– ¿Y quién te dice que no la conozco? Lo extraño es que tú no supieras de ella. Me has hablado mucho de su encanto, pero ¿acaso no estarás confundiendo tus pensamientos con tus deseos?
El rubor se apoderó de Cí.
– ¿A qué os referís? -saltó Cí-. Iris Azul sería incapaz de matar una mosca.
– ¿Eso crees? Entonces supongo que sabrás el motivo por el que el emperador Ningzong la retiró de su cargo como nüshi.
– ¡Claro que lo sé! Cuando Ningzong subió al trono, se deshizo de ella porque fue la causante de la enfermedad de su padre. El viejo emperador se volvió loco cuando ella le rechazó.
– ¿Eso es lo que te ha contado? -Le miró con gesto severo-. Me extraña que no estés al corriente de una historia que todo el mundo conoce.
– ¿Y cuál es esa historia? -le desafió Cí.
Ming compuso un gesto recriminador.
– Pues que el viejo emperador no se volvió loco por su rechazo. Los médicos que lo atendieron encontraron veneno en el té que ella le preparaba.
Cí sintió como si le estrujaran el estómago mientras las palabras de Ming restallaban en su interior. Se resistía a creerle, pero el rostro del maestro no dejaba lugar a dudas. Maldijo su debilidad por querer creer en la inocencia de Iris Azul, lo mismo que la hora en la que había sucumbido a sus encantos. Se sintió infinitamente estúpido, como si hubiera vendido su alma por un par de miserables monedas. Iba a preguntarle a Ming por los detalles cuando la presencia de un centinela le obligó a interrumpirse. Aguardó a que se fuera, pero el guardia se recostó sobre una de las paredes y prestó atención a la conversación. Tras esperar un rato, Cí renunció a su propósito, insistió a Ming en que se dejara visitar por el médico y abandonó la estancia acompañado de una terrible confusión.
Aún anonadado, intentó contemplar desde otra perspectiva los acontecimientos en los que se había visto involucrada Iris Azul. Al fin y al cabo, ella tenía un motivo: un rencor exacerbado hacia el emperador que no sólo no ocultaba, sino del que parecía envanecerse sin recato ante el primer desconocido que se le cruzara. Y si había sido capaz de envenenar al emperador, sin duda podía planear otros crímenes. Además, a ello podía sumar su falta de escrúpulos al traicionar a Feng, por mucho que él mismo hubiera sido cómplice en su infidelidad, o el asunto del perfume, que la vinculaba directamente con los cadáveres encontrados. Sin embargo, aún le quedaba encontrar la razón por la que Iris Azul mataría a unos desconocidos ajenos al emperador. O al menos, a uno de ellos. Porque en cuanto la relacionara con uno, estaba convencido de que los demás caerían detrás.
Decidió visitar de nuevo las estancias del eunuco. Había algo que necesitaba cotejar.
Las dependencias de Suave Delfín continuaban vigiladas por un centinela que le franqueó el paso tras comprobar el sello y registrar su nombre en el libro de entradas. Una vez dentro, Cí se dirigió directamente hacia la sala que el eunuco había convertido en su museo de antigüedades particular. En ella seguía colgado el majestuoso cuadro que en su primera visita le había llamado la atención. No había errado. Era la poesía del inmortal Li Bai. La número once. La que faltaba en la colección de Iris Azul.
Advirtió que la moldura blanca que lo enmarcaba era curvada, como la serie que había admirado en el pabellón de la nüshi. Desplazó el bastidor ligeramente para comprobar su huella en la pared. Después repitió la operación con el resto de los lienzos de la estancia. Cuando concluyó, en su rostro se mezclaban la rabia y la satisfacción. Al salir, recordó el libro de registro en el que quedaban reflejadas las personas que penetraban en las dependencias. Quizá no encontrara nada, pero tampoco tenía mucho que perder. Unas monedas cambiaron de mano y el guardia accedió a que lo consultara. Cí repasó los datos con avidez. Aunque la mayoría de los nombres le resultaban desconocidos, sus ojos brillaban sobre los renglones verticales. Por fortuna, también figuraba el cargo que desempeñaban en palacio, así que le fue fácil descartar a la servidumbre que había trabajado en los aposentos. Entre otros, en el listado figuraban Kan y Bo, pero finalmente encontró el nombre que realmente buscaba. La caligrafía era clara, determinante. Dos días después de la desaparición del eunuco, había visitado aquellas estancias alguien llamado Iris Azul.
