Muchos lo hicieron, pero cerca de un millar de personas se negó a irse. Tres horas más tarde se encendieron los reflectores y diez mil reservistas del ejército, así como tres mil policías irrumpieron en la plaza de Tiananmen y, blandiendo bastones y grandes palos, rodearon a los que allí quedaban. Innumerables personas fueron golpeadas y treinta y ocho, arrestadas.
Trece años después, al igual que mi madre antes que yo, acudí para permanecer bajo el Monumento a los Héroes del Pueblo. Había pedaleado durante más de dos horas con Chen Li y unos cuantos de sus compañeros de clase hacia la plaza de Tiananmen. Queríamos ver el luto público de Hu Yaobang con nuestros propios ojos y leer además los carteles que afloraban a millares. Aquel día, 19 de abril, más de cien mil estudiantes y ciudadanos se habían concentrado en la plaza de Tiananmen para llorar la muerte de Hu. Toda la base del monumento estaba cubierta de coronas y ramos de flores, junto con composiciones y poemas llorando a Hu y ensalzando la democracia y la libertad. En el centro mismo del monumento había un retrato gigantesco de Hu Yaobang y la pancarta proclamaba: «¿Adónde has ido? ¡El alma regresa!».
A medida que el infinito torrente de personas iba entrando en la plaza, las nuevas coronas tuvieron que pasarse por encima de las cabezas de la gente para ser colocadas en la base del monumento. Hubo algunos que leyeron poemas en voz alta; otros lloraban abiertamente. Cada vez se ponía de pie más gente para hablar en público llorando a Hu Yaobang, condenando la corrupción y exigiendo democracia. El público aplaudía y ovacionaba todos los discursos. Chen Li estaba muy excitado y aplaudía con todas sus fuerzas. Me contagió su entusiasmo y yo también empecé a proferir fuertes aclamaciones.
Al cabo de media hora de estar escuchando discursos, Chen Li y yo dimos la vuelta a la plaza y leímos los carteles. Unos cuantos artículos que ponían al descubierto la red de «Bandas Principescas» me llamaron la atención. Las Bandas Principescas estaban formadas por los hijos de funcionarios importantes y dirigentes del Partido que se servían de sus contactos para obtener buenos empleos, dinero y poder.
– No me extraña que haya enojo, mira cómo se han aprovechado del poder de sus padres -dijo Chen Li tras leer uno de los carteles. En aquella época, los gastos de la vida diaria se habían disparado para los chinos de a pie, la inflación era galopante y el abismo entre campo y ciudad, pobres y ricos, había aumentado de manera dramática.
– «En comparación, Hu Yaobang llevó una vida sencilla y se consagró al pueblo. ¡Pero ahora está muerto!» -leí en voz alta, sintiendo una profunda pena no solamente por la muerte de Hu, sino por lo que había representado: desinterés, honestidad y amor por su país.
La muerte de Hu Yaobang proporcionó al pueblo chino una oportunidad de expresar su dolor y su ira y la exigencia de un cambio, una voz que se había perdido cuando el gobierno aumentó el control de la prensa tras las manifestaciones estudiantiles de 1986.
Aquella tarde fui al Triángulo para leer los carteles nuevos. Mientras estaba allí, oí que la policía había dispersado a una multitud de diez mil personas, entre estudiantes que se manifestaban y espectadores, frente a Xinhuamen, una de las entradas al selecto complejo Zhongnanhai donde residen los dirigentes del Partido. Cuando los últimos centenares de estudiantes se negaron a marcharse, la policía los rodeó, tres o cuatro agentes por cada estudiante. Los golpearon y luego los arrastraron hasta unos autobuses que tenían aparcados en las cercanías.
Estaba a punto de abandonar el Triángulo, cerca de la medianoche, cuando varios estudiantes empezaron a distribuir unos panfletos con «la verdad sobre la tragedia del 20 de abril». Un estudiante que sujetaba un megáfono repetía una y otra vez a la multitud la historia de «la paliza a los estudiantes».
El sombrío humor que había en el Triángulo se convirtió en indignación. Aunque aquella noche yo estaba tan furiosa como cualquiera, me encontraba demasiado cansada para quedarme levantada. Había pasado el día en la plaza de Tiananmen y la tarde en el Triángulo y estaba agotada. Tomé el panfleto y abandoné el airado gentío.
