«Está bien. Hagamos la escena».
Primero se inclinó ante el séquito y luego se aproximó al ataúd. El cuello del difunto presentaba cierta hinchazón. Su rostro arrugado era afable y sus ropas de gala olían a incienso y a sándalo. Nada anormal. No precisaba tocarlo. Los familiares sólo deseaban una confirmación y eso era lo que iba a darles. Se aseguró de que sus manos permanecieran bajo las mangas y simuló que examinaba el rostro, el cuello y las orejas, paseando las mangas por encima.
– Murió de apoplejía -dictaminó.
Los familiares se inclinaron con gesto de agradecimiento y Cí les correspondió. Había sido un trabajo fácil. Sin embargo, cuando ya se retiraba, una voz resonó a sus espaldas.
– ¡Cogedlo!
Antes de que pudiera remediarlo, dos hombres le sujetaron y un tercero comenzó a registrarlo.
– ¿Qué sucede? -intentó zafarse Cí.
– ¿Dónde está? ¿Dónde lo has metido? -le increpó uno.
– Vi cómo lo escamoteaba bajo las mangas -le acusó otro.
Cí miró a Xu buscando una explicación, pero éste se mantuvo apartado. Entonces sus captores le conminaron a que devolviera el broche de perlas que acababa de robar. Cí no supo qué decir. Por más que lo intentó, no logró convencerles de que era inocente. Ni siquiera cuando lo desnudaron se quedaron tranquilos. Tras arrojarle las ropas a la cara para que se cubriera, volvieron a increparle.
– ¡Maldito quemado! O nos dices dónde está el broche o te molemos a palos.
Cí intentó pensar. Uno de los familiares había ordenado a un mozo que volviera a la ciudad y comunicara el robo a las autoridades, pero el resto de los asistentes no parecían dispuestos a aguardar su regreso. Los dos hombres que le sujetaban le retorcieron los brazos, pero, para la extrañeza de ambos, Cí no se inmutó.
– ¡Os repito que no he robado nada! ¡Si ni siquiera lo he rozado! -se defendió.
Un puñetazo en el estómago le dobló en dos. Sintió que le faltaba la respiración.
– Devuélvelo o no saldrás vivo.
Aquellos hombres le iban a matar. Pensó en Tercera y gritó de impotencia. No había robado nada. Tenía que ser un error. Lo repitió hasta la saciedad, pero no le creyeron. Entonces un hombre se acercó con una cuerda. Cí enmudeció.
Percibió un nudo cerrarse sobre su garganta. El hombre iba a estrangularle cuando una voz autoritaria retumbó como un trueno.
– ¡Detente! ¡Suéltalo!
Cí no comprendió. De repente, los mismos que acababan de golpearle lo incorporaron mientras bajaban la testuz. Frente a ellos, el jefe de la familia enarbolaba tembloroso el broche perdido.
– Yo… No sabes cuánto lo siento. Lo acaba de encontrar mi hijo en el fondo del ataúd. Debió desprenderse durante el transporte y… -El patriarca se inclinó reconcomido por el remordimiento.
Cí no dijo nada. Se sacudió el polvo de sus ropas y se perdió entre los setos.
Esa misma tarde meditó sobre la cubierta de la barcaza hasta bien entrada la noche. Quizá su incapacidad para percibir el dolor físico provocaba que el dolor de su espíritu fuera mayor, pero lo cierto era que en buena parte se culpaba a sí mismo por lo sucedido. Si en lugar de preocuparse por mantener ocultas las quemaduras de sus manos, hubiera inspeccionado el cadáver con esmero y pulcritud, tal vez nadie habría sospechado de él. Tampoco le reprochaba a Xu su actitud. Simplemente se había mantenido al margen porque no entendía lo que estaba pasando. En cualquier caso, había aprendido que jamás debía tomar un examen a la ligera por muy evidente que pareciera su resultado y que el más mínimo error podía conducirle a la muerte o, cuando menos, a graves problemas.
Se recostó mirando las estrellas. No había sido una buena jornada. Pronto llegaría el año nuevo y cumpliría veintiún años. Era un mal presagio para comenzarlo.
