Astucia Gris palideció por la ira cuando los guardias del emperador prendieron al adivino y lo condujeron frente a Ningzong. Mientras lo arrastraban por la sala, Xu maldijo a cuantos le miraban, hasta que un bastonazo le obligó a arrodillarse ante el emperador. El adivino rezongó y escupió mientras intentaba asesinar a Cí con la mirada. El joven no se amedrentó.
– Cuando queráis -dijo el oficial de justicia.
Para sorpresa de éste, Cí se dirigió a Astucia Gris.
– Aunque hayáis olvidado que compartimos las noches previas al asesinato, tal vez aún recordéis las causas que condujeron a la muerte al alguacil. Deberías hacerlo, pues constaban en el informe que os otorgó el ingreso en la judicatura…
Astucia Gris frunció los labios mientras simulaba que consultaba sus notas.
– Lo recuerdo perfectamente -presumió con hipocresía.
– ¿Y cómo fue? Por lo visto consta en vuestro informe. -Cí se hizo el ignorante.
– Una varilla introducida por el oído le atravesó el cerebro -murmuró.
– ¿Una varilla metálica?
– Así es. -Astucia Gris se encrespó.
– ¿Idéntica a ésta? -De repente, Cí se abalanzó sobre el adivino y extrajo una larga aguja oculta entre sus cabellos. Todo el tribunal enmudeció.
El rostro de Astucia Gris perdió su color para convertirse en una mueca de cólera. Frunció el ceño cuando Cí blandió la varilla metálica ante los presentes y abandonó el Salón de los Litigios arrebatado por la ira. Cí no se arredró. En presencia de Feng, acusó al adivino de asesinar al alguacil.
– Xu ambicionaba la recompensa que Kao ofrecía por mí. El alguacil parecía un hombre cauto, así que probablemente se negó a entregar la recompensa hasta que Xu no le condujera hasta mi paradero. Desconozco si Xu pensó que Kao trataría de engañarle o discutieron por alguna razón, pero el caso es que asesinó al alguacil para robarle, empleando su método habituaclass="underline" la aguja de metal. -Y volvió a mostrarla para que la vieran.
– ¡Mentiras! -gritó Xu antes de recibir un nuevo bastonazo.
– ¿Mentiras dices? Los testigos han afirmado que el cadáver apareció flotando junto al mercado de pescado… curiosamente, a pocos pasos del lugar en el que vives tú -le espetó-. Respecto al dinero de la recompensa, estoy convencido de que si los alguaciles de Su Majestad preguntan a los taberneros y las prostitutas de la zona, éstos les confirmarán las ingentes cantidades que el pordiosero Xu dilapidó a manos llenas en los días posteriores al asesinato.
Superado por las circunstancias, el adivino tartamudeó. Luego miró al emperador igual que un perro en busca de clemencia. Ningzong no se inmutó. Simplemente decretó la detención del adivino e interrumpió el juicio hasta después del cénit del sol.
La reanudación del proceso trajo consigo a un Astucia Gris ansioso por demostrar que un tigre herido, si atacaba por la espalda, aún era capaz de despedazar a sus adversarios. A su lado, Feng mantenía un semblante distante que Cí interpretó como el espejo de la hipocresía. Cuando el emperador hizo su entrada, todos se inclinaron a excepción de la mujer que acababa de acceder al salón. Cí descubrió que se trataba de Iris Azul.
Una vez obtenido el permiso, Astucia Gris se adelantó.
– Divino soberano: el hecho de que el despreciable adivino Xu haya intentado abusar de nuestra buena fe no exime al acusado Cí de los crímenes que se le imputan. Más bien al contrario, la existencia de un único cargo de asesinato no hará sino allanar el camino que conducirá a su condena. -Avanzó unos pasos para colocarse ante Cí-. Es obvio que el acusado urdió un diabólico plan con la intención de acabar con la vida del consejero Kan, que lo ejecutó meticulosamente y que intentó ocultar su execrable crimen simulando un burdo suicidio. Ése, y no otro, es el verdadero rostro de Cí. El amigo de los invertidos. El prófugo de la justicia. Y el socio de los asesinos.