A la mañana siguiente, en todo el campus aparecieron anuncios sobre un boicot. Los estudiantes se quedaron fuera de las salas de conferencia y de las aulas para persuadir a otros de que no entraran. Las palabras «Hoy huelga» estaban escritas en las pizarras de todo el campus. En cuestión de días, los estudiantes de treinta universidades e instituciones de educación superior de Pekín se habían declarado en huelga.
El funeral de Hu Yaobang iba a celebrarse en la Gran Sala del Pueblo, en el lado oeste de la plaza de Tiananmen, a las diez de la mañana del 22 de abril. Sólo iban a asistir dirigentes del Partido Comunista y funcionarios gubernamentales. Sin embargo, los cientos de miles de estudiantes que habían estado llorando la muerte de Hu querían presentarle sus respetos. Querían ver a su amigo por última vez.
La noche del 21 de abril, día en que regresó de Taiyuan, fui a cenar con Dong Yi. Después nos detuvimos en el Triángulo para leer los últimos carteles. El campus había empezado a prepararse para pasar la noche, cuando, de pronto, oímos gritos y cantos provenientes de la puerta este. La gente que había en el Triángulo empezó a correr. Algunos se subieron a las bicicletas de un salto y salieron lanzados hacia el lugar del que provenía el sonido.
– Dejad las bicicletas, corramos. Llegaremos más rápido -gritó Dong Yi.
Mientras corríamos para ver qué era aquel ruido, cada vez más fuerte, más estudiantes nos pasaron a toda velocidad en sus bicicletas. Las personas que estaban de pie a lo largo del camino también empezaron a correr.
– ¿Qué está pasando? -preguntó en voz alta uno de los estudiantes.
Habíamos llegado a la extensión de césped situada al este de la biblioteca cuando vi que una gran multitud avanzaba hacia nosotros. Al frente de la columna, una gran pancarta decía: «Universidad de Qinghua».
– ¡Qinghua, adelante! -gritaban-. ¿Dónde están nuestros compañeros de la Universidad de Pekín?
– ¡Democracia para China! ¡Libertad de expresión!
– ¡Cómo se atreven! -exclamó alguien entre la multitud que era entonces cada vez más numerosa frente a la biblioteca-. ¡ La Universidad de Pekín siempre va en cabeza!
Desde el Movimiento del 4 de Mayo de 1919, la Universidad de Pekín siempre ha estado orgullosa de su reputación de ser la cuna de la democracia y la libertad para China.
La noticia de que los estudiantes de la Universidad de Qinghua marchaban por el campus llamando a los estudiantes de la Universidad de Pekín para que participaran en el Movimiento a favor de la Democracia llegó a todos los rincones del campus. Miles de estudiantes de la Universidad de Pekín con pancartas y banderas de los distintos departamentos corrieron para encontrarse con las columnas de manifestantes de la Universidad de Qinghua.
– ¡Vamos a demostrarles quién es el líder del Movimiento Estudiantil! -gritó alguien al pasar por nuestro lado.
No tardaron en congregarse miles y miles de personas por el sendero principal que llevaba a la puerta sur, con las banderas ondeando y las pancartas en lo alto. Entonamos al unísono el himno nacional de China, «el pueblo chino ha llegado al momento más crítico…» y La Internacional Nuestros cantos resonaron entre los edificios y se elevaron hacia el cielo nocturno.
Más tarde también se sumaron estudiantes de otras universidades cercanas, como la Universidad Popular. Cuando el camino que conducía a la puerta sur estuvo hasta los topes de gente, decenas de miles de estudiantes salieron de la Universidad de Pekín hacia la plaza de Tiananmen. Dong Yi y yo saludamos con la mano y vitoreamos a nuestros compañeros estudiantes que marchaban por delante de nosotros. En una de las pancartas se leía «¡Larga vida a la democracia! ¡Larga vida a la libertad!». Otra decía «Llanto por el alma de China». Y otra «Castigad a los especuladores burocráticos». Las leí en voz alta, miré a Dong Yi y sonreí. Él me devolvió la sonrisa. Noté que el corazón me latía cada vez más fuerte y que estaba colorada; tanto fue el orgullo que sentí aquella noche.