Dong Yi y yo hicimos lo que pudimos para tratar de ponernos al día en medio del estrépito de las cucharas contra los cuencos de aluminio y las conversaciones mantenidas a todo volumen. Le conté a Dong Yi lo que había decidido hacer con mi vida. No pareció sorprendido.
– ¿Cómo han reaccionado tus padres?
– Están furiosos. Piensan que he desaprovechado una cosa segura por algo tan incierto como ir a Estados Unidos. Creen que me he vuelto loca. Por supuesto, sé que es perfectamente posible que no entre en ninguna universidad de Estados Unidos. Pero ello no significa que no deba intentarlo. Por otro lado, se alegraron mucho cuando dejé de ver a tú ya sabes quién. Nunca les había caído bien. Bueno, nunca les ha caído bien ninguno de los chicos con los que he salido. ¿Y tú qué me cuentas? ¿Cómo te fueron las vacaciones de verano? ¿Llenas de acontecimientos? -le pregunté.
– Bueno, podría decirse que sí. En primer lugar, las noticias sobre Liu Gang. ¿Te acuerdas de Liu Gang?
– Claro que sí, fuimos a su fiesta de cumpleaños. Se licenció el año pasado, ¿no?
– Sí, así es, pero ahora está sin trabajo y ha regresado a Pekín. Va a quedarse conmigo una temporada.
La noticia me sorprendió.
– Lo lamento. ¿Qué tal está?
– En el departamento hay mucha gente que lo ayuda, incluida la profesora Li Shuxian y su marido, el profesor Fang Lizhi -dijo Dong Yi.
El profesor Fang Lizhi era un catedrático de física que durante muchos años había sido la figura principal de la oposición en China. En 1987 lo expulsaron del Partido Comunista por apoyar las manifestaciones estudiantiles de 1986. Sus escritos sobre los derechos humanos y la democracia le habían reportado el reconocimiento internacional y un montón de problemas con el Gobierno. Su esposa, la profesora Li Shuxian, le daba clases a Dong Yi y era también una figura prominente en el Movimiento Democrático Chino.
Dong Yi continuó hablando:
– Por cierto, si alguien te pregunta por Liu Gang, no digas nada. Creemos que la policía secreta ha estado en el campus buscándole.
– ¿La policía secreta? ¿Por qué?
– Atrajo su atención cuando era editor de la revista Free Talk. Tras regresar a Pekín, se ha hecho oír más en relación con la reforma política. Ha estado dando discursos en mítines públicos en el campus.
Interrumpí a Dong Yi en cuanto me di cuenta de que él también podría estar en peligro.
– Si la policía secreta vigila a Liu Gang, tú tampoco estás seguro.
– No te preocupes por mí. Yo estoy bien. En serio, estoy bien -sonrió.
– ¿Qué más? Dijiste que ésta era la primera noticia -le pregunté con impaciencia, en parte para cambiar de tema y en parte para satisfacer mi curiosidad. Quería averiguarlo todo sobre él lo antes posible para así poder empezar a contarle mis planes de futuro.
– Me casé.
Aquella vez su voz era tranquila, como si estuviera contándome que se acababa de comprar una camisa nueva o de cambiar el calendario de la pared.
– ¿Qué? -Me quedé anonadada, no sabía qué pensar. Me sentí como si me hubieran drenado la vida-. ¿Lo tenías planeado hacía tiempo? ¿Por qué no me dijiste nada?
– No, no lo planeé. Ni siquiera sabía que iba a suceder. Cuando estuve en casa, todos los miembros de nuestras respectivas familias querían que nos casáramos. Al principio pensé que se trataba simplemente de otra muestra del espectáculo que montan cada vez que vuelvo a casa. Pero esta vez fue distinto. ¿Recuerdas aquella tarde del año pasado cuando acababa de regresar de Taiyuan? Fui a verte. Quería decirte que estaba pensando en dejar a Lan. Durante el verano había pensado mucho en ti y en lo que deseaba en la vida.
Al oír aquellas palabras me quedé atónita y la sorpresa me dejó la lengua paralizada. Aunque con frecuencia había intentado adivinar lo que quería decirme aquella tarde, nunca se me había ocurrido que dejar a Lan fuera una de las posibilidades.
