– ¿Entonces? ¿Qué quieres decir?
Cí le pidió que se sentara. Había llegado la hora de desvelar toda la verdad y de acudir con ella al emperador. Le narró los pormenores del examen que había practicado a Kan, empezando por el tipo de soga que emplearon para ahorcarle.
– Una cuerda de cáñamo trenzado. Delgada pero resistente. De las empleadas para colgar a los cerdos…
– La que más le cuadraba -murmuró con un gesto de indignación.
– Sí. Pero independientemente de eso, yo hablé con Kan la tarde anterior, y os puedo asegurar que su actitud no era la de una persona que estuviese preparando su suicidio. Tenía planes inmediatos.
– La gente cambia de opinión. Tal vez por la noche le pudo la ansiedad de la culpabilidad. Se derrumbó y actuó de forma precipitada.
– ¿Y salió de madrugada a buscar una cuerda de ese tipo? Si en verdad hubiese actuado acuciado por la angustia, habría empleado lo primero que hubiera encontrado. En la habitación disponía de las lazadas que recogen las cortinas, cinturones de batines, largos pañuelos de seda, sábanas que podía anudar, cordones… Pero, por lo visto, en ese momento de desesperación sólo se le ocurrió salir a buscar una cuerda.
– O a pedir que se la trajeran. No comprendo la causa de tu suspicacia. Además, está esa nota que tú mismo leíste. La que anunciaba su suicidio.
– No exactamente. En la nota reconocía su culpabilidad, pero en ningún momento mencionaba su propósito de quitarse la vida.
– No sé. No parece concluyente… No puedes presentarte ante el emperador sólo con una suposición.
– Podría tratarse de una suposición de no concurrir otros hechos que le otorgan la categoría de certeza -afirmó-. En primer lugar, están sus ropas, perfectamente dobladas y colocadas sobre la mesilla.
– Eso no demuestra nada. Sabes tan bien como yo que desnudarse antes de un ahorcamiento es un acto común en muchos suicidas… Y el hecho de que doblara su ropa concuerda con la exasperante pulcritud y el esmero que rodeaban todas sus acciones.
– En efecto, Kan era un hombre rutinario y pulcro. Y por esa misma razón resulta extraño que la forma en la que su ropa estaba plegada sobre la mesilla fuera totalmente distinta a la que observé en el resto de su vestuario.
– Ahora comprendo. Y sugieres, por tanto, que no fue él quien la dobló.
Cí asintió.
– Una observación aguda, aunque también un error de principiante -denegó Feng-. En cualquier familia humilde tu suposición habría resultado acertada, pero te aseguro que en palacio los consejeros no se doblan sus ropajes. Esa tarea queda a cargo del servicio, de modo que el detalle que comentas lo único que demuestra es que Kan dobló la ropa de forma diferente a la empleada por sus sirvientes.
Cí enarcó una ceja. Por un momento se sintió estúpido, pero al menos se alegró de que quien le corrigiera fuese su antiguo maestro. No obstante, no se amilanó. El tema de la ropa era sólo un detalle menor y aún confiaba en dos razones poderosas.
– Disculpad mi suficiencia. No pretendía… -Se dejó de excusas y continuó-: Entonces, decidme, ¿por qué un arcón?
– ¿Un arcón? No entiendo…
– Utilizó un arcón como plataforma. Aparentemente, lo colocó bajo la traviesa central y lo empleó para subirse y arrojarse desde él.
– ¿Y qué tiene eso de extraño?
– No demasiado -hizo una pausa-, de no ser porque el arcón resultó estar lleno de libros. Intenté moverlo y me fue imposible. Habría necesitado la ayuda de otra persona para trasladarlo.
Feng frunció el ceño.
– ¿Seguro que pesaba tanto?
– Más que Kan. ¿Por qué arrastrar algo tan pesado si disponía de numerosas sillas?
– Lo ignoro. Kan era un hombre muy grueso. Quizá temió la endeblez del asiento.
– ¿Temor un hombre que va a ahorcarse?
