Se me llenaron los ojos de lágrimas. A todo el mundo que lo oyó se le llenaron los ojos de lágrimas.
– Lo siento, compañeros estudiantes. No importa cuánto nos hayáis criticado, creo que tenéis derecho a hacerlo. Por favor, pensad en vuestra salud y abandonad la plaza antes de que sea demasiado tarde -rogó-. No es fácil para el Estado ni para vuestros padres criaros y enviaros a la universidad. ¿Cómo podéis sacrificar así vuestras vidas con tan sólo dieciocho, diecinueve o veinte años? Nosotros también nos manifestamos y nos tumbamos en las vías del ferrocarril cuando éramos jóvenes, sin pensar en el futuro. Pero hoy os pido que penséis con atención en el futuro. Hay muchos asuntos que acabarán por resolverse. Os ruego que pongáis término a la huelga de hambre.
Su alocución fue recibida con aplausos. Desde las ventanillas de los autobuses, muchas manos se alargaron hacia él. Mientras pasaba se acercaron a él más estudiantes que le tendían cualquier cosa que tuvieran a mano, un sombrero, una libreta, ropa, y le pedían un autógrafo.
Pero Zhao tenía razón. Era demasiado tarde para ambas partes, tal como después descubrimos. Zhao Ziyang, el reformador, abandonó la plaza exhausto, ya destrozado. Li Peng, partidario de la línea dura, impuso su influencia en lugar de Zhao. La huelga de hambre continuó.
Al día siguiente, fui con Eimin a ver a una persona del Comité General del Partido Comunista Universitario. Tomamos asiento en una gran aula con pupitres oscuros y largos bancos. No había dejado de llover durante los dos días anteriores. En el interior del aula, la atmósfera era fría y húmeda. Esperé a que empezara la reunión. A un lado de la habitación había tres ventanas pequeñas que permitían el paso de luz suficiente cuando hacía sol, pero que de nada servían en un día oscuro como aquél. No entendía por qué la reunión se celebraba allí, pero para entonces ya nada era normal. Sentada en aquella estancia vacía, tuve la inquietante sensación de estar en una tumba.
La mujer de mediana edad, cabello corto y cara redonda del Comité General del Partido Comunista Universitario tenía unos ojos pequeños que, vistos desde lejos, parecían casi invisibles. Saludó afectuosamente a Eimin y le recordó la última reunión universitaria a la que ambos habían asistido. Por sus palabras cuidadosamente escogidas, supe que tenía muy buena opinión sobre la trayectoria de Eimin. El sonido del papel entre sus dedos resonaba en la habitación. Cuando levantó la mirada, sólo se dirigió a Eimin.
– Me temo que no puede casarse, doctor Xu. Según esta solicitud, la camarada pequeña Liang aún no es mayor de edad.
– No. Pero cumplirá los veintitrés el mes que viene.
– ¿Y por qué no espera hasta entonces? -preguntó, y dirigió una rápida mirada a mi rostro y luego a mi vientre; al momento noté el aguijonazo de su sospecha.
– Wei se irá a Estados Unidos muy pronto. No tenemos mucho tiempo para establecer la…, digamos, «relación marido y mujer». Camarada Chang, como miembro importante del Comité, habrá visto mucho y sabrá más que cualquiera de nosotros. Podría ser que pasara mucho tiempo antes de que Wei y yo podamos volver a vernos. Por ese motivo estamos aquí hoy, para solicitar un permiso especial del Partido para poder contraer matrimonio.
Los párpados de la mujer del Partido temblaron.
– Entiendo lo que dice. -Le hizo un gesto cómplice con la cabeza a Eimin, como si existiera alguna especie de código secreto que compartían-. Personalmente haría cualquier cosa para ayudar a nuestros doctores que han regresado a la patria -continuó diciendo-, pero las excepciones son difíciles y no es algo que pueda decidir aquí y ahora. Tendré que consultar con los demás miembros del Comité.
– Claro. Agradecemos su simpatía y comprensión -la halagó Eimin con una amplia sonrisa.
La mujer del Partido estuvo a todas luces encantada de oír los elogios de Eimin.
– Hay mucha gente que piensa que los dirigentes del Partido somos unos burócratas clínicamente muertos y obsesionados con las normas. Pero usted es muy culto. Sabe que no es así.
