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La mañana del 13 de mayo, el gobierno seguía negándose a ceder a las demandas de los estudiantes. Así pues, había llegado el momento de la partida para los que iban a emprender la huelga de hambre.

«En este día de sol radiante del mes de mayo, hemos iniciado una huelga de hambre», decía la declaración de la huelga que se había colocado en el Triángulo.

«En los días gloriosos de nuestra juventud, no tenemos otra alternativa que la de abandonar la belleza de la vida. Sin embargo, ¡qué reacios somos y qué poco dispuestos estamos a hacerlo!… No queremos morir. Queremos vivir, y vivir plenamente, porque estamos en la flor de la vida. No queremos morir, queremos aprender todo lo posible… ¿Qué podemos hacer?

La democracia es la más noble de las aspiraciones humanas; la libertad es un derecho humano sagrado, innato. Hoy se deben comprar ambas cosas con nuestras vidas… Adiós, amigos, tened cuidado. La lealtad une a los vivos con los muertos. Adiós, personas queridas, tened cuidado. No queremos dejaros, pero debemos hacerlo. Adiós, madres y padres, perdonadnos, por favor. Vuestros hijos no pueden ser ciudadanos leales e hijos dignos al mismo tiempo. Adiós, compatriotas, dejad que correspondamos a nuestro país del único modo que nos queda.»

Habían acudido miles de personas para leer la declaración y para ver marchar a los huelguistas. Alrededor de las diez y media de la mañana, delante del edificio número veintinueve, debajo de los altavoces de la emisora estudiantil, centenar y medio de jóvenes decididos, hombres y mujeres, se reunió para comprometerse con el Grupo en Huelga de Hambre de la Universidad de Pekín.

Todos los huelguistas llevaban cintas en la cabeza. Aun siendo jóvenes, parecían todos extrañamente maduros. En contraste con la intensa emoción que había en los rostros de la gente que los rodeaba, ellos tenían un aspecto calmado. Una vez más vi a Cao Gu Ran con su chándal azul preferido. Llevaba una banda blanca en la que había escrito unas palabras tomadas del héroe revolucionario norteamericano Patrick Henry: «Dadme la libertad o la muerte». Sin apartar la mirada del estudiante que dirigía el juramento, con el puño de la mano derecha alzado, repitió con aire de gravedad junto con los demás huelguistas:

«Juro solemnemente que, para promover la democracia en la patria y traer prosperidad al país, iniciaré una huelga de hambre. Resuelvo obedecer las reglas del grupo en huelga de hambre y no interrumpiré mi ayuno hasta que hayamos conseguido nuestros objetivos.»

El silencio reinó entre la apiñada multitud de espectadores. Yo miraba, incrédula, preguntándome cómo habíamos llegado tan lejos con tanta rapidez. La mayoría de los huelguistas, en particular las mujeres, eran pequeños y delgados. Daba la impresión de que una simple ráfaga de viento se los habría de llevar por delante. ¿Cómo iban a sobrevivir los próximos días si se privaban de comer?

«Míralos bien ahora, vivos y respirando», me dije a mí misma. Traté de grabar sus rostros en mi memoria, buscándolos uno por uno, mientras un sombrío interrogante invadía mis pensamientos y me arrasaba los ojos de lágrimas. ¿Cuál de aquellos rostros no volvería a ver nunca más?

Entonces empezaron a moverse. Un fuerte aplauso rompió el silencio.

– ¡Diálogo ya, no más demora! -gritaba la muchedumbre-. ¡Abajo la corrupción! ¡Abajo la dictadura!

Seguimos a los huelguistas hasta el restaurante Yanchun Garden, donde los miembros más jóvenes del profesorado les ofrecían un banquete antes de su partida. Los jóvenes profesores, incluido Eimin, habían donado sus honorarios para brindar a los estudiantes una buena despedida. La multitud esperó fuera pacientemente.

