités para organizar el proceso político. Sorprendidos por la arrogancia y temeridad, por no decir la estulticia, de Robespierre, los miembros no reaccionaron de inmediato, pero cuando la tarde siguiente, en el Club de los Jacobinos, repitió las acusaciones y exigencias, yo mismo fui testigo de su locura.