Llegamos a la puerta. La mujer se volvió hacia Eimin y preguntó con toda tranquilidad:
– ¿Alguno de los dos ha estado involucrado en el Movimiento Estudiantil?
– No -respondió Eimin sin que su expresión cambiara lo más mínimo, al tiempo que sujetaba la puerta abierta para ella.
– No creía que lo estuvieran -dijo la mujer al salir-. Pero tenía que preguntarlo, ¿comprende? -Miró al cielo. Caían unas cuantas gotas-. Siempre he sabido que las manifestaciones terminarían mal. Lo dije desde el principio. Mire lo que nos han reportado.
– Los estudiantes son demasiado jóvenes para entender las consecuencias de sus acciones -coincidió Eimin.
– «Errores de los estudiantes, fallos de los profesores.» Muchos miembros de nuestro profesorado no han cumplido con su obligación -remachó la mujer del Partido.
– Bueno, gracias de nuevo por atenderme habiendo avisado con tan poca antelación. Aguardaré su decisión.
Eimin le estrechó la mano.
– No hay problema. Cualquier cosa por usted, doctor Xu. Además, no tengo muchas cosas que hacer estos días. Ya sabe a lo que me refiero. -Volvió a sonreír, como si Eimin y ella, en secreto, fueran miembros del mismo club especial-. Adiós. Espero poder ponerme en contacto con usted muy pronto.
Nos separamos. Sentí una sensación de alivio. Al fin, la conversación en la que no se me había pedido participar había concluido.
Aquella mañana se instauró la ley marcial en Pekín. Tuve que ir a casa porque sabía que mis padres estarían preocupados por mí. En el Triángulo, el ambiente se había serenado en comparación con el de hacía un par de días, y cuando pasé por allí para irme a casa encontré a muchos estudiantes leyendo los detalles de la declaración de ley marcial que se habían colgado en las paredes por la mañana:
1. A partir de las 10 de la mañana del 20 de mayo de 1989, los siguientes distritos estarán bajo la ley marciaclass="underline" Este, Oeste, Chonwen, Xuanwu, Shijingshan, Haidian, Fengtai y Chaoyang.
2. Bajo la ley marcial, se prohiben las manifestaciones, las huelgas estudiantiles, los paros en el trabajo y cualesquiera otras actividades que sean un obstáculo para el orden público.
3. Queda prohibido inventar o difundir rumores, transmitir en cadena, pronunciar discursos públicos, distribuir panfletos o incitar a la anarquía social.
4. Los extranjeros tienen prohibido involucrarse en cualquier actividad de los ciudadanos chinos.
5. Bajo la ley marcial, los oficiales de las fuerzas de seguridad y los soldados del ELP están autorizados a emplear todos los medios necesarios, incluida la fuerza, para ocuparse de las actividades prohibidas.
Me pregunté qué significaban realmente aquellas palabras. Era la primera vez que se imponía la ley marcial en China y, como la mayoría, no tenía ni idea de cómo funcionaba ni de lo que podría ocurrir. Algo que sí sabía a ciencia cierta era que el ejército iba a tomar la ciudad. Pero, ¿cuántos soldados habría y cuáles serían sus funciones? ¿A qué se referían con «todos los medios necesarios»? ¿Qué clase de fuerza? Evoqué la imagen de la marcha de un millón de personas de hacía dos días. ¿Qué haría el gobierno si volvía a darse? No sería posible arrestar a diez mil personas, y muchísimo menos un millón.
Reflexioné sobre estas preguntas durante todo el camino hasta casa.
En las calles no se apreciaban cambios que indicaran que la ciudad se encontraba bajo la ley marcial. No se veían soldados ni vehículos del ejército, a los que yo había imaginado invadiendo la ciudad. De vez en cuando oía a los ciclistas que pasaban por allí cerca especulando sobre alguna de aquellas mismas cuestiones. Parecía que la gente estaba asustada, pero pocos sabían lo que sucedería.
En cuanto abrí la puerta de casa de mis padres supe que algo iba mal. En el apartamento, siempre tranquilo, resonaban fuertes voces; mis padres estaban gritando. ¿Y qué hacía mi padre en casa a aquella hora del día?