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Siguieron besándose y acariciándose. Los jadeos de ella le incitaban, aguijoneando su deseo. La mujer separó su boca y buscó su pecho. Lo lamió y lo chupó mientras Cí la contemplaba en la penumbra. La deseaba. Deseaba penetrar en ella y se lo susurró. Ella no pareció oírle. Sus labios descendieron por el vientre de Cí, sin importarle sus cicatrices, hasta alcanzar su tallo de jade, duro y vibrante. Cuando Iris lo envolvió con su boca, Cí creyó morir. La mujer deslizaba sus labios con deseo, enganchada a él, prendida con una ansiedad desconocida para el joven. Su lengua le trastornaba haciéndole enloquecer. Él cerró los ojos para grabar aquel instante. De repente, sintió que Iris le abrazaba con sus piernas, como si justo en aquel momento le precisara dentro de él. Cí intentó entrar en ella, pero Iris se lo impidió, girándose hasta sentarse a horcajadas sobre él. La mujer se elevó hasta que su cueva del placer rozó el tallo de Cí, que tembló tenso. Con una mano, Iris le tapó los ojos. Con la otra, condujo despacio el miembro hacia su interior. Cí suspiró. Intentó apartar la mano que le cegaba, pero ella se apretó contra él y le lamió los labios.

– Iguales -le susurró.

– Iguales -respondió él, y permitió que su palma le cerrara los párpados.

La mujer bajó sus caderas hasta que su cueva le albergó ceñida, cálida, húmeda. Cí sintió un calor intenso que le dominaba y le vencía. Su bamboleo le mecía en un placer desconocido. Su boca le emborrachaba, le apasionaba, le enloquecía. Jamás había sentido nada igual. Iris siguió moviéndose, arqueándose, besándole con ansiedad como si cogiera bocanadas de aire antes de morir asfixiada, como si lo necesitara para vivir.

Luego su cuerpo se sacudió. Su cintura avanzó y retrocedió sobre Cí en una prolongada tortura de placer, cada vez más rápida, más violenta. Su boca no dejaba la de Cí ni siquiera para respirar. El joven sintió cómo ella se agitaba y se sacudía, cómo sus movimientos perdían el control y se convertían en frenesí. Luego, Cí se revolvió en impetuosos latigazos hasta derramarse dentro de ella, sintiéndose desfallecer.

Ella permaneció pegada a él, como si les hubieran cosido la piel. Sus respiraciones eran sólo un jadeo sincopado, aún atormentado por el placer. Antes de separarse, Cí notó el sabor salado de unas lágrimas que brotaban de los ojos ciegos de Iris. Deseó que fueran de felicidad.

Se equivocó.

Cuando al día siguiente se despertó, ella ya no estaba. Preguntó a la sirvienta por el paradero de su ama, pero ésta no supo darle razón.

Desayunó en la misma salita en la que habían cenado la noche anterior. El té no le supo a nada. Aspiró con fuerza, intentando recuperar el aroma de Iris Azul que aún conservaba impregnado en su piel. Sin embargo, su dulce sabor le dejaba ahora un regusto de amargura.

Pensó en Feng mientras se preguntaba si sería capaz de enfrentarse a él sin bajar la mirada. Sabía que no podría. Ni siquiera era capaz de mirarse a sí mismo frente al magnífico espejo de bronce que presidía la estancia. Apuró el té, buscando borrar los efectos del licor que aún le perseguían. Luego se levantó para asearse, como si con el agua pudiera arrastrar de su cuerpo la indignidad con la que se había cubierto. Anheló el placer de Iris Azul, pero se odió por haber perdido el alma.

De camino hacia su estancia se detuvo en el salón principal, cautivado por la belleza de las antigüedades que engalanaban sus paredes. Los jarrones, los lienzos, los espejos y los cuadros eran de tal magnificencia que ridiculizaban la colección que días atrás le había fascinado en las dependencias del eunuco Suave Delfín. Especialmente sublime era el muestrario de poesías antiguas, primorosamente caligrafiadas sobre lienzos montados en bastidores curvados que contrastaban sobre el rojo sangre de la pared tapizada en seda. Los textos pertenecían al célebre taoísta Li Bai, el poeta inmortal de la Dinastía Tang. Leyó despacio la estrofa.

