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– ¿Trescientas…? -repetí asombrado, pues me parecía una suma enorme. Apenas era capaz de imaginar tanto dinero, y pensé que debía de haber fraguado grandes planes de futuro para esperar a reunir esa cantidad antes de marcharse.

– Ya te dije que llevo ahorrando desde que tenía doce años, y tampoco es que haya muchos sitios donde gastar el dinero en Cageley. Me había propuesto llegar a trescientas libras, y luego largarme. La semana pasada lo conseguí. Fue cuando te comenté que iba a anunciar que dejaba el trabajo. Bien, ahora quiero que vayas a buscar ese dinero.

Se me paró el corazón. Me daba miedo pensar en lo que iba a pedirme. Peor aún, al recordar las palabras de Dominique de la noche anterior, «Cinco años es mucho tiempo», temí por mi propia honradez.

– De acuerdo -contesté a regañadientes.

– Me consta que Benson me dejará marchar si le doy una parte.

– No lo creo. -En ese momento creía más en la honradez del tal Benson que en la mía propia.

– Puedes tenerlo por seguro -insistió-. He hablado con él. Me dejará marchar por cuarenta libras. Hace el turno de noche solo, de modo que no será necesario hacer tratos con nadie más, te lo aseguro. Sólo tendremos que fingir que ha habido una fuga. Y aquí es donde entras tú.

Sentimientos encontrados pugnaban en mi interior. Quería ayudar a Jack, de verdad, pero por otro lado me maldecía por haber ido a visitarlo a la prisión. Estaba a punto de complicarme la vida cuando podría haber huido hacía horas. Cavilé sobre mi situación, consideré las distintas posibilidades y asentí con la cabeza. No me haría daño escuchar lo que tenía que decirme.

– Sigue.

– Coges el dinero, lo traes aquí por la noche y le entregamos una parte a Benson, que me dejará en libertad. Le daremos un golpe para dejarlo inconsciente, de modo que parezca que irrumpiste en la cárcel y lo atacaste para liberarme.

– ¿Seguro que dejará que le des un golpe?

– Sí, dejará que tú lo golpees -me corrigió-. Cuarenta libras es mucho dinero.

– Muy bien -repuse, dispuesto a seguir escuchando su plan aunque no necesariamente fuera a ejecutarlo. Una cosa era la amistad, pero verme involucrado en un crimen y separado de Dominique y Tomas a saber por cuánto tiempo era otra-. ¿Dónde está el dinero?

Permaneció unos instantes en silencio, consciente de que había llegado el momento de la verdad para los dos. Estaba a punto de poner en mis manos el fruto del trabajo de toda su vida, los ahorros que había ido reuniendo durante años de palear excrementos o almohazar caballos. Iba a revelarme su escondite y a confiar en mí. De todas formas, no tenía alternativa: o elegía ese camino o lo perdía todo.

– Está escondido en el tejado -dijo por fin, y soltó un profundo suspiro, como si acabara de quitarse un peso de encima.

– ¿En el tejado de Cageley House?

Asintió.

– Ya has subido allí, ¿verdad?

– Un par de veces -respondí.

En el ala este, donde estaban ubicadas las habitaciones del servicio, había un pasillo que conducía a una ventana desde la que podía accederse al tejado de la casa. Justo antes del ascenso a las tejas y las chimeneas, había una parte plana donde, durante el verano, había visto a Mary-Ann, a Dominique y al mismo Jack tumbarse y descansar a la sombra.

– Cuando llegues arriba -prosiguió mi amigo-, tuerce a la derecha y verás un desagüe con una tapa cuadrada. Ábrela, mete la mano y encontrarás una caja. Ahí guardo el dinero. Nadie lo sabe. Es un escondite seguro como pocos. Nunca me he fiado de nadie de la casa. Excepto de ti, ahora. Eso es todo. No se te ocurra decírselo a nadie, ¿me oyes?

– De acuerdo -dije, cerrando los ojos y asintiendo lentamente-. Sí, te he oído.

– ¿Puedo confiar en ti, Mattie?

– Sí.

– Es todo lo que tengo, dime que puedo fiarme de ti, por favor. -Pasó una mano entre los barrotes y me agarró la muñeca con fuerza-. Dímelo -siseó, entornando los ojos.

