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– ¡Pero…! ¡Pero si fui yo quien averiguó…!

– ¡Y gracias a eso he conseguido que te liberen! Le aseguré al emperador que ayer me informaste de esos mismos descubrimientos: le detallé lo del arcón, las huellas de la cuerda, el contenido de la carta de confesión… Se lo conté todo y, aun así, me costó convencerle. Hube de empeñar mi palabra y mi honor para arrancarle la orden provisional que te pone bajo mi custodia. Una garantía personal a cambio de un ultimátum. Mañana se celebrará el juicio.

– ¿Juicio? ¿Entonces no os cree?

– No quiero mentirte, Cí. -Agachó la cabeza-. Astucia Gris está moviendo cielo y tierra en busca de motivos para inculparte. Al saber que el emperador te prometió un puesto en la administración si lograbas resolver el caso, ha argumentado que la muerte de Kan se convertía en la forma más sencilla para obtener tu propósito. Te acusa de ser el gran beneficiado. Y está ese adivino que te atribuye otro asesinato.

– ¡Eso es una falacia! Sabéis perfectamente que…

– ¡El problema no es lo que yo sepa! -le interrumpió-. El problema es lo que crean ellos, y lo único cierto es que no disponemos de pruebas que acrediten tu inocencia. Ese sello que te entregaron te permitía acceder a cualquier dependencia de palacio, incluida el ala donde se ubican las habitaciones privadas de Kan. Y varios testigos te vieron discutir con él, entre ellos el mismísimo emperador.

– Ya. Y también yo decapité a unos hombres a los que ni siquiera conocía, y les produje una herida en los pulmones, y…

– ¡Te repito que ése no es el problema! Mañana nadie juzgará los crímenes de unos pobres muertos de hambre. Juzgarán el asesinato del consejero de los Castigos, o lo que es lo mismo: te acusarán de conspirar contra el emperador. Y mientras no demostremos lo contrario, el asesino, te guste o no, eres tú.

Cí comprendió que debía contarle a Feng cuanto sabía, pero la cabeza le iba a reventar y las pistas que había ido acumulando se arremolinaban en su pensamiento. Además, su libreta de notas se había quedado con el resto de su equipaje en la academia al cuidado del sirviente de Ming. Le pidió a Feng que le permitiera descansar un momento. Cuando se quedó solo, cerró los ojos, sintiendo el zumbido de sus oídos casi tanto como el galope de su corazón. Estaba asustado. Tiempo atrás había presenciado la horrible muerte de su hermano y no quería acabar como él. Por suerte, antes de que su recuerdo le atormentara más, el cansancio le derrotó, sumiéndole en un sueño profundo.

Despertó al escuchar unas voces procedentes del exterior. No sabía qué hora era. Al incorporarse, la habitación se balanceaba a su alrededor, pero se sujetó al dosel de la cama y caminó titubeando hacia la claridad procedente de la ventana abierta. Justo cuando iba a llegar, tropezó y cayó al suelo, quedando sus ojos a la altura del alféizar. Iba a levantarse cuando de repente vio algo que le extrañó: ocultas entre el follaje, dos figuras medio agazapadas discutían en voz baja, cuidando de mirar a un lado y a otro como si temiesen ser descubiertas. Con cautela, se irguió un poco para intentar distinguirlas. Cuando lo logró, el corazón se le paralizó. Las dos personas que parecían conspirar eran Iris Azul y Bo.

Cuando concluyeron la conversación, Cí regresó hasta la cama. No había conseguido escuchar la disputa, pero sí el tono acusador de ambos. Respiró con fuerza mientras intentaba encontrar una salida a la ratonera en la que se había metido. No se le ocurría nada. Ya sólo confiaba en Feng. Pasados unos instantes, escuchó llamar a la puerta. Cuando autorizó la entrada, entró en el dormitorio Iris Azul.

– ¿Cómo te encuentras? -preguntó la mujer, distante.

Cí la miró de arriba abajo mientras ella permanecía impasible, como si se encontrara frente a un desconocido al que jamás hubiera amado. Iris Azul se acercó despacio hasta el borde de la cama y depositó la tetera que llevaba en una bandeja. Cí contempló sus manos. Temblaban como las de una enferma.

