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– Después de que entre, eso es lo que habrá -bramó el alguacil.

Kao se ensañó con el portalón sin lograr que el cerrojo cediera. La puerta era recia y el cierre resistía. Volvió a patearla hasta que descubrió una pala en el suelo. La aferró y sonrió a Xu. El primer golpe hizo saltar las astillas del repujado. Aguantó el segundo, pero al tercero crujió. Se disponía a reventar el cierre cuando de repente, sin que mediara violencia, la puerta se abrió desde dentro. El alguacil retrocedió al contemplar una figura ataviada con un disfraz de adivino que alzó los brazos temblando.

– ¡Sal fuera! -ordenó-. ¡La máscara! ¡Quítatela! ¡Vamos! ¡Obedece! -Y azuzó al perro, que ladró como si ansiara devorarlo.

El enmascarado intentó obedecer, pero sus trémulas manos enguantadas no conseguían liberar los nudos.

– ¡No me hagas perder la paciencia! ¡Quítate los guantes! ¡Rápido!

El enmascarado, dedo a dedo, se despojó lentamente del guante de la mano derecha. Luego hizo lo propio con la izquierda. Cuando terminó, los dejó caer al suelo. Entonces el rostro de Kao cambió su gesto triunfal por una mueca de estupor.

– Pero… Pero tú…

El alguacil observó unas manos arrugadas sin rastro de quemadura alguna, como si un milagro las hubiese borrado. Desbordado por la rabia, le arrancó la máscara para darse de bruces con el rostro de un viejo asustado.

– ¡Aparta!

Empujó al impostor y entró en el mausoleo golpeando y desperdigando cuanto encontró a su alcance. Miró por todos lados, pero el lugar estaba vacío. Kao aulló como un animal herido. Luego salió de la sala y agarró a Xu por la pechera.

– ¡Maldito embustero! ¡Dime ahora mismo dónde está o probarás sus colmillos en tu garganta! -El perro dentelleó a su lado.

Pese al pavor, Xu juró que lo ignoraba. El alguacil lo aferró por el cuello.

– ¡Voy a vigilarte día y noche, y si ese joven regresa para ayudarte en tus asquerosos negocios, me aseguraré de que lo lamentes el resto de tu vida!

– Señor -intentó hablar Xu-, contraté a ese quemado por pena. Inventé sus habilidades y lo del disfraz para que los incautos no desconfiasen de mí, pero era yo quien le susurraba lo que debía decir. Por eso busqué un nuevo ayudante… -Señaló al jardinero, que temblaba en silencio a unos pasos-. Ese joven no volverá. Ya os dije que me robó. Si regresase, yo mismo le arrancaría los ojos.

Kao escupió sobre los pies de Xu. Luego apretó los dientes y abandonó el cementerio entre una oleada de juramentos.

* * *

Cuando Cí explicó a Xu que había convencido al jardinero para que se ocultase bajo su disfraz, el adivino rompió a reír.

– Pero, por las barbas de Confucio, ¿qué hiciste para que no te encontrara?

Con el temor en el cuerpo, Cí le reveló que al verse atrapado llamó al jardinero desde la ventana trasera y le convenció para que se disfrazara a cambio de un sustancioso soborno.

– E hice que claveteara el ataúd en el que me oculté, para que pareciese que estaba sellado.

Xu soltó otra carcajada mientras Cí pagaba lo convenido al jardinero. Cuando el adivino se hartó de reír, le relató a Cí la conversación que había mantenido con el alguacil.

– Según parece, todo surgió a raíz del episodio de los nobles y el broche de perlas -le confió-. Por lo visto, el que te denunció te describió como un joven disfrazado con las manos quemadas y tu descripción levantó sospechas. -Le miró fijamente-. Supongo que ahora tendrás que explicarme por qué te buscan. De hecho -se cercioró de que el jardinero no le escuchara-, mencionó una recompensa jugosa… Aunque no tanto como lo que sacamos con tus actuaciones. -Sonrió.

