Todos nos quedamos tumbados en el suelo unos minutos más. La calle parecía estar en calma. Como transcurrido un rato no ocurrió nada más, la gente empezó a levantarse poco a poco; todos echaron un vistazo a su alrededor e intercambiaron unas palabras unos con otros. Las bicicletas volvieron a ponerse en marcha. Fluyó el tráfico.
– No ha sido más que el reventón de un neumático -oí que explicaba alguien.
Levanté la bicicleta, comprobé que siguiera funcionando bien y esperé a que se me normalizara el pulso y se me apaciguase la respiración. Nos reímos aliviados. Sabíamos que durante la ley marcial las tropas habían disparado a la gente en las calles. Un par de días antes mi madre había ido a visitar a un amigo y éste le dijo que algunos estudiantes de su universidad habían gritado consignas mientras pasaba un camión militar. Unos minutos más tarde, el camión regresó y los soldados abrieron fuego. Los disparos hicieron añicos todas las ventanas de un lado de la sala de conferencias, pero por fortuna nadie resultó herido.
– La declaración escrita.
La mujer que me la pedía, al otro lado de la pequeña ventanilla situada por encima de mi cabeza, denotaba aburrimiento en su voz. Levanté la mano y deposité la carta en la ventanilla. No veía la expresión en el rostro de la mujer.
Parecía que estaba leyendo la carta. Entonces se levantó haciendo mucho ruido con la silla y se alejó.
– Está todo bien -dijo al regresar.
Me tendió el pasaporte. Inmediatamente metí en el bolso lo que parecía ser un folleto de color marrón oscuro y regresé a casa tan deprisa como pude.
Una radiante mañana de verano al cabo de tres días recibí un visado de estudiante para Estados Unidos. Cuando salía de la embajada norteamericana, caí por fin en la cuenta de que en mi mano tenía el pasaje hacia una nueva vida.
Mis padres pidieron dinero prestado para pagarme el billete de ida a Estados Unidos a finales de agosto. Pasé la mayor parte de las semanas que me quedaban de estancia en China despidiéndome de amigos y profesores y preparándome para aquel nuevo y desconocido mundo al que me iba. Un día me encontré con Qing, la más antigua de mis amigas, para ir a tomar un helado. Desde la ventana del establecimiento veíamos a un soldado muy bien armado que vigilaba el cruce.
– ¿Vamos y le hacemos muecas? -preguntó Qing, siempre temeraria.
– ¿Para que nos dispare? -repliqué.
– Así no me dejarás y no te marcharás a Estados Unidos -dijo haciendo una mueca dirigida a mí; me reí con ella.
– Prometo mantenerme en contacto contigo -repuse, y le di un abrazo a mi querida amiga.
Eimin y yo volvimos a trasladarnos a la Universidad de Pekín durante el corto lapso de tiempo que transcurrió entre su regreso de su ciudad natal y mi partida hacia Estados Unidos. La universidad era entonces un lugar muy distinto. El campus se había convertido en una fortaleza llena de fantasmas. Los estudiantes se habían marchado en su mayoría durante las vacaciones de verano o se habían ido sin más. Dong Yi aún no había regresado y, a medida que se aproximaba el día de mi partida, me inquietaba cada vez más por él. Empecé a ir a su residencia con regularidad, con la esperanza de que abriera la puerta y dijera: «Acabo de llegar. Aún no he tenido tiempo para ir a buscarte». Comencé a escribir cartas que no sabía adónde enviar. Había tantas cosas que quería decirle, tantas cosas que no nos habíamos dicho porque estábamos ocupados marchando, manifestándonos, deteniendo tanques y escondiéndonos… Pensamos que tendríamos tiempo, creímos que las palabras podían esperar, pero ahora el tiempo se agotaba. Y empecé a temer que no volvería a ver más a Dong Yi.
Pasé muchas horas deambulando por el campus sin rumbo fijo, con una sensación de vacío. No buscaba a nadie en particular porque sabía que la mayor parte de mis amigos se había marchado. Simplemente recorría cada sendero y cada rincón del campus, una y otra vez, con la esperanza de grabar hasta los más mínimos detalles en la memoria: los olores, los sonidos, los colores, el tacto de las cosas, la risa y el dolor. Porque lo único que podía llevarme conmigo era los recuerdos.