– Confía en mí, Jack. Te lo prometo. Te sacaré de aquí.

Traicionar a un amigo… Me enfrentaba a un dilema difíciclass="underline" puesto que no podía salvar a otro, al menos me salvaría a mí mismo. Nat Pepys estaba sentado ante la puerta principal de la casa, bajo una sombrilla para protegerse del sol. Mientras me dirigía hacia las cuadras me observó volviendo la cabeza ligeramente, no sé si a propósito o por el dolor que sentía. Al pasar por delante me detuve y me encaminé hacia ese hombre que nos había causado tantos problemas. Tenía los labios apretados y el rostro tumefacto; su aspecto no podía ser peor. Sabía que muchas de las heridas eran superficiales y que sanarían pronto, pero aun así no ofrecía una imagen muy agradable.

– ¿Cómo se encuentra? -pregunté antes de recordar que no podía contestarme.

Emitió un breve gruñido y empezó a sacudir la cabeza con movimientos espasmódicos. Me encogí de hombros -los tipos como él me traían sin cuidado- y seguí mi camino mientras oía sus gruñidos cada vez más fuertes a mi espalda. No sé si me llamaba para que volviera a su lado o sencillamente me insultaba.

Dominique estaba sentada junto a la puerta de la cocina, pelando guisantes. Al oír que me acercaba miró en mi dirección, pero al principio no dijo nada. Me senté en el suelo a su lado y me puse a juguetear con unas piedrecitas, preguntándome quién de los dos hablaría primero y si estaría pensando lo mismo que yo.

– ¿Y? -dijo al final-. ¿Has visto a Jack?

– Sí .

– ¿Y qué?

– ¿Y qué, qué? -pregunté exasperado. Llevaba el cabello recogido en la nuca y un vestido escotado que acentuaba la tersura y blancura de su cuello de cisne. Suspiré, rabioso conmigo mismo, y arrojé lejos las piedrecitas.

– ¿De qué hablasteis? -preguntó sin perder la paciencia.

– Bueno, Jack está muy angustiado. No hace falta decirlo; la cárcel es un lugar espantoso, y sabe que pasará en ella mucho tiempo. El pobre está hundido.

– Es normal, ¿cómo va a estar? Pero ¿de qué más hablasteis?

Vacilé al tiempo que sentía su mano en la nuca; de pronto empezó a masajearme con fuerza los nudos de tensión que se habían ido acumulando, y por fin me sentí mejor.

– Ha ahorrado más de trescientas libras -dije.

– ¿Trescientas…? -repitió a viva voz, reproduciendo la reacción que yo había tenido dos horas antes-. ¿En serio?

– En serio.

– Es mucho dinero. Piensa lo que podría haber hecho con esa suma: dejar este lugar atrás y empezar una nueva vida en otra parte. Cualquiera podría hacer lo mismo. El dinero llama al dinero.

Me pregunté si no estaría refiriéndose veladamente a nosotros en vez de a Jack. Ambos sabíamos lo que estaba pensando el otro, pero hasta ese momento ninguno de los dos había dicho nada. Al final Dominique no aguantó más y dijo con voz grave:

– No le sirve para nada, Matthieu.

Me levanté y me puse a caminar de un lado a otro delante de ella.

– Entonces, ¿qué propones? -pregunté en tono de indignación-. ¿Coger el dinero y escapar? ¿Dejar a Jack pudriéndose en su celda mientras nos largamos con sus ahorros?

– No puedes hacer nada para ayudarlo. Él se lo ha buscado. Y por el amor de Dios, baja la voz. ¡No hace falta que se entere todo el mundo, caray!

Estaba hecho una furia; detestaba encontrarme en esa situación.

– Pero… ¿y si puedo ayudarlo? -murmuré, aunque me ha bría gustado no tener que tomar una decisión-. ¿Y si empleo ese dinero para sacarlo de la cárcel? ¿Qué me dices, eh? Al fin y al cabo son sus ahorros. Es él quien ha trabajado para conseguirlos, no tú ni yo. Y en el caso de que pasara a la sombra los próximos años, al salir siempre tendría ese dinero esperándolo. De ese modo habría una oportunidad de que reconstruyera su vida.

Dejó en el suelo el cuenco de guisantes y se puso de pie. Se acercó, tomo mi cara entre sus manos y me miró a los ojos.