– Qué quieres que te diga -comentó Mary-Ann mientras arrastraba un enorme saco desde la despensa. Se dejó caer en una silla junto a la cual había una palangana llena de agua y empezó a mondar patatas-, A mí también me gustaría salir a cazar. Me encantan los trajes que llevan y el modo en que cabalgan de un lado para otro. Ay, eso es mucho mejor que quedarse aquí pelando patatas.
– Te caerías de la montura a la primera y te romperías la crisma -se burló Jack-. ¿Cuándo montaste por última vez?
– Podría aprender, ¿no? Si Nat Pepys es capaz de hacerlo, no puede ser tan difícil.
– Seguro que lleva toda la vida montando a caballo -dije, y al ver que apoyaba a Jack, Dominique me miró asqueada-. Pero quizá no se te diera mal después de todo -murmuré para ganarme su aprobación.
– Supongo que estaréis enterados del compromiso -dijo Mary-Ann después de un rato, y puso cara de «sé algo que vosotros ignoráis».
Me quedé de una pieza.
– ¿Nat va a casarse? -Estaba claro que Jack tampoco sabía nada.
– Al parecer ya no -continuó Mary-Ann-. Corrían rumores de que se había comprometido con una joven de buena familia de Londres, creo que era la hija de un amigo del padre. Pero ella se enteró de que una noche de juerga Nat visitó una de esas casas que ningún caballero debería pisar, y rompió el compromiso.
Jack soltó un bufido.
– ¡De buena se libró! -exclamó entre risas-. Me pregunto quién en su sano juicio querría casarse con ese adefesio…
– Tampoco está tan mal -dijo Mary-Ann-. Además, un día recibirá un tercio de esta propiedad, lo que no es poco. Un hombre con dinero puede tener la cara más fea del mundo, que nadie se dará cuenta.
– De modo que es eso lo que te gusta de él, ¿eh, Mary-Ann? -preguntó Jack negando con la cabeza, desdeñoso-. En la vida hay cosas más importantes que las propiedades, ¿sabes?
– Vaya, qué raro. -La muchacha se sorbió la nariz y se concentró en las patatas-. Normalmente quienes hablan así son los dueños de propiedades, no los desgraciados que no tienen dónde caerse muertos.
Miré alrededor y pensé en lo maravilloso que sería nacer con dinero, heredar una fortuna y vivir sin trabajar.
– Un hombre como Nat nunca haría feliz a una mujer -apunté, deseoso de contentar a Jack, quien apenas parecía escucharme.
Mary-Ann soltó una carcajada.
– ¿Qué sabrás tú de lo que hace o no hace feliz a una mujer? -dijo casi llorando de risa-. Seguro que ni siquiera has hecho manitas con una chica. Eres sólo un criajo -me espetó.
Me quedé mudo, con la mirada fija en la mesa y el rostro encendido, y con el rabillo del ojo vi que Dominique se volvía hacia la pila y nos daba la espalda.
– ¿Tú qué dices? -añadió Mary-Ann dirigiéndose a su amiga-. ¿Crees que tu hermano se ha acostado alguna vez con una mujer?
– Ni lo sé ni me importa -contestó Dominique, tajante-. Ya está bien por hoy. Algunas tenemos cosas que hacer.
Advertí que empleaba expresiones típicas de la localidad y me pregunté si me ocurriría lo mismo. Mary-Ann siguió carcajeándose un buen rato, y cuando al final alcé la cabeza advertí que Jack, que había visto que Dominique y yo nos ruborizábamos, nos miraba entre risueño y sorprendido. Me levanté y salí de la cocina en dirección a las cuadras.
Cuando Nat y sus amigos volvieron a Cageley House por la tarde, nos informaron que había habido un accidente. Hacía rato que oía los cascos de los caballos y fui a esperarlos en el camino de entrada a la casa. Unos minutos más tarde irrumpió la jauría, seguida por los caballos agotados con sus jinetes. Nat llevaba a una mujer sobre su montura, una joven de cara pálida con los ojos enrojecidos. Los jinetes descabalgaron y no fue Nat sino uno de los chicos más altos quien ayudó a bajar a la chica y la llevó en brazos a la casa. Estaba preguntándome qué habría ocurrido cuando Nat se acercó a mí con cara de preocupación.
