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Estaba comprobando el listado de sumarios cuando, de repente, el enunciado de uno de ellos le paralizó. Con una perfecta caligrafía, rezaba así:

Relato de la pesquisa instruida por el honorable juez Feng en relación con el degüello de un campesino en un campo de arroz y su asombrosa resolución merced a la observación de las moscas sobre una hoz. Hecho acaecido durante la tercera luna del séptimo mes, del decimotercer año de reinado del emperador Xiaozong.

Hubo de leer la fecha por segunda vez para comprobar que no se trataba de un error. Un escalofrío le sacudió el corazón.

Siguió leyendo sin dar crédito a la descripción. En ella se detallaba cómo el juez Feng, por aquel entonces un recién llegado a la judicatura, había obtenido el reconocimiento inmediato por la increíble astucia urdida para desentrañar un crimen entre decenas de sospechosos. Para ello, ordenó colocar todas las hoces sospechosas en una fila al sol. Dispuso una loncha de carne podrida para atraer a las moscas y cuando se formó un enjambre sobre ésta, la retiró, provocando que la nube de insectos volara hacia la única hoz que conservaba restos imperceptibles de sangre.

Cí cerró el libro y lo apartó como si en su interior habitase un demonio. Sus manos temblaban, dominadas por el terror. Xiaozong era el abuelo del actual emperador. En su decimotercer año de reinado, Feng tendría unos treinta años. Y, sin embargo, el suceso reflejado en aquel libro refería pormenorizadamente la misma actuación que había presenciado en su aldea natal durante el juicio de Lu. Un calco del caso que había conducido a la muerte a su propio hermano, siendo Feng su acusador.

La vista se le nubló.

Cogió de nuevo el libro y lo releyó. Su pulso palpitaba desbocado. No cabía confusión. No cabía error. ¿Cómo podía haber sido tan necio? ¿Cómo había podido sucumbir a tan terrible engaño? La incriminación de su hermano no había respondido ni a un descubrimiento casual ni a la afortunada perspicacia de Feng. Al contrario, había ocurrido porque alguien lo había preparado todo para incriminarle. Alguien que ya había utilizado ese mismo método con anterioridad. Y ese alguien era el propio Feng.

Pero ¿por qué?

Imaginando que Feng aún seguiría en palacio, abandonó la habitación decidido a enfrentarse a él. Sin embargo, al alcanzar la salida, un sirviente desconocido se interpuso en su camino. Cí se quedó mirando las líneas que formaban sus ojos, de rasgos diferentes a los de su raza. De repente, lo reconoció. Era el mismo mongol que había acompañado a Feng el día en que éste se presentó en la aldea. Cí no le dijo nada. Intentó esquivarlo, pero el sirviente se lo impidió.

– El amo ha ordenado que permanezca en la casa -le advirtió, amenazador.

Cí contempló el rostro huraño del mongol. Pensó desafiarle, pero la montaña de músculos que reventaba su camisola le disuadió, de modo que retrocedió unos pasos hasta que un sirviente se hizo cargo de él y lo acompañó de regreso a la habitación de Feng.

Nada más quedarse a solas, Cí se dirigió hacia la ventana decidido a saltar, pero ésta daba a un estanque tras el que hacían guardia dos centinelas. Torció el gesto. En su estado, no lograría escapar ni aunque le nacieran escamas. Exasperado, miró a su alrededor. Aparte del lecho en el que había reposado y del escritorio sobre el que descansaba la autorización que había redactado para Sui, la habitación de Feng era un damero de librerías y estantes repletos de tratados relativos a asuntos judiciales, pero, en un rincón apartado, descubrió una sección inédita dedicada por completo a la sal. A Cí le extrañó. Sabía que Feng había abandonado la actividad judicial para centrarse en tareas burocráticas relacionadas con el monopolio de la sal, pero una colección monográfica tan extensa parecía exceder un interés puramente profesional. Guiado por un impulso, echó un vistazo a algunos de los tomos. La mayoría hacían referencia a la extracción, la manipulación y el comercio del mineral, mientras que un lote más reducido se centraba en las propiedades de la sal como condimento, conservante alimentario o medicamento. Sin embargo, un tomo de color verde parecía desentonar con los demás. Al leer el título se extrañó. Era una copia del Ujingzongyao, el volumen sobre técnicas militares del que había hablado a Feng y que éste había asegurado desconocer. Luego deslizó los dedos sobre el resto de lomos perfectamente alineados, hasta que de repente tropezaron con un volumen cuyo dorso sobresalía ligeramente del resto. Supuso que Feng lo habría consultado recientemente y por alguna razón ajena a sus hábitos había olvidado volver a colocarlo a la altura de los demás, así que lo sacó de la estantería para comprobar su contenido. Curiosamente, sus tapas carecían de título. Abrió el volumen y comenzó a leer.

El primer párrafo le heló la sangre. El texto no era más que una sucesión de asientos comerciales sobre compras y ventas de partidas de sal, pero lo que en verdad le había estremecido era que conocía aquellos signos como si los hubiera escrito éclass="underline" el mismo trazo, la misma cadencia. Y su nombre y su firma al final de cada balance. Aquélla era la caligrafía de su padre. Sin saber el motivo, siguió estudiándolo con avidez.

Comprobó que los balances se remontaban hasta un lustro atrás. Conforme avanzaba, advirtió que aquel volumen era una réplica exacta del que había consultado en los archivos del Consejo de Finanzas. Una especie de contabilidad paralela, pero idéntica a la original. Cerró el volumen y miró los bordes guillotinados. Tal y como imaginaba, las hojas se apreciaban bien prensadas unas contra otras, a excepción de dos zonas algo entreabiertas que debían de coincidir con las páginas que se habían consultado más. Introdujo la uña y separó el libro por la marca más alejada, encontrando que su contenido concordaba con las extrañas fluctuaciones encontradas en el archivo original de Suave Delfín. Luego retrocedió hasta la primera marca y leyó con atención. El patrón de movimientos se repetía hasta alcanzar un descenso máximo. A partir de ese día, la firma de su padre se evaporaba para dar paso a la de Suave Delfín.

Cerró los párpados con tanta fuerza que pensó que le reventarían. ¿Qué podía significar aquello? Volvió a repasar los datos, incapaz de comprender. La cabeza le oprimía como si le fuera a estallar.

De repente, un ruido en el exterior le alertó. Cerró el libro de inmediato y se apresuró a devolverlo a la biblioteca, pero los nervios le traicionaron y se le cayó al suelo. Estaba recogiéndolo cuando escuchó que la puerta se abría. La respiración se le cortó. En un parpadeo se levantó e introdujo el manual en su sitio justo en el instante en que alguien entraba en la habitación. Era Feng, portando una bandeja con fruta. Cí advirtió que, en lugar de dejar el libro como estaba, lo había alineado con los demás. En un suspiro consiguió sacarlo un dedo antes de que Feng, ocupado con la bandeja, alzara la vista. Entonces, mientras el juez se giraba para cerrar la puerta, descubrió con horror que, con la caída, una hoja se había desprendido del libro y yacía en el suelo junto a sus pies. De inmediato, empujó la hoja debajo de la librería con el pie. Feng le saludó y dejó la bandeja sobre la cama.

– En palacio no hay novedad. ¿Has terminado la nota?

– Aún no -mintió.

Cí corrió hacia el escritorio y ocultó en sus mangas la autorización que había preparado. Luego comenzó a escribir una nueva. Feng advirtió su temblor.

– ¿Sucede algo?