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Me entusiasmaba formar parte de la vida y la renovación. Miré por delante de mí y vi estudiantes que desfilaban llevando el paso, banderas que ondeaban en lo alto por encima de sus cabezas. Miré hacia atrás y vi a decenas de miles de personas que hacían lo mismo. El entusiasmo de mi generación hizo que la exaltación corriera por mis venas. «¡Habrá un nuevo mundo!», pensé.

Dos grupos de estudiantes iban corriendo tomados de la mano a cada lado de nuestra columna. Nos dijeron que lo hacían para evitar que alguien ajeno a la manifestación de la Universidad de Pekín entrara en las filas; siempre existía a posibilidad de que la policía secreta utilizara la marcha para desacreditar a los estudiantes.

Entre dichos estudiantes distinguí un rostro que me era familiar, el de Cao Gu Ran, un antiguo compañero de clase que estaba haciendo un curso de posgrado en psicología. No lo había visto desde el día en que nos licenciamos, hacía casi un año. Lo saludé con la mano y nos hicimos a un lado con Chen Li.

Cao Gu Ran llevaba su uniforme favorito: un chándal azul marino y zapatillas deportivas. Tenía la tez morena y áspera. No era una persona alta, mediría un metro sesenta y cinco, pero sí musculosa. Desde que había empezado en la universidad, mantenía su cuerpo cuidadosamente en forma corriendo muchos kilómetros cada día. Una vez le pregunté si no hacía demasiado ejercicio, pero me respondió que el ejercicio no era nada comparado con el trabajo en el campo que solía llevar a cabo en casa. Cao Gu Ran provenía de una pobre localidad de campesinos de la provincia de Hunan, donde la educación era escasa y la mayor parte de los niños sólo cursaban estudios primarios. Nunca supe lo que había tenido que hacer para lograr una de las mejores puntuaciones de su provincia en los exámenes de ingreso a la universidad. Sus padres nunca lo visitaron en Pekín porque no podían permitírselo, pero sabía que Cao Gu Ran vivía su vida en la Universidad de Pekín como si ellos estuvieran allí con él cada día. Quería que se sintieran orgullosos, cosa que consiguió licenciándose con calificaciones muy altas y convirtiéndose en estudiante de posgrado en la mejor universidad de China.

– No puedo creer que seas tú -dijo Cao Gu Ran, jadeando mientras corría-. ¿Qué haces aquí?

– Lo mismo que tú -repliqué alegremente-. Me alegro de ver a un viejo amigo, sobre todo hoy.

Le presenté a Cao Gu Ran a Chen Li.

– ¡Una petición para el pueblo! -gritamos todos al tiempo que continuábamos la marcha.

Resultaba que Cao Gu Ran también había participado activamente desde el principio en la huelga y las manifestaciones. Al igual que Chen Li, se hallaba en la plaza de Tiananmen el día del funeral de Hu Yaobang. La actuación de los tres valientes jóvenes en las escaleras de la Gran Sala del Pueblo también lo indujo a implicarse aún más.

– Pero hoy las cosas son distintas -dijo Cao Gu Ran -. El editorial del Diario del Pueblo ha puesto a la gente en pie de guerra. No podemos permitirnos realizar más acciones espontáneas. Tenemos que estar más organizados.

– ¿Cómo puedes organizar a decenas de miles de personas? -preguntó Chen Li.

– O a cientos de miles. El número de estudiantes en toda la enseñanza superior es enorme -contestó Cao Gu Ran -. Va a ser difícil. De momento, la organización abarca el ámbito de cada departamento. En psicología tenemos nuestros representantes de los manifestantes, gente de seguridad y organizadores de apoyo logístico.

– ¿Qué crees que ocurrirá hoy? -le pregunté recordando mi discusión con Eimin la noche anterior.

Mi antiguo compañero de clase me advirtió que, después de que todos los estudiantes hubieran desafiado el editorial y las advertencias, estaba seguro de que tendría lugar una demostración de fuerza por parte del gobierno. Él preveía serios enfrentamientos.

– Da igual lo que pase, ahora estoy aquí y me quedaré hasta el final. Si me sucediera algo personalmente, sólo espero que mis padres lo entiendan. Les he escrito una carta explicándoles por qué hago esto, y mi compañero de habitación la echará al correo por mí si no regreso.