– Estuve pensando en lo que dijiste sobre Ana Karenina, lo de la historia de amor condenada al fracaso -continuó diciendo Dong Yi-. Y tampoco sería justo para Lan, creía yo, casarme con ella si no la quería. Vine a contarte todo eso. Pero tú habías vuelto con tu diplomático. ¿Cómo se llama?
– Yang Tao -contesté.
– No podía competir con Yang Tao. Yo no te podía comprar joyas ni me podía permitir llevarte a restaurantes caros. Parecías feliz. Daba la impresión de que habíais arreglado vuestras diferencias.
¿Tan superficial era yo? Sí, lo era. Pero, ¡si él hubiera sabido cómo era en realidad mi relación con Yang Tao! ¡Si hubiera sabido lo sola que me sentía sin él!
– ¿Por qué no me lo dijiste por lo menos? -le pregunté.
¿Por qué no vino a rescatarme? ¿No sabía que yo hubiera dejado todo lo que me importaba si me hubiera llamado para ir al fin del cielo con él?
– Ahora ya no importa. La verdad es que, con cada año que pasaba, cada vez era más difícil terminar la relación. Todo el mundo decía que si no nos casábamos, la reputación de Lan quedaría arruinada. Nunca podría encontrar a alguien para contraer matrimonio.
– ¿A qué te refieres?
– Porque, bueno…, cómo te diría…, Lan ya no era virgen.
Me sorprendió oírlo conociendo la severa moralidad de la China interior. Tal vez Lan fuera más progresista de lo que yo creía, tal vez se querían lo suficiente como para hacer frente a la hostilidad de la sociedad, tal vez… Entonces interrumpí bruscamente la línea de mis pensamientos. Me sentía triste, celosa y enojada. «Esto es más de lo que quiero saber», me dije a mí misma.
Dong Yi continuó hablando:
– Cuando le hablé de ti a Lan le hice mucho daño. Yo no podía soportar ver que era desdichada. Nos habíamos amado durante mucho tiempo. Tenía que resarcir a Lan y hacer lo que me correspondía para devolver la felicidad a nuestras vidas.
– Pero si nosotros ni siquiera llegamos a besarnos -farfullé.
– Eso a ella no le importaba. Lo que le molestó era lo que yo sentía por ti. En muchos sentidos tenía razón, algo puramente físico habría dolido menos. También le sentó mal que siguiéramos siendo buenos amigos. Me preguntó por qué. No supe qué decirle. Ella creía que, al igual que el Partido, yo «prefería lo nuevo a lo viejo». Dijo que desde que había venido a la Universidad de Pekín la miraba por encima del hombro y no le agradecía todo lo que ella había hecho por mí: cuidar de mis padres, cocinar, limpiar, etc. Toda la gente de su entorno dijo lo mismo. -Dong Yi bajó la voz hasta que no fue más que un susurro-. Lan les habló de ti a mis padres y a su familia. Todos se pusieron de su lado. Wei, tú sabes lo complicada que puede ser la vida, ¿no?
Hizo una pausa. ¿Esperaba de mí comprensión o lástima? «Amor mío, ¿qué esperas que diga?» Quería perderme en sus ojos, de tan dulces que eran. Pero yo estaba deshecha. Así que no dije nada. No podía ayudarle, en aquel momento no podía.
– Así pues, hicimos lo más fácil y nos casamos. Ya era hora de poner fin a todo el sufrimiento.
– ¿El tuyo o el mío?
– No seas cruel, Wei. Ojalá pudiera parecerme más a ti. En realidad, nunca he conocido a nadie como tú. A la más mínima puedes volver a empezar tu vida de nuevo. Por el contrario, yo soy un cobarde. Pero creo que es lo mejor para todo el mundo. Soy lo único que tiene Lan, pero tú tienes el mundo entero a tus pies.
– No seas demasiado duro contigo mismo -dije yo. De repente volví a tomar conciencia de dónde nos encontrábamos, de los gritos de los estudiantes de primer año y del olor a grasa para cocinar y a salsa picante del comedor estudiantil-. No eres un cobarde. Sencillamente, eres mejor persona que yo.
En aquel momento, sumergiéndome en el sonido del atareado mundo que me rodeaba, me di cuenta de que tenía frente a mí al hombre que encarnaba todo lo que yo siempre había querido y todo lo que había perdido. Dong Yi había encomendado su felicidad futura, y a él mismo, a otra persona.