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– No tendrías que haberlo hecho. Éste es mi amigo Dong Yi. Ya se iba.

Me sentí incómoda. Aún no me había dado tiempo a contarle a Dong Yi este nuevo acontecimiento en mi vida. También estaba preocupada al recordar el episodio con Ning, y quería sacar a Dong Yi de allí lo antes posible.

– Hola -le dirigió un saludo desganado con la cabeza a Dong Yi. Después se volvió hacia mí de nuevo y repitió-: Ábrelo.

Abrí la caja. Dentro había un collar de oro con un relicario en forma de corazón.

– Póntelo. Esto es lo primero que te compré cuando estuve en el extranjero. Te quedará bien.

Me ayudó a ponerme el collar y luego me dio un beso en la mejilla.

Hubiera querido morirme. Miré a Dong Yi, que estaba claramente violento, y no encontré palabras para decir nada.

– ¿Estás lista para irnos? No querrás que lleguemos tarde para nuestra reserva.

Siguió haciendo caso omiso de Dong Yi.

– Será mejor que me vaya. Que os vaya bien la cena.

Dong Yi se levantó para irse, a todas luces dolido.

– Vendré a verte, tal vez mañana, ¿vale?

– Querías decirme algo.

– No, no era nada. No te preocupes -respondió, y se marchó a toda prisa.

El Russian Tea House era el único restaurante occidental que sobrevivió a la Revolución Cultural; al parecer, a los dirigentes del Partido les gustaba la comida. Tal vez les recordara a los cuadros del Partido los días que habían pasado en la URSS como miembros de las prometedoras juventudes soviéticas. Se hallaba emplazado en un jardín y se trataba de un establecimiento al magnífico estilo ruso, con techos altos y grandes columnas.Había sido un restaurante «exclusivo para miembros del Partido» hasta 1984, año en que se abrió al público. Pero la mayoría de los que acudían allí continuaban siendo dirigentes del Partido, sus familiares y amigos. Más recientemente también se había convertido en el lugar de moda donde los jefes de las grandes empresas estatales comían a cuenta de la compañía, aun cuando muchos de ellos no sabían utilizar los cuchillos y tenedores que ponían en la mesa en lugar de palillos. A diferencia de los establecimientos chinos tradicionales, los camareros vestían camisas blancas y pantalones negros y atendían a los clientes con esmero. Aquella noche nos dimos una comilona en el Russian Tea House. Yang Tao pidió caviar y champán. Cuando me corrigió el modo en que utilizaba los tenedores y cuchillos, pensé en Dong Yi. Me preguntaba cómo debía de sentirse y qué podía ser lo que quería decirme. Y pensé en lo que yo no le había dicho.

Al día siguiente no fui a ver a Dong Yi. El hecho de que se hubiera enterado de lo de Yang Tao de aquella manera me hacía sentir mal. Al cabo de unos días me lo encontré en el comedor. Noté que mantenía las distancias. Cuando le pregunté qué quería decirme aquella tarde, insistió en que no era nada.

Me imaginé que Dong Yi no me había dicho la verdad. Pero no hice nada al respecto. Tampoco le expliqué lo que había ocurrido entre Yang Tao y yo. En lugar de eso, me concentré en otras cosas. Al tener garantizada una plaza en el curso de posgrado me sentí menos presionada por los estudios y cada vez pasaba más tiempo fuera del campus.

Armado con los dólares norteamericanos que había ganado durante el tiempo que estuvo destinado en el extranjero, Yang Tao me llevó de compras por las boutiques de diseño recién abiertas. Fuimos a restaurantes caros y a bares de hotel; la vida nocturna de Pekín acababa de empezar, pero sólo para los pocos que podían permitírselo. Pronto me convertí en una de las estudiantes mejor vestidas del campus. Creo que la razón por la cual nunca puse objeciones a aquellos regalos fue porque, aunque de vez en cuando seguía viendo a Dong Yi, nuestra relación se había enfriado considerablemente.

No obstante, en mi interior sabía que todavía lo amaba y por ese motivo, para no tener que enfrentarme a mis sentimientos, me sumí en aquel mundo de gratificación instantánea que Yang Tao había creado para mí: dinero, joyas, ropa de diseño, alcohol y sexo.

