– ¡Dios mío! ¿Cuánta gente hay aquí hoy? -exclamó Jerry, dos cabezas más alto que todos los demás, mirando hacia la plaza.
– ¿Más que ayer? -preguntó Hanna.
– Sin duda. La carretera de circunvalación y la plaza están hasta los topes. Diría que al menos hay el doble de gente que ayer.
Los periódicos calculaban que el día anterior se habían congregado cincuenta mil personas en la plaza.
En lugar de dejarse llevar por la lenta circulación de la carretera de circunvalación, Hanna y Jerry decidieron tratar de dirigirse hacia la Gran Sala del Pueblo. Jerry quería trepar por la verja de acero que rodeaba la Sala y obtener fotos para su futuro libro. Me despedí de ellos y me quedé observándolos mientras intentaban desesperadamente atajar por en medio de las columnas de manifestantes y a través de las barreras de espectadores. Luego inicié mi lento viaje hacia el este y, por tanto, hacia la oficina de pasaportes. Momentos después, cuando me volví para ver si los veía, la multitud ya los había engullido: habían desaparecido sin dejar rastro.
Desde el interior de las barreras de espectadores que avanzaban con lentitud, vi que habían acudido a apoyar a los estudiantes personas de todas las profesiones y condiciones sociales. Pasó una columna de alumnos de la escuela primaria, guiados por sus maestros. Las bufandas rojas que llevaban alrededor del cuello eran particularmente llamativas. Pero mi atención se desvió hacia una gran pancarta situada entre un grupo de obreros que agitaban los carnés de afiliados y en la cual se leía: «¡Deng Xiaoping, dimite!». Entendí que era la respuesta a una reunión televisada entre el secretario general del Partido, Zhao Ziyang, y el presidente Gorbachov que había tenido lugar el día anterior. En dicha reunión, Zhao le dijo a Gorbachov que, si bien Deng Xiaoping se había retirado oficialmente, continuaba siendo la persona que tomaba todas decisiones importantes. Todos los chinos que veían la transmisión interpretaron que, en realidad, Zhao aprovechaba la oportunidad para exponer a la nación la verdad sobre Deng. No supuso ninguna sorpresa que mucha de la ira fuera entonces dirigida a Deng Xiaoping, quien en última instancia tomaba las decisiones en China. Pero aquella pancarta pidiendo sin rodeos la renuncia de Deng me asustó. Recuerdo muy bien que fue en aquel momento cuando sentí un miedo terrible a que todo aquello acabara mal. La batalla se había convertido en algo personal por ambas partes.
En la oficina de pasaportes, la atmósfera de promesa, de esperanza, parecía estar en pleno apogeo. Reinaba un jovial ajetreo en el lugar, a pesar de las largas colas y la confusión en cuanto a dónde tenía uno que acudir para que le facilitasen un impreso, para que le respondieran a una pregunta o simplemente para entregar una solicitud ya rellenada. El ruido del interior se intensificó aún más debido al hecho de que todo el mundo daba consejos a todo el mundo, consejos que con frecuencia resultaban inútiles, cuando no erróneos.
– ¿Sabes si estas fotos valen para un pasaporte? -me preguntó alguien detrás de mí.
Me volví, solté un grito ahogado de asombro y exclamé:
– ¡Minnie Mouse!
– ¡Wei! -respondió también con un grito mi antigua compañera de habitación del internado.
Min Fangfang, Minnie Mouse, se había transformado en una femenina y moderna dama, tal como me había dicho Qing. Había cambiado las gruesas gafas de montura negra por lentes de contacto y se peinaba el cabello liso en suaves y largos rizos permanentes. Llevaba los ojos hábilmente pintados y los labios color rojo cereza.
– ¿Cómo es que estás en Pekín? Creía que estabas haciendo un curso de posgrado en Shangai -le dije.
– Estaba. Pero ahora ya no hay clases. Muchos de mis compañeros de curso han venido a Pekín para participar en la huelga de hambre y los que se quedaron en el campus se están manifestando en Shanghai -contestó Min Fangfang-. Fue estupendo. Tomé el tren desde Shanghai gratis. No sólo nos dejaron subir sin billete, sino que tanto el personal como los viajeros nos estuvieron animando durante todo el camino hasta Pekín. Decían: «Vosotros los jóvenes sois muy valientes. Seguid adelante, os apoyamos». Algunos nos dieron las gracias porque decían que lo estábamos haciendo por ellos. -Mi amiga me miró con una amplia sonrisa-. ¡Qué sorpresa! ¿Adónde te vas, a Estados Unidos?
– Sí, a Virginia, a una pequeña universidad llamada William y Mary. ¿Y tú?
– A Boston. A la Universidad de Boston.
Entonces hablamos de qué había sido de nuestras antiguas compañeras de clase. Me sorprendió descubrir que algunas de ellas ya se habían marchado a Norteamérica para continuar allí su educación. Al cabo de unas dos horas, ambas entregamos nuestras solicitudes y pusimos fin a nuestra prolongada conversación sobre la gente que conocíamos. Nos despedimos fuera.
– ¿Cuándo tienes previsto marcharte? -preguntó Minnie Mouse montada ya en su bicicleta.
– En septiembre.
– Yo también. Adiós y buena suerte -se despidió.
Luego me saludó con la mano y se alejó a toda velocidad.
Cuando regresé a la Universidad de Pekín para ver a Eimin todavía me duraba el buen humor que me había infundido el inesperado encuentro con mi antigua compañera de habitación. Eimin se alegró de que por fin hubiera presentado la solicitud del pasaporte, aunque su enhorabuena incluyó algunos incisos como «mi pajarito me dejará y se irá volando», que me hicieron sentir mal.
Aquellos comentarios sobre mi marcha a Estados Unidos se habían convertido en un verdadero escollo en nuestra relación. No me gustaba la manera en que Eimin parecía insinuar que tanto él como nuestra relación me importaban poco y que, al abandonar China, estaba destruyendo cruel y deliberadamente aquello que poseíamos. También se las arreglaba para hacérmelo entender con su constante testimonio de devoción, que, por regla general, iba seguido de comentarios del tenor de: «Pero yo sigo queriéndote a pesar de lo que estás haciendo», «saquemos el máximo provecho del poco tiempo que nos queda»… Aquellas palabras me hicieron sentir que tenía que defender mi honor reafirmando el amor y la gratitud que le tenía. Cuanto más lo hacía, más incómoda me sentía porque a Eimin le gustaba señalar:
– Si me quieres como dices quererme, sabes perfectamente cuál es la manera de que podamos estar juntos en Estados Unidos.
Sabía a qué se refería. Yo también me hacía la misma pregunta. Si lo quería tal como decía, ¿por qué no me casaba con él? Estaba claro que si no nos casábamos, Eimin no querría continuar con la relación cuando me hubiera ido. De este modo, de esta manera sutil o, tal como comprendí después, bastante explícita, me estaba dando un ultimátum.
Aquella tarde me llevó al restaurante Yanchun Garden para celebrar otro hito en mi marcha a Estados Unidos. El restaurante era un local del campus que tenía un comedor de techo alto,estaba situado cerca de la pista de atletismo y era frecuentado por los estudiantes con algo de dinero extra o por aquellos que recibían la visita de amigos o familiares. Era el lugar donde los manifestantes en huelga de hambre se habían alimentado por última vez en un banquete organizado por miembros del profesorado como Eimin.
Nuestra conversación se vio interrumpida.