Sus palabras me llegaron al alma, pues sabía lo mucho que significaba para sus padres y ellos para él. Empecé a sentir la enormidad de lo que estábamos intentando casi como un peso físico sobre mi persona.

– Yo también creo que hoy va a suceder algo gordo en algún punto de nuestro recorrido -dijo Chen Li-. Por esa razón hoy existen más motivos que nunca para que no deje de ser una manifestación pacífica. No debemos dejar que se nos suba la sangre a la cabeza. No podemos darle ninguna excusa al gobierno para que haga uso de la fuerza.

De pronto nos detuvimos. Acabábamos de pasar por delante de la Universidad Popular y aún se veía el cruce de la Tienda de la Amistad, un establecimiento pensado para compradores extranjeros. Se había congregado allí una enorme multitud de miles de espectadores. Algunos de ellos gritaban: «¡No peguéis a los estudiantes!». A unos veinte metros de distancia vimos que dos coches policiales, seis furgonetas y cinco filas de miembros de la Policía Armada Popular con sus uniformes de color verde oscuro bloqueaban la calzada. La cabeza de la manifestación se había detenido frente a frente con la policía. Cesaron los gritos y, de repente, se hizo un extraño silencio entre las filas de estudiantes.

Ahí estaba, el momento que habíamos estado esperando. Era casi mediodía y el sol brillaba con tanta intensidad que su luz empezaba a ser cegadora. La visión se me hizo borrosa, se mezclaron el color del cielo azul y del árbol que reverdecía; la gente que había de pie a un lado de la calle se volvió gris. Pero al mirar al frente, con el corazón latiéndome desbocado, vi con claridad las caras de los policías. Tenían rostro, lo mismo que los jóvenes que había a mi lado, pero no me imaginaba cuáles eran sus pensamientos o sentimientos. Eran unos rostros inexpresivos, y por ello me dio la impresión de que eran como alienígenas venidos de otro planeta.

Nos quedamos allí en silencio durante tal vez unos cinco minutos, que a mí me parecieron una eternidad. Me acordé de la historia que me había contado mi madre sobre cómo la policía y los reservistas del ejército habían golpeado brutalmente a los manifestantes en la plaza de Tiananmen trece años antes, cuando se congregaron para llorar a Zhu Enlai. Me pregunté si los policías que tenía frente a mí también llevaban barras de hierro. ¿Serían tan crueles, a plena luz del día, como lo fueron sus predecesores trece años antes en una noche oscura? Pensé en mis padres, que no sabían que estaba allí. No podía quitarme sus caras de la cabeza, por mucho que intentara no pensar en ellos. De pronto me pregunté si volvería a verlos.

«¡Policías, abrid paso! ¡Policías, abrid paso!», gritaban los ciudadanos que había junto a la calzada. Un gran grupo comenzó a avanzar hacia la policía. Al mismo tiempo, nuestra columna se puso en movimiento. Los estudiantes que iban en cabeza enlazaron los brazos. El cordón policial retrocedió, pero no se rompió. Cao Gu Ran y sus compañeros trataban desesperadamente de evitar que los ciudadanos que se abalanzaban hacia la policía irrumpieran en la manifestación. La policía empujó. La gente gritaba, pero yo ya no oía nada. Lo único que oía eran los latidos de mi corazón y el sonido de nuestros pasos sobre el asfalto. Chen Li me rodeó el brazo izquierdo con su derecho.

Otra oleada de estudiantes se acercó por detrás. Noté la presión y el sabor del ácido que me subía del estómago. Pero mis pies siguieron andando. Mi cuerpo se echó hacia delante. Agarrados de los brazos, volvimos a cargar contra la policía. Me acerqué tanto al cordón policial que pude mirar directamente a los ojos a uno de sus miembros. Nos miramos fijamente y fuimos dando empujones de un lado a otro mientras me obligaban a retroceder.

Para sorpresa de todos los que estaban allí aquel día -y también por fortuna-, la policía no llevaba armas. Al final, los agentes no pudieron resistir la presión de la masa de gente que se abalanzaba contra ellos, se abrió una brecha y atravesamos el bloqueo policial.