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– Vamos al lago Weiming -propuso-. Hace mucho tiempo que no hemos estado.

No había duda de que Dong Yi estaba de muy buen humor. De modo que, conmigo sentada detrás, fuimos al lago Weiming en bicicleta.

Cuando llegamos a lo alto de la colina, Dong Yi dejó que la bicicleta bajara sola, sin pedalear. Pronto alcanzamos tal velocidad que tuve que agarrarme a su cintura, mientras el cabello y el vestido color púrpura que llevaba se levantaban con la brisa.

En las márgenes del lago Weiming la vida estaba en plena floración. A lo largo de todo el sendero, los arbustos de los campsis florecían con lo que parecían grandes bolas de fuego. Dong Yi aparcó la bicicleta en el polideportivo que había en la orilla este y bajamos caminando hasta el agua.

Me dijo que durante las últimas dos semanas había estado hablando con intelectuales de Pekín para conseguir apoyo para los estudiantes.

– Si echas una mirada retrospectiva a la historia de China, los movimientos estudiantiles por sí solos nunca han llegado a ser una amenaza real para el gobierno. El Partido lo entiende así -explicó-. Por eso creo que, a menos que obtengamos un amplio apoyo por parte de la gente, todo lo que consigamos con las manifestaciones se perderá.

No había duda de que con la primera persona del plural se refería a personas como el profesor Fang Lizhi, la profesora Li Shuxian y Liu Gang.

Luego me habló de la Declaración del 16 de Mayo que habían firmado alrededor de treinta destacados escritores, artistas y estudiosos. La declaración criticaba duramente el tratamiento de la crisis por parte del gobierno y dirigía un llamamiento a los intelectuales de China para que participaran en el movimiento.

– Por primera vez en nuestra historia, los intelectuales chinos están expresando su postura como una fuerza unida -dijo Dong Yi con entusiasmo-. Se está organizando una marcha de treinta mil intelectuales que tendrá lugar mañana en la plaza de Tiananmen. La huelga de hambre está uniendo al país, Wei. -Se sentó en una piedra grande a la orilla del lago y añadió pensativo-: Ahora ya he cumplido mi cometido, es hora de ir a ver a los huelguistas. Los verdaderos héroes son ellos.

– ¡Déjame ir contigo! -exclamé.

Gracias a Dong Yi, renació en mí la determinación de que algún día tendríamos libertad. Su mirada me recordó a las decenas de miles de personas valientes. Quería unirme a él, formar parte de una gran marcha; aun cuando ésta condujera a la muerte, no me importaba. Iría con él a la marcha por China.

«Dadme la libertad o la muerte.»

El 15 de mayo, Mijail Gorbachov se convirtió en el primer líder soviético que visitaba China en treinta años. Con su visita llegaron los reporteros y las cámaras de televisión de todo el mundo que, a eso de mediodía, se habían reunido en la plaza de Tiananmen para cubrir las protestas estudiantiles.

Cuando Dong Yi y yo llegamos allí montados en la bicicleta, vimos a decenas de miles de personas que marchaban alrededor de la plaza y agitaban pancartas de apoyo a los estudiantes. Entre ellas distinguimos columnas de trabajadores blandiendo sus carnés de afiliados, personal de los ministerios gubernamentales y ciudadanos de a pie de Pekín. Las blancas pancartas del Banco de China llamaban particularmente la atención. Llegaron a acudir cien mil personas a Tiananmen para apoyar a los estudiantes. Entre esas cien mil, había treinta mil intelectuales.

Dong Yi y yo les llevamos agua y soda a los huelguistas. Los monitores estudiantiles habían acordonado la zona en la que se encontraban los manifestantes para que las personas ajenas a la huelga de hambre no pudieran entrar y causar problemas; comprobaban la identidad de cualquiera que quisiera acceder. Dong Yi le mostró su carné de estudiante a uno de los guardias y le dijo que habíamos venido de la Universidad de Pekín para ver a los huelguistas. Entonces nos indicaron cómo entrar en la zona de la huelga de hambre. Debía de haber cientos de miles de estudiantes más dentro y alrededor de dicha zona. Entre ellos, vimos pancartas y banderas de unas treinta universidades. En algunas de las pancartas se leía: «¡Libertad de prensa!». En otras: «¡Huelga de hambre: exigimos diálogo!». Y en otras: «Mientras exista dictadura no habrá paz en el país», «La corrupción es la causa de la anarquía» y «El hambre es soportable, la falta de democracia no».