Una tarde húmeda estaba una vez más paseando por el campus y me encontré frente a la residencia número cuarenta. Entré en el oscuro vestíbulo y subí las escaleras. Todas las puertas estaban cerradas. Llamé a la puerta de Chen Li sin muchas esperanzas de que se abriera.
Me sorprendió comprobar que su compañero de habitación aún estaba allí.
– ¿Está Chen Li? -pregunté con el convencimiento de que me diría que Chen Li se había ido a casa.
– Se ha trasladado a la habitación ciento diecisiete. Lo encontrarás allí.
– ¿Por qué se ha trasladado?
– Será mejor que se lo preguntes a él -contestó al parecer incómodo.
Me apresuré escaleras abajo. Sin recuperar el aliento, llamé a la puerta de color oscuro de la habitación ciento diecisiete, en la planta baja.
– ¿Quién es?
– ¿Eres tú, Chen Li? Soy Wei.
Un largo silencio, un fuerte estrépito como si algo se hubiera caído o lo hubieran hecho caer, luego unos pasos pesados y se abrió la puerta.
Delante de mí estaba mi querido amigo Chen Li, vestido, como era habitual, con una camiseta de la Universidad de Pekín y unos pantalones cortos. Sonrió con dulzura, como siempre. Pero su aspecto me dejó atónita.
Su alto cuerpo se sostenía sobre un par de muletas y tenía una pierna amputada a la altura de la cadera.
– Me alegro de verte. Entra, por favor.
Cerró la puerta y se volvió. Trató de andar deprisa, pero estaba claro que le resultaba difícil. Alargué los brazos detrás de él, pero no lo toqué. No sabía qué debía hacer para ayudar.
Había una taza de aluminio en el suelo. Debía de haberse caído cuando trataba de llegar a la puerta. Fue a recogerla, pero me anticipé y la dejé sobre la mesa.
Nos sentamos. La ventana estaba abierta, pero no entraba viento. Aquella tarde el campus estaba muy tranquilo.
– Todavía tengo que acostumbrarme a estos trastos. -Chen Li apoyó las muletas en la cama. Me examinó con calma y luego explicó-: Me arrolló un tanque cerca de los Puentes de Aguas Doradas cuando las tropas se dirigían a desalojar la plaza de Tiananmen.
Entonces me contó que la mañana del 4 de julio estaba en la plaza arrojando latas de gasolina contra los soldados con un grupo de estudiantes. Había muchos grupos diferentes que se acercaban por distintas direcciones. Cargaron contra las tropas y los vehículos blindados, pero luego los soldados contraatacaron y lograron capturar a varios estudiantes.
– Algunos de nosotros volvimos corriendo con la intención de rescatarlos. También se acercaban fuerzas del ejército por el oeste. Había hogueras y gritos por todas partes. Todo era caótico y ruidoso. Debí de desorientarme, y cuando de pronto me di la vuelta, vi aquel tanque monstruoso que venía directo hacia mí.
El último recuerdo que tenía Chen Li de aquella fatídica mañana era el de estar tendido en el suelo, mirar fijamente el blindado y tratar de rodar para apartarse de su trayectoria. Al día siguiente, cuando despertó en el hospital, el médico le dijo que había tenido suerte porque el tanque sólo le había pasado por encima de una pierna, pero que habían tenido que amputársela. Los huesos estaban completamente aplastados y hechos añicos. Lo tuvieron ingresado en el hospital hasta que no pudieron hacer nada más y entonces le dieron las muletas.
– La gente ha sido muy amable. El tipo que estaba aquí me dio su llave antes de irse a casa. -Dio unas palmaditas sobre la cama en la que estaba sentado-. No me conviene vivir en el piso de arriba. No salgo mucho. Mi antiguo compañero de habitación me trae comida del comedor y agua caliente de la sala de calderas. Estoy bien. La mayor dificultad que tengo es para ir a los baños públicos. ¡En verano puede llegar a hacer tanto calor en Pekín…! No soporto que la gente se me quede mirando. Los que me conocen me compadecen cuando ven lo que me cuesta andar; los que no, me maldicen porque voy lento y les bloqueo el paso. Alguna vez les he oído decir: «¿Qué hace aquí un tullido?».