Cí guardó silencio. Explicar las vicisitudes que había sufrido desde la trágica desaparición de su familia no sólo era complicado, sino también difícil de creer. Por otro lado, había algo en Xu que le hacía desconfiar de él. Era una sensación parecida a la de alguien que le ofreciera un vaso de agua turbia asegurándole que era cristalina.

– Tal vez debería irme -aventuró Cí.

– De ningún modo -denegó tajante Xu-. Cambiaremos el disfraz por otro menos llamativo. Y seleccionaremos bien a los difuntos. Es más: igual que hiciste en el monasterio, amenazaremos a nuestros clientes para que no revelen el secreto. No soy ambicioso. -Sonrió-. Por ahora tenemos suficiente clientela como para tirar unos meses, así que así seguiremos.

A Cí le quedó el regusto de que Xu lo decía como si sus deseos fueran los amos de su destino. Según le había comentado, desde que trabajaba para él, había reunido más ingresos que en todo un año de estafas con los grillos. Y ahora le daba la sensación de que no iba a permitir que un negocio tan prometedor se derrumbase a las primeras de cambio por proteger a un fugitivo.

– No estoy seguro, Xu. No quiero implicarte en mis problemas -dijo Cí.

– Tus problemas son mis problemas… -le aseguró Xu-. Y tus beneficios, mis beneficios. -Rio exageradamente-. Así que no se hable más del asunto. Olvidemos por un tiempo el teatro con los cadáveres y listo.

Cí aceptó a regañadientes y Xu lo celebró.

Pero días más tarde, cuando Tercera recayó en su enfermedad, Cí comprobó que sus problemas no eran los del adivino.

Una mañana fría las dos esposas de Xu se quejaron de que Tercera sólo era un estorbo. La cría no aprendía, se distraía constantemente, confundía los camarones con las gambas y comía en exceso. Además, debían vigilarla y estar pendientes de una salud que parecía empeorar continuamente. Se lo dijeron a Xu y éste se lo trasladó a Cí.

– Tal vez deberíamos venderla -le planteó el adivino.

Xu insistió en que aquella solución era lo habitual en las familias sin recursos, pero Cí se negó en redondo.

– Pues entonces casémosla -intervino la esposa mayor.

El adivino acogió la propuesta con entusiasmo. Según él, aquélla era una idea que Cí no podría rechazar. Sólo era cuestión de buscar un candidato que valorara la juventud de la cría y se hiciera cargo de ella. Al fin y al cabo, una niña era un estorbo que sólo dejaba de serlo cuando se iba de casa.

– Es lo que hicimos con nuestras hijas -explicó el adivino-. Dijiste que había cumplido ocho años, ¿no? -Hizo ademán de coger a Tercera-. Ya verás. La maquillaremos un poco para que no parezca enferma. Conozco a algunos a los que les gustará este cachorrito.

Cí se interpuso entre su hermana y el adivino. Aunque ofrecer niñas en matrimonio era algo usual, y en ocasiones hasta se revelaba como la mejor elección para el futuro de las muchachas, él no iba a permitir que su hermana acabara esclavizada y baboseada por un anciano. Xu insistió. Dijo que las niñas eran como la langosta: sólo servían para comer y ocasionar gastos. Luego, cuando se casaban, pasaban a formar parte de la familia del nuevo marido y era a éste y a sus suegros a quienes cuidaba hasta que morían.

– Y a nosotros nos olvidan -agregó-. Es una desgracia no tener hijos varones. Ellos, al menos, consiguen mujeres que nos atiendan de mayores.

Como siempre, Cí logró postergar la discusión entregando más dinero a Xu.

Pero con las semanas, sus ahorros se fueron agotando.

A cada jornada, Tercera necesitaba más medicinas. Xu las adquiría durante su ronda por las farmacias, Cí las pagaba a un precio superior, se las suministraba con tristeza a su hermana y la veía languidecer. Lentamente, Tercera se iba consumiendo sin que él encontrara la forma de impedirlo. Le partía el corazón acudir cada día al cementerio y dejarla en la barcaza postrada, casi sin fuerzas, con sus manitas enrojecidas intentando limpiar el pescado del día mientras se despedía de él con un hilito de voz y un intento de sonrisa en la cara.