– Hemos sufrido un pequeño contratiempo -dijo mientras sus amigos entraban en la casa, donde los recibía el mayordomo-. Janet… quiero decir la señorita Logan se ha caído del caballo cuando éste se ha plantado delante de una valla. Creo que se ha torcido el tobillo. La pobrecilla no ha parado de quejarse durante media hora.
Asentí con la cabeza y conté los caballos. Habían salido ocho, pero sólo habían vuelto siete.
– ¿Dónde está su caballo? -pregunté en voz baja.
– Ah. -Nat apretó los labios y se rascó la cabeza-. El caballo está un poco herido, la verdad. Cuando Janet saltó por los aires se cayó y se dio un fuerte golpe; creo que se ha hecho mucho daño.
Me sentí desazonado. Aunque no fuera uno de los caballos que había cuidado en los últimos meses, el trato diario con los de sir Alfred me había infundido un amor hacia esos animales que hasta entonces desconocía. Admiraba su fuerza bruta, la potencia que controlábamos y utilizábamos para nuestro provecho. Me gustaba todo de ellos: su olor, su tacto, el modo en que me miraban confiados con sus grandes ojos húmedos. Mi ocupación favorita en Cageley House era almohazarlos. Presionaba con el instrumento en el lomo hasta que gemían de placer, y al final el brillo castaño de sus patas daba crédito de nuestra devoción y su belleza. De manera que la sola idea de que hubiese un caballo herido me sublevó.
– ¿Han tenido que sacrificarlo? -pregunté expectante.
Nat se encogió de hombros con indiferencia.
– No llevaba escopeta, Zulu -dijo pronunciando mal mi apellido-. He tenido que dejar a la pobre bestia allí tirada.
– ¿Que lo ha dejado allí? -pregunté sin dar crédito a mis oídos.
– No ha habido manera de que se levantara. Creo que se ha roto una pata. Como nadie llevaba un arma y no íbamos a machacarle la cabeza con una piedra, lo hemos dejado tal cual. He pensado que lo mejor sería regresar a la casa y pedir ayuda. ¿Dónde diablos se ha metido Holby?
Vi por la ventana de la cocina que Jack estaba hablando con Dominique. Al divisarnos, mi amigo salió lentamente de la casa para encargarse de los caballos. Fui hasta él y le conté lo que había ocurrido. Jack miró a Nat con rabia y, repitiendo lo que yo acababa de decir casi palabra por palabra, preguntó:
– ¿Has abandonado el caballo sin más? ¿En qué pensabas, Nat? Deberías llevar un arma de fuego cuando sales a cazar por si surge una emergencia, sea cual sea.
– Para ti, Holby, soy el señor Pepys -dijo Nat con la cara roja de furia ante la insolencia del palafrenero-. Nunca llevo armas de fuego si puedo evitarlo. Por el amor de Dios -añadió-, lo único que tenemos que hacer es volver y matar a ese animal. No tardaremos mucho.
Nos quedamos mirando al pobre imbécil, que parecía empequeñecerse a ojos vistas. Por primera vez me di cuenta de que yo, al igual que Jack, era mucho más hombre que él. En ese momento le perdí el respeto por completo, aunque su posición impidió que me dejase dominar por la cólera.
– Ya voy yo -dijo Jack finalmente, dirigiéndose a la casa en busca de un arma-. ¿Dónde has dejado el caballo?
– ¡No! -gritó Nat, decidido a no dejarse intimidar por dos inferiores-. Irá Zulu. Lo acompañaré para enseñarle dónde está. Tú quédate aquí y ocúpate de los caballos. Dales agua y comida, y cuando vuelva quiero verlos limpios, ¿entendido? Rápido.
Cuando Jack abrió la boca para protestar, Nat ya había dado media vuelta y entraba en la casa. Miré a mi amigo y me encogí de hombros. Fui a la cuadra y ensillé dos de los caballos de sir Alfred, pues no quería cansar a los que acababan de regresar de la cacería. Cuando los conducía fuera, Nat salió de la casa con una pistola en la mano. Antes de montar inspeccionó la recámara, tras lo cual se alejó al galope sin siquiera mirar a Jack. Lo seguí lo más rápido que pude, pero era un jinete mucho menos experimentado que él y temí quedarme rezagado.