Tras su último almuerzo, los huelguistas marcharon hacia la puerta sur, seguidos por compañeros de clase, amigos y miles de otros estudiantes. Unos trescientos voluntarios aproximadamente, entre los que se incluían monitores, personal de primeros auxilios, propagandistas y otras personas que ayudarían a organizar y proteger a los manifestantes en huelga de hambre, ya estaban esperando en la puerta sur. Se reunieron los dos grupos.

Disfrutando del espléndido sol del mes de mayo, salieron de la Universidad de Pekín llevando consigo la bandera de la universidad y una gran pancarta con las palabras: «Grupo en Huelga de Hambre de la Universidad de Pekín». Todos nosotros gritamos:

– ¡Adiós a nuestros héroes! ¡Estaremos aquí esperando vuestro regreso!

Los huelguistas entraron en la plaza preparados para morir. La nación estaba consternada y, al mismo tiempo, emocionada por su valor.

La emisora de radio del campus transmitía noticias desde la plaza de Tiananmen. «Más de mil estudiantes participan en estos momentos en la huelga de hambre que empezó ayer a las 5.40 de la tarde -decía la locutora con una mezcla de entusiasmo y preocupación en su voz-, y el número va en aumento mientras hablamos.»

Pero a mí me abrumaba una sensación de pena. Estaba terriblemente triste.

El campus era un hervidero de actividad; mucha gente se dirigía a la plaza de Tiananmen para apoyar a los huelguistas. En el tablón de anuncios de la puerta sur se colgó un ruego solicitando donaciones de emergencia. Hacía falta dinero para comprar agua, mantas y medicinas para los integrantes de la huelga de hambre y para alquilar camiones que transportaran dentro y fuera de la plaza al personal de apoyo. Dos chicas recolectaban dinero en la puerta sur. En la mesa de al lado, otro grupo de estudiantes pedía a la gente que firmara una petición exigiendo una reunión con Gorbachov. Entregué a las chicas mi asignación semanal, cinco yuanes, y firmé la petición.

Estaba triste por ellos, por mí misma y por todas las buenas personas de China. Por una petición tan simple como aquélla -poder hablar libremente y vivir sin temor-, los jóvenes tenían que jugarse la vida. «Pero ¿por qué hoy día, en el siglo xx, su alternativa tiene que ser la muerte? Mi hermosa pero sufrida patria, ¿por qué te cuesta tanto obtener cualquier cosa: independencia, respeto, prosperidad? ¿Cada paso de tu periplo tiene que estar manchado de sangre?»

Me sentía aislada, triste y deprimida. Necesitaba a Dong Yi. Necesitaba que escuchara mis pensamientos y compartiese mis cargas. Necesitaba oír su voz, tranquilizándome. Fui a verle.

Dong Yi no estaba en su dormitorio, pero su compañero de habitación me dejó entrar. Era un estudiante de primer año de posgrado al que no conocía bien. Charlamos un poco sobre el tiempo y mi marcha a Estados Unidos y después se marchó. Me senté en la cama de Dong Yi, hojeé el ejemplar de aquel día del Diario de la Juventud de Pekín, el periódico oficial de la Liga de Juventudes del Partido Comunista, que en aquellos momentos simpatizaba con los estudiantes. Dong Yi seguía sin regresar. Di vueltas por la habitación, miré por la ventana a los pocos corredores que había en la pista de atletismo, me volví a sentar y tomé el ejemplar de Guerra y paz de Dong Yi.

Él volvió al cabo de tres horas. Se sorprendió y al propio tiempo se alegró al verme.

– ¿Hace mucho que esperas? -Pero antes de que pudiera responder, sacó su jofaina y dijo-: Dame cinco minutos para asearme y vuelvo en seguida.

Cuando regresó se había lavado y afeitado. Me contó que acababa de volver en bicicleta de la zona este de la ciudad, donde había estado reunido con varios escritores e intelectuales.