– Estoy bien.

Acto seguido le preguntó de qué conocía a Bo. Al escucharlo, la mujer derramó sin querer el té. Cí trató de limpiar el líquido que goteaba de la bandeja.

– Perdona -balbució mientras le ayudaba-. Son cosas que pasan cuando una es ciega.

Le respondió que no conocía a Bo. Cí sabía que le mentía. No quiso insistir para no dejarla en evidencia. Iba a necesitar cualquier ventaja, y tal vez aquélla la pudiera emplear.

– No hemos tenido ocasión de hablar de lo que sucedió la otra noche -dijo él.

– ¿A qué te refieres?

– Me refiero a la noche en la que yacimos juntos. ¿Tan mala memoria tienes o con tantos has estado que no eres capaz de recordar?

Ella intentó abofetearle, pero él la sujetó.

– ¡Suéltame! -gritó-. ¡Suéltame antes de que llame a mi marido!

Cí aflojó su mano justo en el instante en que Feng entraba por la puerta. Ambos carraspearon. Ella se separó.

– Derramé el té -se excusó ella.

Feng no le concedió importancia. Al contrario, corrió a recoger la taza y acompañó a Iris a la puerta. Luego cerró y se acercó a Cí. Se alegró de encontrarle despierto y con mejor cara que por la mañana. Sin embargo, le mostró su preocupación por el paso de las horas y la ausencia de pruebas con las que sustentar su defensa.

– Sabes que nuestro sistema judicial prohíbe la presencia de abogados. Tendrás que defenderte a ti mismo, igual que cualquier otro reo, y apenas disponemos de esta tarde para planificar tu estrategia.

Cí lo sabía. El gesto de resignación que abatía su rostro daba cumplida respuesta a Feng. Sopesó contarle el encuentro que acababa de presenciar entre Iris Azul y Bo, pero dudó que realmente sirviera para algo más que para ponerse en evidencia y acabar destapando la infidelidad con su mujer. Además, si pretendía convencer al emperador, debería acudir con algo más concluyente. ¿Pero con qué? Feng pareció adivinarlo.

– Intenta serenarte. Ahora debes ser como el lago durante la tormenta: aunque la tempestad sacude su superficie, en sus profundidades sigue morando la calma.

Cí miró los ojos templados de Feng, velados por el paso de los años. Sus lacrimales húmedos rezumaban paz y comprensión. Cerró él los suyos para buscar la tranquilidad que necesitaba. Buceó en las profundidades de su mente hasta llegar a la conclusión de que era un error centrar todos sus esfuerzos en el asesinato de Kan. Entonces se concentró en lo que consideraba el gran enigma. Según sus pesquisas, todas las muertes eran obra de la misma mano criminal, de modo que la clave debía residir en el nexo que las unía: la muerte del eunuco, la del viejo de las manos corroídas, la del hombre del retrato y la del broncista. Un nexo que tenía que ir más allá de la presencia de un perfume o las extrañas heridas de sus torsos. Un nexo que desconocía, pero que debía averiguar.

De repente, todo desapareció hasta teñirse de negro. Luego a su mente acudieron como lúgubres invitados los rostros de los cadáveres.

Primero vio a Suave Delfín, encorvado sobre sus libros de cuentas en los que registraba el tráfico de la sal, el mismo tipo de trabajo que había ejercido su padre para Feng. El eunuco apuntaba las partidas, los excedentes, la distribución y sus costes. En algún momento encontraba algo que no cuadraba. Después, las cuentas cambiaban y los beneficios disminuían.

Seguidamente, apareció el hombre de las manos corroídas. Corroídas también por la sal. Lo imaginó con ellas enterradas en el mineral pulverizado. Sin embargo, bajo sus uñas se distinguían pequeños fragmentos de carbón negruzcos. Entonces lo imaginó trabajando con ambos productos. Mezclándolos hábilmente con el cuidado de un alquimista taoísta.

Después se presentó el hombre del retrato. Aquel cuyo patrón de heridas coincidía con el ladrón lacerado por una explosión.