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La desesperación le consumió. Desconocía el papel que desempeñaba Iris Azul en aquella trama, pero en aquel momento ella era su único asidero.

La abordó en el salón. Iris, sentada en una butaca, acogía en su regazo a un gato de color crema que agradecía con ronroneos las caricias que ella le prodigaba. Reposaba tranquila, con la vista perdida en algún lugar que sólo ella conocía. Al escuchar sus pasos adivinó a quién pertenecían. Dejó que el felino se deslizara hasta el suelo y miró hacia el lugar donde creía que aguardaba Cí. Sus ojos grisáceos lucían más bellos que nunca.

– ¿Te importa que me siente? -le preguntó él.

Iris tendió su mano, indicándole el diván situado frente a ella.

– ¿Te encuentras mejor? -le preguntó sin rastro de emoción-. Feng me dijo que sufriste un accidente.

Cí enarcó la ceja. Él habría encontrado mil calificativos más adecuados para definir la paliza que le habían propinado en la prisión. Le contestó que se restablecería pronto.

– Sin embargo, hay un asunto que me preocupa más que mis huesos y que quizá también te preocupe a ti -espetó.

– Tú dirás -esperó ella. Su gesto continuó impasible, ajeno a cualquier sentimiento.

– Esta mañana te vi en el jardín mientras discutías con Bo, pero más tarde me aseguraste que no le conocías. Supongo que hablaríais de algo muy grave si te viste obligada a mentir.

– ¡Vaya! Ahora no sólo te dedicas a espiar, sino que además te atreves a acusar -se revolvió-. Deberías avergonzarte por pedir explicaciones, tú, que desde que llegaste a esta casa no has parado de engañar.

Cí enmudeció. Sin duda, para ser Iris la única persona en la que podía confiar, había comenzado con mal pie. Se disculpó por su atrevimiento, atribuyéndolo a su desesperación.

– Por mucho que te extrañe, mi vida está en tus manos. Necesito que me digas de qué hablabas con Bo.

– Dime una cosa, Cí. ¿Por qué habría de ayudarte? Mentiste sobre tu profesión. Mentiste sobre tu trabajo. Bo te acusa y…

– ¿Bo?

– Bueno. No exactamente. -Calló.

– ¿Qué sucede? -Se levantó-. ¡Por el Gran Buda, Iris! ¡Está en juego mi vida!

Al escucharlo, Iris palideció.

– Bo… Bo me dijo… -Temblaba como una niña asustada.

– ¿Qué te dijo? -La sacudió por los hombros. Sintió en ellos su temor.

– Me dijo que sospechaba de Feng. -Se cubrió la cara con las manos y rompió a llorar.

Cí la soltó. Aquella respuesta era la mejor que podría haber esperado y, sin embargo, tras escucharla, no sabía cómo actuar. Se sentó junto a ella e hizo ademán de abrazarla, pero algo se lo impidió.

– Iris… Yo… Feng no es una buena persona. Deberías…

– ¿Qué sabes tú de buenas personas? -Se revolvió con los ojos enrojecidos por el llanto-. ¿Acaso tú me recogiste cuando todos me dieron la espalda? ¿Acaso tú me has mimado y atendido durante estos años? No. Tú tan sólo me has disfrutado una noche y ya te crees con el derecho de decirme lo que debo o no debo hacer. ¡Como todos a cuantos he conocido! Te desnudan, te besan o te ultrajan, lo mismo da, y luego o se olvidan de ti o pretenden que les obedezcas y babees tras ellos como si fueras un perro. ¡No! ¡Tú no conoces a Feng! Él me ha cuidado. Él no puede haber hecho esas cosas tan horribles que dice Bo… -Rompió a llorar de nuevo.

Cí la contempló entristecido. Imaginaba lo que estaba padeciendo, porque un dolor semejante era el que seguía sufriendo él.

– Feng no es la persona que tú crees ni la que él dice ser -le aseguró-. No sólo estoy yo en peligro. A menos que me ayudes, pronto lo estarás tú también.

– ¿Ayudarte yo…? ¿Pero has visto con quién estás hablando? ¡Despierta, Cí! ¡Soy una ciega! ¡Una maldita y solitaria prostituta ciega! -Miraba de un lado a otro sin ver, con los ojos rebosantes de desesperación.

– ¡Escúchame! Sólo te pido que mañana acudas al juicio a declarar. Que seas valiente y respondas con la verdad.

– ¡Ja! ¿Sólo eso? -Sonrió con amargura-. ¡Qué fácil es hablar de valentía cuando se dispone de juventud para luchar y de dos ojos con los que ver! ¿Sabes lo que soy? La respuesta es nada. ¡Sin Feng no soy nada!

– Por mucho que mires hacia otro lado, no podrás cambiar la verdad.

– ¿Y cuál es la verdad? ¿Tu verdad? Porque la mía es que le necesito. Que me ha cuidado. ¿Qué esposo no comete errores? ¿Quién no comete errores? ¿Acaso tú, Cí?

– ¡Maldita sea, Iris! ¡No estamos hablando de pequeñas equivocaciones! ¡Hablamos de un asesino!

Iris negó con la cabeza mientras balbuceaba palabras ininteligibles. Cí masculló. No lograría nada presionándola. Se mordió los labios y asintió. Luego, se levantó dispuesto a marcharse. Estaba haciéndolo cuando se giró.

– No puedo obligarte -le recriminó-. Eres libre de acudir al juicio o delatarme esta noche a Feng, pero nada de lo que hagas o digas cambiará la verdad. Feng es un criminal. Ésa es la única realidad. Y sus acciones te perseguirán mientras vivas, si es que a permanecer a su lado se le puede llamar vivir.

Cí no quiso ver a Feng, argumentando que la cabeza le reventaba y precisaba descansar. Para evitar sus sospechas, dejó dicho que confiaba en él y en cuantas pruebas hubiese reunido para su defensa. Iba a encerrarse en su habitación cuando Iris Azul le sujetó.

– ¿Sabes, Cí? Tienes razón. Feng conoce infinitas formas de morir. Y no dudes que escogerá la más dolorosa cuando le toque matarte a ti.

Capítulo 34

Cí no durmió en toda la noche y, sin embargo, le faltaron horas para aborrecerse a sí mismo y para odiar a Feng. Cuando los primeros rayos del alba salpicaron las cortinas, se preparó. Había empleado todas sus energías en buscar una estrategia que dejara en evidencia a Feng, pero lo que para él resultaba meridianamente claro, quizá sólo fuera palabrería para el emperador.

Cuando llegó el momento de partir, hubo de esforzarse para guardar la compostura y no dejar traslucir sus sentimientos hacia el juez. Feng aguardaba en la puerta, ataviado con su antigua toga de magistrado, el gorro alado y una sonrisa afable que Cí ahora sabía cínica. Al joven le costó balbucear un saludo amargo que justificó por la falta de sueño. Feng no desconfió. Afuera esperaba la guardia imperial para escoltarles hasta el salón donde se celebraría la audiencia. Al contemplar sus armas, Cí se cercioró de que llevaba bien ocultas las suyas: el libro de juicios, la misiva de su padre, la bolsita de pólvora y la pequeña esfera de piedra ensangrentada que había encontrado en el cajón de Feng. Después se giró con la esperanza de encontrar el apoyo de Iris Azul. No la vio.

Dejaron atrás el Pabellón de los Nenúfares sin que la nüshi saliera a despedirles. Durante el trayecto intentó evitar a Feng. Miraba al suelo para no verle, porque estaba convencido de que si el juez volvía a sonreírle, se abalanzaría sobre él y le arrancaría el corazón.

Una vez en el Salón de los Litigios, Feng ocupó su puesto junto a los magistrados del Alto Tribunal que conducirían la acusación. A su lado, Cí distinguió a un Astucia Gris en cuyo rostro resplandecía una histriónica mueca de triunfo mientras presumía ante sus colegas de haber propiciado su detención. A Cí le obligaron a arrodillarse frente al trono vacío del soberano. El joven tembló. Tras permanecer un rato con la frente en el suelo, un toque de gong anunció la presencia del emperador Ningzong, quien, ataviado con una túnica roja cuajada de dragones dorados, avanzó escoltado por un nutrido séquito encabezado por el consejero supremo de los Ritos y el nuevo consejero de los Castigos. Cí, sin variar la postura, aguardó.