Su corazón palpitó al sentir que rozaba la verdad. Aún faltaba una hora para su encuentro con la nüshi, así que aprovechó para ir al almacén donde se amontonaban los restos calcinados del taller del broncista y echar un vistazo.
Sonrió. Las piezas comenzaban a encajar.
Todo parecía ir encauzándose hasta que llegó al almacén y descubrió que la puerta permanecía abierta y sin vigilancia. Miró a un lado y a otro, pero no vio a nadie. De inmediato, su alegría se tornó en preocupación. Dentro, la negrura aguardaba amenazadora. Se adentró lentamente, con cautela, pero a los pocos pasos tropezó con un bulto y cayó, advirtiendo al tantear para levantarse que la mayoría de los objetos que él y Bo habían clasificado yacían desperdigados por el suelo. Maldijo a los culpables. Rápidamente, abrió las puertas, que dejaron pasar la suficiente luz como para descubrir que habían saqueado el almacén. De inmediato se dirigió hacia el lugar donde habían dispuesto los moldes, para advertir con desesperación que la mayoría habían sido destrozados hasta convertirlos en arena. Parecían haber empleado una maza sobre el enorme yunque que se hallaba a su lado. De repente, escuchó un ruido sobre su cabeza, e instintivamente empuñó la maza para dirigir la mirada hacia el altillo en el que habían amontonado las piezas de hierro.
No distinguió a nadie, así que continuó inspeccionando los restos hasta encontrar una talega que contenía yeso del utilizado para extraer positivos de los moldes. La cogió y se la guardó. Luego sonó un nuevo crujido, esta vez más intenso. Cí elevó otra vez la mirada lo suficiente como para distinguir sobre el altillo una figura agazapada. No le dio tiempo a más, porque súbitamente una avalancha de barras, rejas y maderas le cayó encima hasta sepultarle.
Cí sólo se atrevió a abrir los ojos cuando el polvo dejó de adherirse a sus pulmones. Apenas distinguía nada, pero, al menos, seguía vivo, de modo que agradeció a la fortuna haber resbalado bajo el yunque, que había hecho las veces de parapeto. Sin embargo, uno de los hierros le mantenía atrapada la pierna derecha impidiéndole cualquier movimiento. Intentó liberarse, pero no lo consiguió. Poco a poco, los rayos del sol se fueron filtrando en medio de la polvareda, recortando contra la luz la tenebrosa figura de un desconocido. Cí se quedó paralizado. Permaneció en silencio, por si se trataba de la misma persona que había provocado el derrumbe, pero eso no evitó que la figura se aproximase hacia él. Cí tragó una saliva pastosa. Aferró una barra de metal cercana y se dispuso a vender cara su vida. La figura estaba a un paso de él. Tensó sus músculos mientras escuchaba el borboteo de su sangre golpeándole en las sienes. De repente, la figura lo vio. Cí permaneció inmóvil, atento al movimiento de la víbora. Su respiración se aceleró. Estaba dispuesto a descargar el hierro sobre su cabeza cuando el desconocido habló.
– ¡Cí! ¿Eres tú?
Cí dio un respingo. Era la voz de Bo. Por un momento se tranquilizó, pero aun así mantuvo la barra en la mano.
– ¿Estás bien? ¿Qué ha pasado? -preguntó Bo mientras se afanaba en retirar los hierros que atrapaban a Cí.
Cí le ayudó hasta conseguir liberarse. Luego se apoyó en Bo para salir del almacén. En el exterior, aspiró una bocanada de aire limpio. Aún desconfiaba de Bo, así que le preguntó qué había ido a hacer allí.