El dorado de su túnica le deslumbró tanto que a punto estuvo de perder la varilla cuando el anciano le sacudió un varetazo para que se arrodillase. De inmediato, Cí recuperó la compostura y se agachó para besar el suelo. Apenas le quedaba tiempo y el anciano parecía eternizarse volviendo a explicar el motivo de su presencia. Pensó en interrumpirlo, pero aguantó hasta que finalmente recibió autorización para hablar. Cí se atropelló con el relato de lo acaecido. Refirió al emperador sus sospechas sobre Kan, informándole de sus mentiras y de sus intentos sesgados para inculpar a Iris Azul.
El emperador le escuchó en silencio con sus ojos mortecinos escrutando cada una de sus palabras. Su rostro céreo permaneció impasible, sin rastro de emoción.
– Acusas de deshonor a uno de mis hombres más leales, a un consejero imperial por el que me dejaría cortar una mano. Una afrenta que, de ser falsa, está penada con la muerte -le advirtió pausadamente Ningzong-. Y, sin embargo, sigues ahí… manteniendo entre tus dedos los rescoldos de una varilla que lucha por apagarse… -Juntó las palmas de sus manos y las colocó sobre sus labios fruncidos.
– Así es, Majestad. -Tembló mientras las yemas se le quemaban.
– Si doy orden de que Kan sea conducido hasta aquí y éste rebate tus acusaciones, me veré obligado a ejecutarte. Si, por el contrario, lo meditas y retiras tu acusación, seré magnánimo y olvidaré tu atrevimiento. Así pues, piénsalo atentamente y dime: ¿estás dispuesto a mantener tu denuncia?
Cí aspiró con fuerza. La llama palideció hasta desaparecer.
Dijo «sí» sin pensar. El oficial encargado de avisar al consejero de los Castigos irrumpió en la Sala del Trono temblando como si hubiera visto a un diablo. Su rostro estaba cubierto por el sudor y sus ojos escapaban de sus órbitas. Corrió como un exaltado y se lanzó de bruces a los pies del emperador, que, extrañado, retrocedió como si se le hubiera abrazado un apestado. Varios centinelas lo apartaron de él y le obligaron a levantarse. El hombre balbuceó algo ininteligible. Sus pupilas dilatadas eran el reflejo del terror.
– Está muerto, Majestad. ¡Kan se ha ahorcado en su habitación!
Sexta parte
Capítulo 32
Nada más conocer la noticia, Ningzong decretó la suspensión inmediata de todos los actos y ordenó que localizaran a los jueces imperiales. En cuanto se presentaron, el emperador partió hacia las dependencias de Kan, escoltado por un séquito de funcionarios cuyo número competía con el de los guardias armados encargados de protegerle. Con la aquiescencia de Ningzong, Cí les acompañó.
Al llegar al umbral de la habitación, Cí y el resto de la comitiva se detuvieron horrorizados. Frente a ellos, colgando como un grueso saco, se balanceaba el cuerpo desnudo de Kan. Su rostro abotargado era el de un sapo reventado, al igual que sus carnes fofas, desbordadas bajo su pálida piel venosa. Cerca de sus pies descansaba un enorme arcón que, aparentemente, había empleado como plataforma. Ningzong mandó que descolgaran el cadáver de inmediato, pero los jueces se lo desaconsejaron, coincidiendo en la necesidad de practicar una inspección previa. Cí recibió autorización para permanecer tras ellos a cierta distancia. Mientras los jueces comentaban el aspecto de la víctima, Cí observó en el embaldosado la finísima capa de polvo que la luz de la ventana revelaba al incidir sobre el suelo. Después comprobó la disposición y el número de muebles, y los reflejó con un bosquejo en la libreta que siempre llevaba. Cuando finalmente le permitieron examinar el cadáver, tembló como si fuera su primera vez.
Cí observó la cabeza de Kan, grotescamente ladeada hacia la izquierda. Su único ojo estaba cerrado y sus labios se veían negros, al igual que su boca, ligeramente abierta, con los dientes apretados contra la lengua. La cara se apreciaba teñida de un color azulado y en las comisuras de la boca y sobre el pecho destacaban restos de saliva espumosa. Sus manos agarrotadas aparecían ceñidas sobre los pulgares, mientras que los dedos de sus pies lo hacían contraídos hacia dentro de una forma espeluznante. El estómago y la parte inferior del abdomen se veían descolgados, de un color azul negruzco. Las piernas, gruesas como toneles, mostraban pequeñas pintas de sangre bajo la piel, parecidas a las producidas por tratamientos de moxibustión. En el suelo, a sus pies, yacían restos de orina y heces.