Dos días después, las cosas fueron a peor.
Aquella mañana se encontraba junto a Xu abrillantando un féretro en el Mausoleo Eterno cuando de repente le llamó la atención un extraño murmullo que provenía del exterior. Al principio lo achacó al canturreo del mozo que rastrillaba en los jardines, pero poco a poco el rumor fue acentuándose hasta transformarse en los ladridos de un perro. Al reconocerlo, su vello se erizó. La última vez que había escuchado ladridos había sido cuando huyó del alguacil Kao. En el cementerio no solían entrar perros. Corrió hacia la puerta y se asomó a través de una rendija. Su rostro se demudó.
Por la colina ascendía un sabueso azuzado por un alguacil uniformado. Era Kao. Instintivamente, Cí se agachó.
– ¡Tienes que ayudarme! -le imploró al adivino.
– ¿Que te ayude? ¿A qué? -preguntó Xu sin entender nada.
– ¡El hombre que viene! Sal y entretenlo mientras pienso algo.
Xu acercó los ojillos a la rendija.
– ¡Un alguacil! -se giró incrédulo hacia Cí-. ¿Pero qué has hecho, maldito diablo?
– ¡Nada! ¡Dile que me he ido!
– ¿Qué te has ido? ¿A dónde?
– No sé. ¡Invéntatelo!
– Ya… Y al perro, ¿qué le cuento?
– ¡Te lo ruego, Xu!
El adivino se incorporó y salió del pabellón justo en el instante en el que el alguacil alcanzaba el soportal del mausoleo. Xu respiró al ver que sujetaba al perro.
– Bonito animal -comentó a cierta distancia-. ¿Puedo ayudaros en algo? -Cerró la puerta y se inclinó con respeto.
– Supongo que sí -gruñó el alguacil. El perro le imitó-. ¿Es a ti a quien apodan el adivino?
– Mi nombre es Xu -afirmó.
– Verás, Xu. Hace un par de días interpusieron una denuncia sobre el robo de un broche, aquí, en el cementerio. ¿Sabes de lo que hablo?
– ¡Ah! ¿Aquello? Vaya si lo recuerdo… Un bochornoso malentendido. -Sonrió nervioso-. Unos familiares irritables pensaron que les habíamos sustraído un broche, pero enseguida descubrieron que en realidad se había desprendido y descansaba en el fondo del ataúd. Todo acabó solucionado.
– Sí. Eso fue lo que confirmó después uno de los parientes.
– ¿Entonces…? -se extrañó Xu.
– El caso es que hablaron de un joven que te ayudaba. Alguien disfrazado, con las manos y el torso quemados… Coincide con la descripción de un fugitivo al que ando buscando. Un joven alto y delgado, bien parecido, con el pelo moreno recogido en un moño…
– ¡Ah! ¿El bastardo ese? ¡Maldigo la hora en la que le contraté! -escupió indignado-. Se largó ayer con mi bolsa sin dar explicaciones. Precisamente iba a denunciarle en cuanto acabara la jornada y…
– Ya… -Sacudió la cabeza-. Y, obviamente, no sabes a dónde puede haber ido…
– Pues no sé… A cualquier lado. Quizá al puerto. ¿Por qué? ¿Ha hecho algo?
– Robó un dinero. Y hay una recompensa que podría interesarte… -añadió.
– ¿Una recompensa? -Su rostro cambió.
De repente, un ruido procedente del interior del mausoleo advirtió al alguacil.
– ¿Quién hay ahí dentro? -Clavó la vista en el templete.
– Nadie, señor. Yo…
– ¡Aparta! -le interrumpió Kao.
Desde dentro, Cí observó cómo Xu intentaba retener al alguacil sin éxito. De un vistazo comprobó que la estancia era una cárcel, un ataúd gigante sin ningún lugar para esconderse. Si intentaba huir por la ventana trasera, el perro le cazaría en campo abierto. No había escapatoria. No tenía opción.
– Ahí no hay nada más que muertos -escuchó gritar al adivino mientras Kao pateaba la puerta, que estaba atrancada por dentro.