No pude evitar sonreír al ver una gran pancarta escrita en inglés que decía: «¡Bienvenido, señor Gorbachov!».

Frente al Monumento a los Héroes del Pueblo vi la enorme pancarta con el sencillo mensaje: «Huelga de hambre». Allí se había establecido el centro de mando de la huelga de hambre y Chai Ling había sido elegida comandante en jefe. Cuando la huelga entró en su tercer día, el número de manifestantes se había elevado a casi tres millares. Entonces los estudiantes pedían diálogo, así como que se los reconociera como patriotas y demócratas.

En torno a los huelguistas había miles de estudiantes que habían acudido allí para mostrar su apoyo. Pronunciaban discursos y entonaban canciones patrióticas como La Internacional, el Himno Nacional y 18 de Septiembre. (El 18 de septiembre de 1931, Japón ocupó las tres provincias septentrionales de China, con lo que miles de chinos se vieron obligados a huir de sus hogares.)

¿Cuándo podremos regresar a nuestra hermosa tierra natal?

¿Cuándo podremos ver a nuestros padres y madres?

Padres y madres,

¿Cuándo podremos volver a estar juntos?

En la plaza la temperatura superaba los 25 °C, pero la sensación de calor era aún mayor bajo la brillante luz del sol. Los estudiantes que se habían sumado a la huelga de hambre hacía poco estaban sentados en pequeños grupos sobre las losas de la plaza y llevaban unas cintas blancas en la cabeza en las que ponía: «Juro vivir o morir con democracia» o «Ayuno hasta la victoria». Algunos de los estudiantes que hacía tres días que ayunaban estaban tumbados sobre colchonetas, otros tenían la cabeza apoyada en mantas enrolladas y abrigos acolchados. Aunque los días eran cálidos, por la noche seguía haciendo frío.

El Grupo en Huelga de Hambre de la Universidad de Pekín, que había aumentado hasta contar con casi quinientas personas, era, con mucho, el más numeroso. Dong Yi encontró al grupo de alumnos de su departamento. Le ayudé a repartir las bebidas y observé cómo se dirigía en voz baja a los huelguistas que conocía, preguntándoles qué tal lo estaban soportando y si necesitaban algo, como, mantas para pasar la noche. Hasta entonces, nadie había pensado que la huelga de hambre tuviera que prolongarse mucho más tiempo. Por el contrario, los estudiantes tenían la confianza de que el gobierno no tardaría en ceder.

Cuando terminamos de distribuir las bebidas, Dong Yi se quedó con los alumnos del departamento de física. Yo fui a buscar a Cao Gu Ran. Unos metros más allá encontré al grupo de nueve huelguistas del departamento de psicología. Casi todos ellos eran estudiantes de primer y segundo años a los que sólo conocía de vista. Pero no encontré a Cao Gu Ran ni allí ni en ninguna otra parte.

– ¿Habéis visto a Cao Gu Ran? -pregunté.

– Se desmayó y lo llevaron en seguida al centro de urgencias -contestó uno de los jóvenes del departamento de psicología.

Al momento empecé a preocuparme. Me pasaron por la cabeza unos pensamientos horrorosos.

De pronto oí la voz de Dong Yi:

– ¡Aquí hay uno que se ha desmayado!

Al levantar la vista vi que pasaban corriendo dos miembros del personal de primeros auxilios ataviados con batas blancas. En seguida se oyó el aullido de la sirena de la ambulancia y subieron a ella al joven a toda prisa. La Cruz Roja y el gobierno de Pekín habían organizado ambulancias para transportar a los huelguistas a los centros de urgencias cercanos a la plaza. Pasados unos minutos, la ambulancia se alejó de la plaza a toda velocidad.

Al cabo de media hora volvieron a sonar las sirenas y sacaron de allí a otro huelguista que se había desmayado. Mientras unos manifestantes caían, otros, incluido Cao Gu Ran, regresaban. Había cambiado. Estaba pálido. Caminaba despacio, a veces con paso inseguro, y tenía que apoyarse en dos componentes del personal de primeros auxilios. La banda que llevaba en la cabeza, ahora retorcida y medio doblada, sólo mostraba las palabras «libertad» y «muerte». Se alegró de verme. Se sentó sobre una manta extendida en el suelo y me contó lo sucedido. Se había desmayado por la mañana, en el centro de urgencias le habían dado suero salino y habían dejado que se recuperara durante cuatro horas.