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– Bueno, no pretenderás que recuerde los nombres de toda mi servidumbre, ¿verdad, Holby? -preguntó Nat en tono jovial-. Un hombre de mi posición -añadió tras una pausa.

– No importa, menos aún teniendo en cuenta que no formo parte de su servidumbre. -Mi amigo mantenía un tono cortés, aunque sus palabras se volvían cada vez más insolentes-. El que me paga es su padre, y así ha sido siempre. E imagino que también le paga a usted.

– De modo que imaginas eso, ¿eh? ¿Y quién se encarga de que todos los meses haya dinero suficiente en las arcas? -preguntó Nat sonriendo de oreja a oreja, y a continuación se volvió hacia mí, tal vez para evitar enzarzarse en una discusión.

Ignoraba si en el pasado se las habían tenido alguna vez, pero sabía algo que no debía de escapársele a Nat Pepys: Jack no se andaría con contemplaciones en lo que se refería al hijo del patrón.

– ¿Y tú? -preguntó mirándome de arriba abajo. Hizo una mueca mientras decidía si mi aspecto le gustaba y agregó-: ¿Quién diablos eres?

El tono no era tan agresivo corno las palabras, pero al no saber cómo dirigirme a él me quedé callado. Nunca había tratado directamente con su padre ni con su madre, y él era lo más cercano a un patrón que me hablaba desde mi llegada a Cageley. Miré a Jack en busca de apoyo.

– Se llama Matthieu Zéla -dijo Jack acudiendo al fin en mi ayuda-. Es el nuevo palafrenero.

– ¿Matthieu qué? -Nat parecía sorprendido-. ¿Cómo dices que se llama?

– Zéla.

– ¿Zéla? Dios mío, ¿y qué apellido es ése? Pero, chico, ¿de dónde provienes, con semejante nombre?

– Nací en París, señor -respondí en voz baja, sonrojándome-. Soy francés.

– Ya sé dónde está París, gracias -replicó-. Lo creas o no, estudié un poco de geografía en el colegio. ¿Y qué es lo que te ha traído por estos pagos, si no te importa que lo pregunte?

Me encogí de hombros. No sabía por dónde empezar.

– Es una larga historia. Resulta que…

Indiferente a mis explicaciones, se volvió y se puso a hablar con Jack mientras se quitaba los guantes de cuero y los metía en el bolsillo. Yo aún no había aprendido el significado de la expresión «pregunta retórica».

– Imagino que sabrás por Davies que este fin de semana vienen unos amigos míos.

Jack asintió con la cabeza.

– Es mi cumpleaños y Londres no es el lugar idóneo para celebrarlo -prosiguió Nat-. Serán siete en total y no llegarán hasta mañana, así que tenéis tiempo para hacer los preparativos. Lo quiero todo impecable, ¿entendido? -Miró al suelo con cara de asco, aunque era imposible tener el establo más limpio y ordenado de lo que estaba-. Tú, chico -añadió volviéndose hacia mí-, llévate mi caballo al establo y límpialo.

Asentí obediente y al ir a coger las riendas, el caballo se encabritó presa del pánico.

– ¡Por el amor de Dios! -exclamó Nat arrebatándome las riendas con violencia. El animal se quedó petrificado-. Así es como se hace, a ver si aprendes. Debes enseñarle quién manda, y con las personas es lo mismo. -Sonrió y, para mi incomodidad, volvió a examinarme como si fuera un campesino tirado en la cuneta. Bajé la mirada y cogí las riendas-. Supongo que habrá espacio para siete caballos más, ¿no? -preguntó a Jack mientras se alejaba.

– Diría que sí. -Jack se encogió de hombros-. En la tres hay mucho sitio, y podemos meter uno o dos aquí sin problemas.

– Muy bien… -Nat hizo una pausa para pensar-. Con tal de que tengan espacio para respirar… Saldremos de cacería, así que los caballos tienen que estar en buenas condiciones. Si es necesario, deja fuera alguno de mi padre. Esos animales se dan la gran vida; seguro que hasta comen mejor que algunos aldeanos.

Jack no abrió la boca, pero no me cupo duda que por nada del mundo sacrificaría la comodidad de uno de sus queridos caballos en beneficio de las cabalgaduras de los amigos de Nat Pepys.