Pienso en la noche.

Delante de la cama, la luna brilla.

Encima de la escarcha está la duda.

Miro arriba y hay luna llena.

Miro abajo y añoro mi vida.

Por un instante se vio reflejado en aquel verso.

Siguió leyendo hasta llegar a un pequeño epígrafe en el que se anunciaba que la composición pertenecía a una serie de once telas, cada una caligrafiada sobre un único paño. Sin embargo, en aquella pared sólo colgaban diez lienzos. Sobre el lugar que debería haber ocupado el undécimo aparecía un burdo retrato del poeta que no lograba ocultar la marca dejada por un bastidor anterior. Una impronta similar a la que los otros diez habían transferido a la seda.

Tragó saliva. No podía ser.

Iba a cerciorarse cuando un ruido a sus espaldas lo alarmó. Al girarse se dio de bruces con Iris Azul. Dio un respingo. La mujer se había puesto un llamativo vestido rojo.

– ¿Qué haces aquí? -preguntó ella.

– Na-da -tartamudeó Cí.

– Me ha dicho la sirvienta que has preguntado por mí.

– Así es. Pero me dijo que no sabía dónde estabas. -Intentó acariciar su mano, pero ella la retiró.

– Salí a dar un paseo -dijo circunspecta-. Siempre lo hago.

Cí la contempló. Había algo en su gesto que le parecía extraño. Volvió a mirar el lugar en el que suponía que habría estado el undécimo lienzo.

– Impresionantes poemas. ¿Siempre hubo diez? -preguntó.

– No lo sé. No puedo verlos.

Cí frunció los labios. No comprendía su actitud.

– ¿Sucede algo? Anoche estabas más…

– Las noches son siempre oscuras. Los días nos traen la claridad. Dime, ¿qué has pensado hacer hoy? Aún no hemos hablado de los Jin.

Cí carraspeó. En realidad, no sabía muy bien cómo plantear la cuestión de los norteños. Quizá podría consultárselo a su maestro Ming. Así, de camino, comprobaría si Kan había cumplido con la promesa de cuidarle. Se excusó con Iris Azul diciéndole que debía visitar a un amigo enfermo y luego acudir a un almacén.

– ¿A mediodía, entonces? -sugirió ella.

– Sí.

– De acuerdo. Te esperaré aquí. Cí abandonó el edificio agobiado por la inquietud. Aunque se resistía a admitirlo, cada vez creía menos en la inocencia de Iris Azul. Pero ansiaba confiar en ella. Dudó si contárselo a Ming.

Encontró al viejo maestro en una habitación modesta pero limpia, cercana a las estancias donde se alojaba el oficial Bo. Su aspecto había mejorado, aunque sus piernas aún mostraban un tono violáceo que le preocupó. Le preguntó si le había visitado el médico. Ming negó con la cabeza.

– No necesito a esos matasanos -refunfuñó. Se incorporó entre quejidos ahogados-. Pero he podido lavarme y no me dan mal de comer.

Cí miró la escudilla con restos de arroz seco que yacía junto a él. De haberlo sabido, le habría traído fruta y vino. Se lamentó por ello. Cuando se aseguró de que nadie les escuchaba, le confesó sus inquietudes sobre Iris Azul. Unas sospechas en las que no quería creer, pero que no paraban de aumentar. Le enumeró las circunstancias que le llevaban a recelar de la nüshi, si bien inmediatamente después la defendió.

Ming le escuchó con atención. Su rostro denotaba preocupación.

– Según cuentas, esa mujer parece tener motivos -argumentó Ming.

– Os repito que son sólo circunstanciales. No hay ninguna prueba contra ella. Además, ¿cómo no va a aborrecer al emperador? Si hubierais sufrido lo que ella, vos también le odiaríais, pero de ahí a que pretenda matarlo, media un abismo… Deberíais conocerla. -Bajó la mirada-. Esa mujer es pura dulzura.