Una tarde vino Yang Tao y me dijo que le había pedido al representante de la Asociación de Estudiantes Universitarios de la Universidad de Pekín que me vigilara. Me contó que había gente que trataba de reavivar el llamado «debate por la democracia» y suscitar sentimientos antigubernamentales en el campus. No quería que me acercara a esas personas, porque me advirtió que tanto la Asociación de Estudiantes como la Liga de Juventudes estaban siguiendo la situación muy de cerca y conocían nombres y departamentos concretos.

– Si estos estudiantes no se detienen, pronto habrá algún herido.

Me explicó que, como futura esposa de un importante diplomático, debía tener cuidado. Pronto empecé a sentirme como un pájaro encerrado en una jaula de oro. A veces, cuando iba sola al lago Weiming, sentía el vacío en mi interior. En ocasiones soñaba con los días maravillosos que había pasado con Dong Yi y Ning. Y al despertar, mi corazón rebosaba de tristeza y sentimiento de pérdida. Pensaba en Ning: desde que él se fue, nada había sido igual; parecía ser el culpable de mi entonces absurda existencia.

Y mi vida fue yendo cada vez más a la deriva a medida que iba transcurriendo el trimestre. No disfrutaba de ella, de hecho la detestaba, pero no podía escapar. Me deprimí. Sacaba peores notas y me alejé de mis amigos. Asimismo, mi relación con Yang Tao se volvió tempestuosa cuando empezó a insistir en que le rindiera cuentas de todos mis movimientos cuando no estaba con él, y mi frustración iba en aumento. Aunque muchas de mis amigas envidiaban mi estilo de vida, yo estaba desesperada por ponerle fin. Echaba de menos a Dong Yi y a Ning y los días felices que habíamos pasado juntos.

Tres días antes de la fecha en la que tenía que presentarme para el curso de posgrado, de pronto me di cuenta del camino que debía tomar si quería escapar a mi situación. Durante tres noches permanecí despierta en la cama pensando en mi vida. Decidí que, en lugar de hacer el curso de posgrado en la Universidad de Pekín, me iría a estudiar a Estados Unidos, aun cuando ello significara tener que dar más clases de inglés. La tierra dorada de libertad y prosperidad se convirtió en la solución que estaba buscando.

Así pues, cuando llegó el día de la matrícula, no fui a inscribirme. El departamento me mandaba cartas y enviaba a mis compañeros de clase para tratar de localizarme. Cuando les expliqué a los profesores que había decidido renunciar a mi plaza en el curso de posgrado no podían creerlo. Mis padres alucinaron.

– ¿Cómo puedes desperdiciar semejante oportunidad? ¿Qué harás si no consigues irte a Estados Unidos? ¡No es tan fácil como piensas! -me gritó mamá. Pero yo ya estaba decidida. Nadie iba a convencerme de que cambiara de opinión.

Era libre; el pájaro había escapado de la jaula de oro. No sentía ningún arrepentimiento, sólo un irreprimible deseo de volar hacia el cielo que se abría en lo alto.

En el campus me convertí de forma instantánea en una celebridad. Durante el año siguiente, siempre que iba a visitar a los amigos que pasaron al curso de posgrado, la gente acudía a las habitaciones de sus residencias para verme. Me decían que hacía mucho tiempo que oían hablar de mí y querían ver qué aspecto tenía. Supongo que la mayoría pensaba como mis padres y me creía loca.

Cuando decidí no hacer el curso de posgrado y marcharme a Estados Unidos, también fui capaz de poner fin a mi relación con Yang Tao. Para entonces, afortunadamente, Yang Tao volvía a estar destinado en el extranjero, de modo que le escribí y rompí nuestra relación. Y después, una tarde, quedé para cenar con Dong Yi.

Aquella noche el comedor estudiantil número tres estaba lleno. Cientos de personas se aglomeraban en su interior. A voz en grito les leían el menú a sus amigos, que estaba apuntado en unas pizarras que había colgadas en todas las ventanas. Se peleaban por conseguir un lugar en la cola. Saludaban a viejos amigos y a conocidos recientes con el entusiasmo propio de un nuevo curso.