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– Los nervios del juicio -fingió. Terminó de escribir la nueva autorización y se la entregó.

– Come algo de fruta. -Le señaló la bandeja-. Mientras, iré a recoger el cañón de mano.

Cí asintió. Feng ya se retiraba cuando a la altura de la puerta se detuvo.

– ¿Seguro que estás bien?

– Sí, sí -le aseguró.

Feng ya iba a salir, pero algo en la biblioteca le detuvo. Frunció el ceño y se dirigió hacia el lugar donde había encontrado a Cí curioseando. El joven observó que, pese a su intento por ocultarla, una esquina de la hoja que había empujado asomaba a la vista. Pensó que Feng la habría descubierto. Sin embargo, el juez alzó su mano y extrajo el libro de cuentas que momentos antes había examinado. Cí contuvo la respiración. Feng abrió el libro y comprobó que estaba boca abajo. Frunció el ceño. Le dio la vuelta y lo colocó en su sitio en la posición correcta, dejándolo un dedo más afuera que los demás. Luego se despidió y se fue.

Tras asegurarse de que no regresaba, Cí se abalanzó sobre la hoja caída. Al examinarla advirtió que no era una página desprendida, sino una carta que Feng había debido de guardar en el interior del volumen. Estaba fechada en su aldea natal. Era de su padre. La desplegó y comenzó a leer.

Respetado Feng:

Aunque aún faltan dos años para que concluya el luto por el que hube de cesar en mi puesto, deseaba comunicaros mi anhelo por reincorporarme inmediatamente a vuestro servicio. Como ya os he manifestado en anteriores misivas, mi hijo Cí ambiciona retomar sus estudios en la Universidad de Lin’an, y yo comparto esa ilusión.

Por vuestro honor y por el mío, no puedo aceptar que se me acuse de una infamia que no he cometido ni permanecer en esta aldea un día más mientras soportáis y tapáis los rumores sobre mi malversación. Las ignominiosas insidias que me acusan de corrupción no me desaniman. Soy inocente y quiero demostrarlo. Por fortuna, dispongo de copias de los asientos que reflejan las irregularidades que encontré en vuestras cuentas, por lo que no nos será difícil rebatir cualquier imputación.

No es necesario que vengáis a la aldea. Si, como decís, el motivo por el que os oponéis a mi regreso es protegerme, os ruego me permitáis acudir a Lin’an y demostrar con pruebas mi inocencia.

Vuestro humilde servidor.

A Cí le paralizó el estupor.

¿Qué era lo que estaba sucediendo? Según aquel documento, su padre parecía ser inocente de los cargos que se le imputaban. Y obviamente, Feng lo sabía. Sin embargo, cuando le confesó al juez que en la universidad le habían denegado el certificado de aptitud por el comportamiento indigno de su padre, Feng había dado por probada la culpabilidad de su progenitor.

Aspiró con fuerza e intentó recordar los hechos que habían acaecido en la aldea durante la visita de Feng. Si su padre tenía la firme intención de regresar a Lin’an, ¿por qué cambió de opinión? ¿A qué presión tan terrible se hubo de ver sometido para, de la noche a la mañana, renunciar a su honra y aceptar cargar con un delito que afirmaba no haber cometido? ¿Y por qué Feng viajó a la aldea, pese al expreso deseo de su padre en sentido contrario? ¿Y por qué inculpó a su hermano?

Se maldijo por haber renegado de su padre. El hombre que le había engendrado había luchado por él hasta su último suspiro, y a cambio él le había pagado desconfiando y repudiándole. Era él, y no su padre, el auténtico estigma de su familia. Cí dejó escapar un alarido de dolor.

Un sufrimiento desconocido le oprimió los pulmones mientras el aire se viciaba en su garganta y la sangre se le atropellaba en el corazón. Su pensamiento se turbó por la ira.

Tardó en serenarse. Cuando lo hizo, se preguntó qué papel jugaba Feng en aquel laberinto, pero no encontró una respuesta que satisficiera sus dudas. Feng, el hombre al que había imaginado como un padre, era un traidor en el que no podía confiar.