Ningzong asintió con un imperceptible movimiento de párpados y la emotividad de una efigie. Acto seguido, conforme a lo establecido por el protocolo, otorgó la palabra a Cí para que continuara su defensa.
– Majestad -le cumplimentó-. Pese a haberlo expresado en mi primer alegato, me permito recalcar que jamás pretendí entrar al servicio de Kan y que fue su alteza quien me ordenó participar en la investigación de los crímenes que precedieron a su asesinato. Dicho esto, señalaré un hecho reiterado hasta la saciedad en los diferentes manuales judiciales: para que exista un crimen, es necesaria la concurrencia de un motivo incitador que guíe al homicida. No importa si éste es la venganza, el arrebato, el odio o la ambición. Pero en su ausencia, nos encontraríamos tan desvalidos como yo ante esta falsa acusación.
»En tal sentido, me pregunto por qué querría yo matar a Kan. ¿Para que me enjuiciaran y me ejecutaran? Recordad que, en caso de éxito, Su Majestad me prometió un puesto en la judicatura. Decidme entonces -y se dirigió a Astucia Gris-, ¿talaría un hambriento el único manzano de su huerto?
Astucia Gris no pareció preocuparse. Al contrario, su rostro rezumaba una confianza que intranquilizó a Cí. Con un gesto, solicitó la palabra y esperó a que se la concedieran.
– Guarda tus toscos juegos de palabras para estudiantes y amanerados, porque a nosotros no podrás confundirnos. ¿Hablas de motivos? ¿De venganza, arrebato, odio o ambición? Pues bien, hablemos -le retó Astucia Gris-. De cuanto has relatado, tan sólo una cosa es cierta: que el emperador te prometió un puesto en la judicatura si descubrías al autor de los asesinatos. -Hizo una pausa-. Y bien, ¿lo has descubierto? Porque no recuerdo habértelo escuchado. -Sonrió-. Has mencionado el odio y la venganza, sin referir que ésos fueron los sentimientos que Kan despertó en ti cuando, bajo la amenaza de matar a tu querido profesor, doblegó tu voluntad. Has hablado del arrebato, olvidando el que tú mismo demostraste días atrás cuando acuchillaste el cuerpo del eunuco. Y, por último, has mencionado la ambición, eludiendo relatar que con el suicidio de Kan y su oportuna nota de inculpación, te asegurabas la recompensa prometida por el emperador. No sé qué pensarán los presentes, pero yo encuentro que tu dramática comparación con un hortelano que tala un árbol resultaría más convincente si lo sustituyéramos por el hambriento que, ansioso de carne, mata su única vaca en lugar de conformarse con aprovechar su leche.
»Pero ya que aludes a tratados judiciales, no estará de más recordar otro elemento imprescindible en todo asesinato: la oportunidad. Así pues, Cí, dinos: ¿dónde te encontrabas la noche en que falleció el consejero Kan?
Cí sintió cómo su pulso galopaba al ritmo de su respiración. Miró con urgencia hacia el lugar donde permanecía la mujer de Feng. Lo hizo, porque la noche en la que asesinaron a Kan fue la misma en la que él yació con Iris Azul.
Después de pensarlo, afirmó haber dormido solo, una respuesta que no satisfizo a Astucia Gris ni al emperador. Supo que Astucia Gris intentaría aprovecharlo, así que, tras solicitar permiso para hablar, intentó contrarrestarlo con una maniobra de distracción.
– Vuestros argumentos poseen la cordura de una estampida de elefantes. Son tan vagos y desproporcionados que con ellos podríais acusar a la mitad de los que están en este salón. ¿Pero eso qué importa si lo sustancial es conseguir vuestro propósito? Sabéis igual que yo que Kan era un hombre tan odiado como temido, y que seguramente en esta Corte hay decenas de candidatos con mayores motivos que los que esgrimís como míos. Pero respondedme a esta sencilla pregunta. -Hizo una larga pausa-. ¿Qué estúpida razón guiaría a un asesino a revelar su propio crimen? O más fácil aún: de haber sido yo el ejecutor, ¿por qué motivo habría sido el primero en revelar al emperador que el suicidio de Kan fue en realidad un asesinato?