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– Vuelve a dormirte. Aquí no hay nadie más que nosotras. Tú misma te estás asustando -dijo, y volvió a dormirse inmediatamente.

Pero yo no me atreví a cerrar los ojos en todo lo que quedaba de noche.

Al final, cuando las vías se terminaron, en el último pueblo antes de las montañas, nos subimos a un autobús. Durante unas horas pareció que estábamos perdidas por infinitos bosques de bambú. Luego el camino empezó a ensancharse a medida que ascendía. Otros autobuses, la mayoría de ellos pertenecientes a empresas turísticas que ofrecían sus servicios a los visitantes extranjeros, se unieron a nosotros por el sinuoso camino que llevaba al pie del monte Huangshan. A lo lejos empezamos a divisar unos picos neblinosos que con frecuencia cambiaban de forma y color a medida que las nubes y la neblina pasaban empujadas por el viento.

Llegamos al pie de las Montañas Amarillas a media tarde. Qing y yo pasamos la noche en un pequeño hotel que había allí. A la mañana siguiente iniciamos nuestra escalada al pico más alto, de unos mil ochocientos metros. La subida fue lenta y, en ocasiones, difícil. En muchos puntos durante el ascenso el camino pasaba justo al lado de los precipicios, con una caída a pico a un lado y la roca vertical en el otro. La únicas medidas de seguridad consistían en unas cadenas de hierro clavadas en la roca. Para mí, el ascenso supuso un particular desafío debido a mi miedo a las alturas. Pero Qing y yo no podíamos contener nuestra emoción mientras subíamos cada vez más alto, cuando, en cada curva, se nos ofrecían unas vistas impresionantes a través de algún que otro claro en la niebla; disfrutando mientras tanto del aire limpio y purificador, de los picos y de los viejos pinos que crecían con fuerza en la roca desnuda y que daban la impresión de ir a saltar de sus precarios salientes para tocar el cielo.

La primera noche alquilamos unos abrigos de invierno acolchados e intentamos dormir en la cima de la montaña. Pero hacía un frío espantoso y no pudimos conciliar el sueño. Nos pasamos toda la noche hablando, adormilándonos y volviendo a hablar.

Conocí a Qing cuando teníamos doce años, el primer día de internado. Era una de mis siete compañeras de habitación.

– No te imaginas a quién me encontré hace dos semanas en Wangfujing: a nuestra antigua compañera de habitación Min Fangfang, Minnie Mouse. Fue muy curioso; las dos estábamos comprando un lápiz de labios en los grandes almacenes nuevos. Al principio no la reconocí. El brote había florecido. ¡Cómo pueden llegar a cambiar a la gente dos años de universidad en Shanghai! ¿Te acuerdas de la primera noche en el internado? ¿Que hubo una gran tormenta eléctrica y se cayó de la cama y lloró? -nos reímos las dos.

La noche era larga y fría. Tras agotar todas las posibles conversaciones sobre el pasado, hablamos del futuro. Sin embargo, a la mañana siguiente estábamos tan cansadas que poco recordábamos de nuestras deliberaciones. Al amanecer empezó a lloviznar. Aun así nos dirigimos al mirador -un grupo de rocas gigantescas- con la esperanza de que despejara antes de la salida del sol. Pero no tuvimos suerte y, por consiguiente, decidimos quedarnos otra noche en la cima, con la esperanza de que al día siguiente pudiéramos ver amanecer.

Aquella noche desembolsamos quince yuanes (cerca de un euro cincuenta) por una cama dentro de una de las tiendas. Por fin, a la mañana siguiente vimos salir el sol en toda su gloria, alzándose desde las llanuras de China. En el horizonte, la fértil tierra de mis antepasados se fundió con el cielo entre rayos de luz dorada y no pude distinguir ninguna frontera o límite. De modo que ésta es China, mi madre patria. Allí, al este, estaban las bajas llanuras de Zhong Gou donde la vida existe desde hace miles de años. Más al oeste, el río Yangtsé fluía plácidamente por el terreno, brillando bajo la luz matutina como un cinturón de plata. Cuando el sol se alzó por encima del horizonte hubo una explosión de luz que irradió cientos de miles de destellos sobre la tierra, penetrando el aire, las nubes, las rocas, los seres; de pronto todo parecía transparente.