Se levantó y guardó la carta bajo la chaqueta, cerca del corazón. Luego apretó los dientes y trazó un plan.

Lo primero que hizo fue registrar hasta el último rincón de la habitación. Con cuidado de dejar todo como estaba, sacó libros buscando nuevos documentos, miró en los huecos de las estanterías, levantó los cuadros y escudriñó bajo las alfombras, pero no encontró nada de utilidad. Finalmente, se dirigió al escritorio. Los cajones superiores sólo contenían algunos instrumentos de escritura, un par de sellos y papel en blanco, nada que le llamara la atención, a excepción de una bolsita con un polvillo negro que, por su olor, identificó como pólvora. El cajón inferior estaba cerrado con llave. Intentó forzarlo, pero no lo logró. Por un instante pensó en reventarlo, pero no quería despertar sospechas, así que extrajo el cajón superior e introdujo el brazo por el hueco para ver si comunicaba con el de abajo. Desafortunadamente, un tablero de madera sellaba el vano entre cajón y cajón. Se volvió hacia la cama y aferró el cuchillo de la fruta. Luego, con cuidado, metió la mano por el hueco y comenzó a astillar el fondo del tablero para extraer una lama y acceder al cajón por el agujero. Poco a poco, la hendidura fue avanzando hasta completar la anchura del cajón. Metió el cuchillo por la grieta y apalancó la lama hasta hacerla saltar. Sacó fuera el listón y hundió la mano hasta que su propio hombro se lo impidió. Por desgracia, el hueco apenas si le permitía rozar con los dedos lo que parecían ser fragmentos de algún material. Desesperado, empujó el escritorio con el hombro haciéndolo pivotar sobre sus patas traseras para que, con la inclinación, el contenido del cajón se desplazase hacia el fondo. Al hacerlo, sintió el crujido de sus huesos bajo el peso de la madera. Rápidamente sus dedos se aferraron a los fragmentos como las garras de un ave de presa, cogió cuanto pudo y dejó caer el escritorio con violencia. Colocó los dos cajones superiores y corrió hacia la cama para examinar su botín mientras aspiraba con ansia el aire que le faltaba. No se atrevía a mirar. Lentamente, abrió la mano y prorrumpió en una exclamación. Los fragmentos se correspondían con los restos del molde de terracota verde que había desaparecido de su habitación. Pero descubrir entre ellos una diminuta esfera de piedra cubierta de sangre reseca fue lo que verdaderamente le asombró.

* * *

Intentó dejar todos los objetos en su sitio, como si ni siquiera los hubiera rozado la brisa. Luego, con el sigilo de un bandido, se deslizó hasta su habitación, llevándose las pruebas y el libro de los juicios ocultos entre sus ropajes. Una vez en el dormitorio, se dejó caer sobre el lecho de bambú para examinar el valor de sus hallazgos.

Los restos del molde no le aportaron novedad alguna, pero, al observar la esferita de piedra, advirtió que tenía incrustadas unas minúsculas astillas de madera. Un examen más profundo reveló que su superficie estaba fracturada, como si se hubiera golpeado contra algo duro y se hubiera desprendido una esquirla. De inmediato, sintió el palpitar de su corazón. Corrió hacia sus enseres y buscó la esquirla que había encontrado en la herida del alquimista. La cogió tembloroso y la acercó hacia la esferita. Cuando hizo coincidir las dos piezas, un escalofrío le sacudió. Al juntarlas, conformaban una esfera perfecta. Durante un instante, creyó estar en disposición de desvelar ante el emperador el verdadero rostro de Feng, pero pronto cayó en la cuenta de lo desesperado de su situación: no se enfrentaba a un vulgar delincuente. Feng se había revelado como un manipulador capaz de mentir, simular y, posiblemente, incluso asesinar con absoluta frialdad. Y por si fuera poco, él había sido tan necio como para revelar a Feng todos sus descubrimientos. Si pretendía desenmascararle, necesitaría ayuda. Pero ¿a quién pedir auxilio en una madriguera de lobos?