Solicitó permiso para subirse sobre el arcón. Una vez obtenido, se encaramó de un salto y comprobó que la soga era de cáñamo trenzado del grosor de un dedo meñique. Debido a su delgadez, la cuerda se enterraba en la garganta, por debajo de la nuez. Tras la nuca advirtió un nudo vivo, deslizante, que se distinguía del nudo muerto por ser este último fijo. La soga cruzaba por detrás de la cabeza dejando una cicatriz profunda de color negruzco sucio que corría de oreja a oreja, justo bajo la línea de nacimiento del cabello. Ante la extrañeza de los presentes, solicitó una silla y la colocó sobre el arcón. Luego se subió a ella para comprobar la traviesa sobre la que estaba anudada la cuerda. Examinó la lazada y la viga con igual interés. Finalmente, bajó de la silla, intentó mover el arcón sin éxito y dio por concluida la inspección.
Al punto, Ningzong ordenó que lo descolgaran y alertó al consejero de los Ritos para que iniciara los preparativos del funeral.
Entre dos centinelas izaron la enorme masa muerta mientras un tercero aflojaba la soga. Luego depositaron el cadáver en el suelo, momento que Cí aprovechó para practicar una comprobación adicional y confirmar o descartar la rotura de la tráquea. Los jueces le miraron por encima del hombro, pero no pusieron objeción. Mientras Cí palpaba la papada, Bo encontró una nota manuscrita sobre la misma mesilla en la que aparecía perfectamente doblada la ropa de Kan. Tras leerla rápidamente, se la entregó a Ningzong.
El emperador se apresuró a leerla en voz baja. Conforme avanzaba, sus manos comenzaron a palpitar hasta que un temblor manifiesto se apoderó de ellas. Luego, sus dedos se crisparon sobre el papel, arrugándolo como si se tratara de pura basura. Ningzong bajó la cabeza mientras su expresión de dolor se transformaba en una cólera que nadie se atrevió a contemplar. De repente, le devolvió la nota a Bo y revocó la orden que acababa de dictar, decretando en su lugar que se paralizara cualquier acto de condolencia. No se celebraría ningún funeral público; del cadáver tan sólo se ocuparía el servicio y sería enterrado en un cementerio cualquiera sin ningún tipo de ceremonial.
Un murmullo de estupor recorrió la estancia. A Cí la noticia le paralizó. Mientras todo el séquito se apresuraba a acompañar al emperador en su marcha, Bo le confió la nota a Cí, quien la desplegó temeroso, intentando alisar las arrugas que entorpecían su lectura. En ella, escrito de su puño y letra, y firmado con su sello, Kan confesaba ser el culpable de los asesinatos, afirmando haberlos cometido con el único fin de desacreditar a Iris Azul.
Cí dejó arrastrar su espalda por la pared de caoba hasta acabar sentado en el suelo. No podía creerlo. El consejero de los Castigos se declaraba culpable. Todo había terminado. No había nada más que investigar.
Permaneció sentado hasta que Bo le conminó a que se levantara. Entonces, lentamente, pareció recobrar el sentido. Una vez de pie, le devolvió la nota a Bo, quien le certificó que tanto la caligrafía como los sellos pertenecían a Kan. Cí asintió. Se despidió de Bo con un balbuceo y abandonó el palacio cabizbajo en dirección a los jardines.
Caminó incrédulo, meditando qué hacer. Ya nada le retenía en palacio. Con Kan culpable e inmolado, podría exigir al emperador el puesto prometido y comenzar una provechosa carrera judicial. Ming quedaría libre, Iris Azul exculpada, Feng le excusaría de cualquier cargo que Astucia Gris pudiera presentar contra él y todos sus sueños se harían realidad. Sin embargo, mientras deambulaba entre los sauces, su corazón latía temeroso, porque aunque sus sueños estuvieran al alcance de su mano sabía que todo aquello era un sueño irreal. Lo sabía porque tenía la certeza de que la muerte de Kan no obedecía a un suicidio, sino a un acto criminal.