– Bien, todo arreglado -concluyó finalmente Nat sin dejar de asentir. Desató su maletín de la grupa del caballo y agregó-: Será mejor que vaya a saludar a los viejos. Espero veros luego.

De camino a la mansión, se volvió una vez más y me lanzó una mirada socarrona, negando con la cabeza y murmurando «París» con desprecio. Me pareció que Jack tenía el semblante serio y los dientes apretados mientras seguía con los ojos a Nat. Era la viva imagen del odio.

Los siete amigos de Nat llegaron la tarde siguiente. Jack y yo estábamos allí para recibirlos cuando galoparon por el camino de entrada, mostrando la misma desconsideración a sus caballos reventados que Nat había exhibido la víspera. Desmontaron a toda prisa para saludar a su amigo, que se hallaba de pie unos pasos detrás de nosotros, y echaron a andar confiando en que alguien -concretamente Jack y yo- se ocuparía de sus cabalgaduras. Llevamos los animales a las cuadras para lavarlos y almohazarlos, una tarea larga y agotadora que nos tuvo ocupados el resto de la tarde. Los caballos estaban agotados, sudados y hambrientos, pues habían cubierto la distancia entre Londres y Cageley en un tiempo asombrosamente corto. Mientras yo lanzaba heno en el suelo de los establos, Jack calentó una enorme olla de avena y la echó en el pesebre. Cuando llegó la hora de ir a casa estábamos extenuados.

– ¿Qué te parece si vamos a la cocina y bebemos algo? ¡Nos lo hemos ganado! -propuso Jack mientras cerrábamos las puertas de las cuadras y comprobábamos que hubieran quedado bien atrancadas. Si escapaba algún caballo durante la noche estábamos perdidos.

– No sé… -repuse con aprensión-. ¿Qué pasaría si…?

– Vamos, Mattie, no seas cobarde. Mira, han apagado las luces.

Escudriñé las cocinas y, en efecto, todo estaba oscuro y no se veía un alma por los alrededores. Nadie nos había dicho que no pudiéramos ir a comer algo después del trabajo, de manera que al final acepté acompañarlo.

– La puerta está abierta -advirtió Jack con una sonrisa mientras entrábamos en las cocinas-. ¿Acaso tu hermana no sabe que debe cerrarlas con llave antes de irse a la cama?

Me encogí de hombros y me senté mientras Jack iba a la despensa, de la que volvió con dos botellas de cerveza que me mostró encantado.

– Aquí tienes, Mattie -dijo mientras las depositaba sobre la mesa-. ¿Qué te parece?

Cogí una y eché un buen trago. No estaba acostumbrado a la cerveza, y al principio el sabor amargo me provocó arcadas. Tosí un poco y Jack soltó una carcajada cuando se me escurrió un poco de líquido por la barbilla.

– ¡Ojo! ¡No la desperdicies! -exclamó sonriendo-. Sólo nos faltaría que nos descubrieran bebiendo cerveza. Así que échatela al coleto, no encima de ti.

– Perdona, Jack. Es que nunca había probado la cerveza.

Encendimos la pipa y nos reclinamos en las sillas de lo más relajados. Qué maravilloso debía de ser tener una vida ociosa, pensé. Abandonarse cuando a uno le viniera en gana, comer, beber y fumar cuando le apeteciera. Hasta los trabajadores se relajaban al final de la jornada y disfrutaban de los frutos de su esfuerzo. En cambio, yo ahorraba cuanto ganaba pensando en el día que Dominique y yo dejáramos Cageley para empezar una nueva vida en otro lugar.

– Este fin de semana voy a necesitar muchos momentos como éste -comentó Jack con actitud pensativa-. La que nos espera, con esta pandilla de gandules todo el día gritando y dando órdenes. Te juro, me entran ganas de… -Su voz se fue apagando, y finalmente se mordió el labio inferior, conteniendo su rabia.

– ¿Qué pasó entre Nat y tu Elsie? -pregunté. No es que hubiera notado que Jack y la joven tuvieran algún tipo de relación íntima, pero me pareció adecuado llamarla así porque él siempre se refería a ella como «mi Elsie».