Feng enarcó una ceja.
– En cualquier caso, eso no es todo -continuó Cí-. Volviendo a la cuerda que utilizó para colgarse, ésta era nueva. El cáñamo se veía impoluto. Como recién trenzado. Sin embargo, había un tramo rozado en la parte que excedía el nudo de la viga.
– ¿Te refieres al extremo libre?
– Desde el nudo de la viga, hacia el extremo libre, sí. Un tramo rozado de unos dos codos de longitud. Curiosamente, la misma distancia que entre los talones del muerto y el suelo.
– No veo a dónde quieres llegar.
– Si se hubiera colgado él mismo, en primer lugar habría anudado la cuerda a la viga, después habría introducido la cabeza por el nudo vivo y finalmente habría saltado desde lo alto del arcón.
– Sí. Así debería haber ocurrido…
– Pero, en tal caso, la cuerda habría aparecido sin roce alguno, cosa que sabemos que no sucedió. -Se levantó para escenificarlo-. En mi opinión, Kan yacía inconsciente antes de ser ahorcado. Con toda probabilidad, fue narcotizado. Entre dos o más personas lo colocaron sobre el arcón. Luego introdujeron su cabeza por el lazo, pasaron el extremo de la cuerda por la traviesa y tiraron de ésta hasta elevarlo. El peso de Kan provocó que durante el alzamiento la viga raspara las fibras del cáñamo, un roce cuya longitud coincide con la que distaba de sus pies al suelo.
– Interesante -concedió Feng-. ¿Y por qué supones que Kan se hallaba inconsciente antes de su asesinato?
– Por un detalle prácticamente concluyente. No había fractura en la tráquea. Algo impensable en un nudo situado por debajo de la nuez que soportó un peso enorme al ser arrojado desde una considerable altura.
– Kan podría haberse dejado deslizar en vez de haber saltado.
– Tal vez. Pero si convenimos en que nos encontramos ante un crimen, es obvio suponer que, de haber estado consciente, Kan se habría resistido a sus asesinos. No obstante, su cuerpo carecía de rasguños, hematomas o cualquier otra señal de lucha. Podríamos pensar en un envenenamiento previo, pero su corazón aún latía cuando lo colgaron. La reacción vital de la piel de su garganta, la protrusión de la lengua contra los dientes o el tono negruzco de sus labios así lo atestiguan, de modo que sólo queda la opción de que fuese narcotizado.
– No necesariamente. También pudieron coaccionarlo…
– Yo lo dudo. Por terrible que resultase la amenaza, una vez que la soga atenazara su cuello y su cuerpo quedara suspendido, instintivamente se habría debatido para librarse de su atadura.
– Tal vez estuviera atado de manos…
– No encontré señales en sus muñecas. Pero sí una huella que definitivamente confirma todas mis suposiciones. -Buscó en la biblioteca un libro polvoriento y lo sujetó con el lomo hacia arriba, en posición horizontal. Luego se desató un cordón de las mangas y lo colocó por encima del lomo, dejando que ambos extremos del cordón colgaran bajo las tapas-. Fijaos. -Agarró los dos extremos a la vez y estiró bruscamente de ellos. Después los retiró y le mostró la marca a Feng-. El surco que el cordón ha dejado sobre el polvo del lomo es nítido y definido. Ahora, observad esto. -Repitió la operación en otra zona del lomo, pero en esta ocasión ejerciendo movimientos que simulaban un peso al debatirse en los extremos-. ¿Veis la diferencia? -Señaló unos bordes imprecisos, amplios y difuminados-. Y sin embargo, cuando me encaramé para comprobar la traviesa en la que se anudaba la cuerda, encontré una huella idéntica a la primera. Limpia, sin muestra alguna de agitación.
– ¡Todo esto es sorprendente! ¿Y por qué no se lo has revelado al emperador? -se admiró Feng.
– No estaba seguro -mintió Cí-. Antes quería consultároslo.
– Pues, según veo, no existen dudas. Quizá lo único discordante sea la nota de inculpación…