– ¡Dong Yi! -dije calladamente para mis adentros-. ¿Puedes ver lo que yo veo y sentir lo que yo siento?

Aquel verano, Yang Tao, mi ex novio del primer curso en la Universidad de Pekín, regresó después de pasar un año en el extranjero. Cuando se marchó yo ya había roto la relación pero, al volver, él sencillamente la retomó allí donde la había dejado y volvió a asumir el papel de novio. Me colmó de regalos que había comprado en Occidente y me habló con gran detalle de su nuevo trabajo en el Departamento de Asuntos Exteriores, de sus ambiciones políticas y de los planes de futuro para ambos. Yang Tao estaba a punto de convertirse en el diplomático más joven de China.

Yo no sabía qué hacer, con Dong Yi que había vuelto a casa y Ning que se preparaba para marcharse a Estados Unidos. Aunque no había pensado seriamente en irme a Estados Unidos, igual que a muchas jóvenes chinas de entonces, me había cautivado el glamour de tierras lejanas, la relación con todo lo extranjero y, sobre todo, la gente que había trabajado en otros países. Me gustaba la moderna ropa que Yang Tao me había traído de París, Roma y El Cairo. El maquillaje acababa de llegar a China y las marcas extranjeras eran pocas y muy caras. Las chicas que querían ir a la moda a veces se mataban de hambre para poder comprarse base de maquillaje y pinturas para los ojos. Yang Tao no sólo me trajo unas grandes cajas de cosméticos que contenían de todo, desde sombra de ojos y colorete hasta barras de labios, sino que además trajo otras para mis compañeras de habitación. Ellas, claro está, quedaron muy agradecidas y sumamente impresionadas.

– ¡Qué suerte tener un novio tan guapo y rico! -me dijeron. Su envidia estimuló mi ego, aunque sabía que todo aquello era superficial. Pero tal vez era lo que necesitaba después del rechazo de Dong Yi. Así pues, por motivos tan estúpidos y materialistas como aquéllos, no rechacé a Yang Tao: ése fue mi error.

Pasamos gran parte de la última semana de las vacaciones de verano juntos, comprando en boutiques de diseño occidentales y comiendo en lugares elegantes como Maximilian, el restaurante francés propiedad del diseñador Pierre Cardin. Y un sábado por la tarde, Yang Tao me llevó a su residencia para enseñarme más fotos de su temporada en el extranjero. Yang Tao estaba a punto de empezar a trabajar para el Departamento de Asuntos Exteriores en otoño; hasta entonces, estuvo cumpliendo con los últimos requisitos para obtener la licenciatura por la Universidad de Lenguas Extranjeras de Pekín.

Al tratarse del último fin de semana antes de que terminaran las vacaciones estivales, la universidad estaba tranquila. La residencia de estudiantes de Yang Tao estaba vacía y no vimos ni oímos a nadie en todo el camino hacia su habitación en el primer piso. Aunque fuera el día era soleado y radiante, el dormitorio de Yang Tao, que tenía una sola ventana que daba al norte y quedaba totalmente ensombrecida por un enorme roble, estaba oscuro. La estancia era pequeña, quedaba muy poco espacio con las tres literas, y la cama de Yang Tao era la de abajo a la izquierda, junto a la puerta.

Nos sentamos uno junto a otro en la cama de Yang Tao para mirar sus álbumes de fotos mientras él me explicaba dónde estaban tal y tal sitio y qué estaba pasando en el momento de la fotografía. Entonces dejó el álbum de fotos en el suelo y me tumbó en la cama. Lentamente empezó a besarme.

– No te preocupes. La primera vez será doloroso, pero iré con mucho cuidado -me susurró al oído al tiempo que me levantaba la falda y me quitaba las bragas.

Aunque tenía veinte años, nunca había tenido una experiencia sexual. Por supuesto que sabía lo que ocurría desde el punto de vista biológico, pero no sabía cómo debía reaccionar o qué debía hacer. Permanecí inmóvil.

Después, Yang Tao me observó mientras volvía a ponerme la ropa. Yo me sentía fatal, el dolor que notaba entre las piernas era fuerte, pero la forma en que él reaccionó me pilló por sorpresa. De pronto le entró el pánico y dijo: