Выбрать главу

– Antes de su testimonio -siguió Astucia Gris-, para comprender fehacientemente la naturaleza criminal del acusado, me veo obligado a relatar los informes que preceden a la llegada de Cí Song a Lin’an. A tal fin, preciso destacar un hecho que de inmediato nos acerca a la familiaridad del imputado con el crimen.

»Hará cuestión de dos años, en Jianyang, su aldea natal, alguien de su misma sangre, su hermano mayor para más detalles, degolló a un campesino. El acusado Cí, contaminado del mismo instinto delictivo que su hermano, robó trescientos mil qián a un honrado terrateniente y acto seguido huyó con su hermana a Lin’an, sin saber que un alguacil llamado Kao había salido en su persecución. Ignoro los vicios que rodearon su éxodo, pero, a pesar de la cantidad robada, él y su hermana cayeron pronto en la indigencia. Fue entonces cuando un hombre pobre pero magnánimo -señaló al adivino- se apiadó de sus penurias y le confió un trabajo como peón en el cementerio de la ciudad.

»Según confirmará el adivino Xu, poco tiempo después, el alguacil Kao acudió al cementerio preguntando por un fugitivo llamado Cí. Xu, ajeno a los delitos de su pupilo y engañado por él respecto a su identidad, le protegió. Como de costumbre, Cí respondió a la generosidad con traición. Abandonó a su salvador cuando éste más le necesitaba y desapareció.

»Meses después, Xu recapacitó y decidió colaborar con la justicia. Sabedor de que Cí se ocultaba en la Academia Ming, reveló el dato al alguacil. Sin embargo, Kao nunca llegó a capturarle, porque antes encontró la muerte a manos del propio Cí.

Seguidamente, Astucia Gris otorgó la palabra al adivino. El hombre se postró frente al emperador y cuando el oficial lo autorizó, Xu empezó su alocución.

– Todo ocurrió como lo ha relatado el ilustrísimo juez -cumplimentó a Astucia Gris-. Ese alguacil, Kao, me pidió que le acompañara a la academia porque desconocía su ubicación, asegurándome que detendría a Cí aunque le costase la vida. Le dije que yo no quería líos, pero al final me convenció. La noche antes de su muerte lo dejé allí. Yo me quedé curioseando por los alrededores hasta que vi salir juntos a Cí y a Kao en dirección al canal. Me fijé en que el alguacil llevaba en su mano una jarra de la que bebía. Al principio hablaron con normalidad, pero, de repente, comenzaron a discutir acaloradamente y, entonces, en un descuido, Cí se acercó al alguacil, le hizo algo en la cabeza, y antes de que cayera desvanecido, lo empujó al canal y huyó. Yo corrí a intentar socorrerle, pero sólo tuve tiempo para ver cómo el desgraciado desaparecía bajo las aguas.

Cientos de ojos acusadores se clavaron en Cí mientras crecía un murmullo de indignación. El joven buscó el modo de aportar pruebas con las que rebatir a Xu.

– ¡Ese adivino miente! Con la aquiescencia de Su Majestad, si se me permite hablar, demostraré que el adivino que me acusa no sólo me calumnia, sino que pretende engañaros a vos -dijo con la intención de involucrar al emperador.

Nada más invocarle, el oficial de justicia miró a su soberano en busca de un gesto de reprobación. Sin embargo, tal y como esperaba Cí, Ningzong se interesó.

– Permitid que hable -musitó al oficial.

Cí golpeó el suelo con la frente y, sin despegarla, miró de reojo a Astucia Gris.

– No puedo demostrarlo solo. Necesito el testimonio del profesor Ming -declaró.

* * *

La interrupción permitió a Cí saborear un triunfo efímero. Implicando al emperador había logrado introducir la duda en su mente al tiempo que había obtenido un aplazamiento que no sólo le permitiría gozar del consejo y los testimonios de Ming, sino que también le posibilitaría emprender la segunda parte de una estrategia que necesariamente pasaba por hablar con Bo. Con Feng enfrente, Ming enfermo y sin la ayuda de Iris Azul, todas sus esperanzas se reducían al canoso oficial que había tutelado su investigación.

Hacía rato que había localizado a Bo en un lateral del Salón de los Litigios, así que cuando los guardias le escoltaron para conducirle a una sala anexa, aprovechó para acercarse a él y suplicarle su ayuda. Bo se sorprendió, pero asintió con la cabeza y siguió a los guardias que le custodiaban hasta una pequeña estancia donde Cí tuvo ocasión de confiarle sus sospechas. Al principio, el oficial dudó, pero cuando Cí acabó de revelarle sus argumentos, Bo le garantizó su colaboración. Luego los guardias regresaron para trasladar a Cí al salón y Bo desapareció.

Para cuando situaron a Cí frente al emperador, el maestro Ming ya aguardaba recostado en un sillón. El anciano aún conservaba el rostro pintado de extrañeza, como si no supiera a quién juzgaban ni el motivo de su presencia ante el emperador, por lo que Cí se lo explicó tan escuetamente como pudo. Ming apenas parpadeó. Cí comprobó que las piernas del viejo profesor parecían haber mejorado y eso le reconfortó. Se postró en el suelo entre los dos centinelas que le escoltaban y se dirigió al emperador.

– Majestad. -Cí esperó su anuencia-. Como bien sabéis, desde hace años el venerable maestro Ming desempeña el cargo de director de la academia que ostenta su nombre, una institución tan reconocida que compite en prestigio con la propia universidad. De hecho, el mismo Astucia Gris se formó en ella… si bien empleó seis años para alcanzar un título que muchos han obtenido en dos -añadió.

Ningzong frunció el ceño, extrañado de que el juez encargado de la acusación no fuera tan competente como le habían hecho creer. Cí se alegró.

– Una persona como Ming merece toda nuestra confianza -continuó Cí sin levantar la cabeza-. Un hombre cabal que ha contribuido con su honestidad y su trabajo a acrecentar la sabiduría de los súbditos del emperador -argumentó para legitimarle-. Un hombre del que no se puede dudar.

– Vuestras preguntas… -le demandó el oficial judicial.

– Disculpadme -se excusó-. Maestro Ming, ¿recordáis el día en que varios alumnos inspeccionamos el cadáver de un alguacil ahogado en la prefectura de Lin’an?

– Sí. Desde luego. Fue un caso inusitado a raíz del cual Astucia Gris obtuvo su plaza en la Corte. Sucedió dos días antes de los exámenes trimestrales.

– Y durante la semana previa a los exámenes, ¿los alumnos pueden abandonar la academia?

– En modo alguno. Lo tienen taxativamente prohibido. De hecho, si por causa de fuerza mayor, algún estudiante se ve en la obligación de abandonar el edificio, su salida ha de ser anotada por el guardián de la puerta, cosa que sabemos que no sucedió.

– Ya. ¿Y de qué forma se preparan los alumnos para esos exámenes trimestrales?

– Esa semana los estudiantes pasan el día en la biblioteca y la noche en sus respectivos cuartos, estudiando hasta altas horas de la madrugada.

– ¿Recordáis si a mi entrada en la academia se me adjudicó un compañero de dormitorio?

– Sí, como a cualquier otro alumno. Así es -respondió.

– De modo que, además de por el registro, ese compañero que me fue asignado podría atestiguar fehacientemente si las noches anteriores al crimen permanecí todo el tiempo en la academia…

– En efecto, podría atestiguarlo.

– ¿Y podríais relatar el robo que tuvo lugar tras la inspección del cadáver del alguacil?

– ¿El robo…? ¡Ah, sí! Te refieres al robo de tu informe. Fue un episodio desagradable -contestó dirigiéndose al emperador-. Cí elaboró un detallado informe sobre la muerte de Kao en el que desvelaba que había sido asesinado. Un informe que fue robado y presentado como propio por su compañero de habitación para beneficiarse de la plaza que había ofrecido la Corte.

– Maestro Ming, un último asunto… ¿Recordáis el nombre de mi compañero durante esos días?